Desesperanza y la política educativa

Campea un ánimo de desesperanza en educación, y esto sin duda socava los cimientos del sistema en su conjunto. Es que como nos enseñaron en los profesorados, sin esperanza no hay educación.
Pero, como en otros temas, vale ser más detallistas y hasta minuciosos para poder individualizar el problema que nos aflige sin perder la perspectiva general, sobre un tema tan complejo.

Siempre se dijo que el sistema educativo estaba sustentado sobre tres pilares estratégicos: alumnos, docentes y escuelas. Y esto se convirtió en un paradigma incuestionable al menos hasta mediados del siglo XX, donde se comenzó a atender la importancia de un cuarto pilar, con peso no menos estratégico que aquellos otros clásicos, quizás lejos de la valoración de la sociedad en su conjunto pero visualizado por la comunidad educativa como clave: La política educativa.

Fue la política educativa la gran responsable de éxitos pasados, ya que de su articulación surgieron los aciertos históricos, como la ley 1420 y la educación popular, que sirvió claramente para convertir a un colectivo humano heterogéneo -sobre todo desde lo cultural y religioso- en una auténtica nación progresista. También se le atribuyeron otros aciertos importantes, reconocidos en su trascendencia con mayor nitidez por el paso del tiempo, como ser la impronta de las Escuelas Normales, la Ley Láinez y el surgimiento potente de las escuelas técnicas.

Sin embargo en el último medio siglo, se la comenzó a ver como la gran culpable de la crisis educativa. Cierto es que yerros no faltaron, Ley Federal de Educación, transferencia de las escuela nacionales a la órbita provincial, presupuestos insuficiente, formación docente inexistente, deserción escolar, fueron sólo algunos de sus hijos putativos más nefastamente populares.

Dice un refrán español que no hay bueno que no pueda ser mejor, ni malo que no pueda ser peor. Para ser justos, no es menos cierto que a la política educativa también, se le atribuyeron falencias y desaciertos sobre lo que poco o nada tuvo que ver.

Ahora bien, y volviendo a nuestros días, entiendo que mucho de la frustración que se percibe en el sector, se apoya en la creencia de que con el cambio de signo político provincial, el sistema educativo daría un vuelco de extrema calidad. Hoy se ve con claridad que esa idea sólo se sustentaba en un deseo que por mayoritario que fuera carecía por si mismo de la fuerza suficiente para cambiar la realidad.

Creo que sería sabio sacar de esta nueva crisis con la que hoy nos vamos a receso, que por más bien intencionada que fuera, la pertenencia partidaria de quien conduce educación, no es sinónimo de cambio de política educativa y fundamentalmente, que debemos empezar a ver esta variable, como una clave importante a considerar porque surge con rutilante claridad, no sólo del análisis coyuntural, sino fundamentalmente de la historia educativa, que si existe una posibilidad de cambio del sistema este debe darse desde la política educativa, desde el consenso de todos los actores, desde la puesta en práctica de una auténtica política de estado en la materia.

Pues bien yo creo que muchos, seguimos pensando que la discontinuidad política es una enfermedad que lacera impiadosamente el desarrollo del sistema educativo provincial, hemos tenido desde el advenimiento democrático 16 ministros de Educación en Santa Fe, uno cada 18 meses.

En virtud de ello, creo que sería un buen punto de partida propiciar una conducción colegiada que sobreviva a las gestiones de gobiernos provincial y que tenga como única función determinar grandes líneas de acción política con continuidad en el tiempo. Que el Ministro sea el encargado de la puesta de esa política y el desarrollo de lo coyuntural. Y que los legisladores, representantes del pueblo y del territorio legislen sobre estos grandes lineamientos para darle consenso y sustentabilidad en el tiempo (la ley de educación vigente en Santa Fe es del 14 de agosto de 1949, acaba de cumplir 50 años).

Salario docente, capacitación, contenidos curriculares, retención y articulación, asistencia profesional, mantenimiento de infraestructuras escolares y equipamiento, entre otros tantos temas, esperan un tratamiento legislativo.

Abogo, porque mis colegas educadores no se dejen invadir por la desesperanza, convencido que es innato a la función del educador tener una mirada optimista del futuro. El cambio no es mágico pero es posible, siempre y cuando los gobernantes de verdad presten atención a la educación, no sólo para buscar responsables sino fundamentalmente para buscar soluciones.

La historia nacional nos dice que es perfectamente posible, sólo hace falta una dosis mayor de patriotismo.

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