Un año... ¿y después?

Por Facundo Chaves Rodríguez

Faltan horas para que se cumpla el primer año de gobierno de Cristina Kirchner. Son tiempos de reflexiones, de contar las frustraciones y de escarbar para encontrar algo, por mínimo que sea, para festejar.

El gobierno no es el mismo que el 10 de diciembre de 2007. Es otro, parecido, pero distinto. Cristina Kirchner debió lidiar con fenomenales desafíos creados por propios, pero también por ajenos. Desde el primer momento los planetas parecieron alinearse para ponerle en el camino todas las piedras que su antecesor y esposo, Néstor, no tuvo. El viento de cola trocó en huracán de frente.

El conflicto con los Estados Unidos por un equipaje furtivo, la colisión con España por compañías endebles, el inexplicable conflicto con el campo, la porfía del INDEC, el plan nunca concretado para pagar al Club de París y los holdouts dispuestos a todo, la ruptura con el vicepresidente Cobos, la crisis financiera internacional, la estatización de las AFJP, un explosivo crecimiento del combo delito-droga y la retracción de la economía a niveles inéditos en la era K. Demasiado para un año. Ah, y una elección en norteamérica, que puso a Barack Obama como jefe del Estado más poderoso del mundo, candidato B de la Casa Rosada (tras el default de Hillary Clinton, futura canciller).

El kirchnerismo se acerca a cumplir el miércoles un año, que parecieron dos o tres o cuatro. Tuvo que enjuagar en varias oportunidades la primera línea de la administración. Pero la baja más potente fue la de Alberto Fernández, quien intentó hacer un "cristinismo" sin consultarle a su jefa. Néstor Kirchner nunca actuó en soledad. Siempre fue un vidrioso reflejo de su esposa. Y viceversa. Pero, extrañamente, quien tenía el "disco duro" del gobierno no lo tomó en cuenta y quedó solo y fuera de juego.

Ahora hoy otro elenco de gobierno, aunque las líneas fundamentales se profundizaron, con Néstor Kirchner convertido en presidente del PJ. El poder se tuvo que encerrar en sí mismo más por propios errores que por agresiones ajenas. En todo el punteo anterior de males subyace una sorprendente inhabilidad política.

Sería difícil explicar la psiquis del poder, pero, por contraste, se puede decir sin demasiado riesgo que faltó la percepción epidérmica del humor social que, tal vez, sobreabundó durante la primera era kirchnerista.

La oposición se encuentra mejor perfilada, pero aún sin el rumbo que un país como la Argentina requeriría para crear una nueva cultura, un nuevo plan y un nuevo futuro alternativo al que propone el totem patagónico. Hay un centroderecha que no logra conformar plasmar en un líder indiscutido una propuesta sensata y clara. Y la centroizquierda no kirchnerista sigue padeciendo, como una maldición bíblica, la adolescencia que se expresó como epítome en los 70: ese voluntarismo sin conciencia.

El 2009 que se acerca inexorable tiene el dato no menor de ser el de las elecciones legislativas de medio tiempo. Ningún gobierno terminó bien cuando perdió ese escrutinio clave que la sociedad hace a mitad de recorrido. Alfonsín, Menem y De la Rúa pueden dar un par de charlas de lo que representaría una derrota en las urnas. El oficialismo lo sabe y por eso se lanzó con todo a restañar la languidez provocada por un año difícil.

Termina los primeros 365 días de gobierno de Cristina Kirchner sin cosas para festejar. Aunque se empezó a percibir un cambio de estilo concreto, al recibir, por segunda vez en dos semana, una serie de medidas (con las que uno puede estar más o menos de acuerdo) destinadas a enfrentar, a prever, a planificar, un año que será de carencias más que de abundancias. Por primera vez en el año, el gobierno parece querer curarse en salud. Se demoró, pero no es tarde.

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