El desenlace que cambió los roles

Por: Jorge Oviedo.

El alejamiento de Martín Redrado es, en sí mismo, una paradoja que terminó por alterar todos los roles. El funcionario que recurrió a la Justicia para resistir terminó entregando su dimisión. Pero el Gobierno, que lo quería echar, lo tomó como una mala noticia y se niega a aceptarle la renuncia. Y la oposición, que rechazaba las formas con que se pretendía echarlo, se sintió aliviada.

Ahora, a Julio Cobos y a Alfonso Prat-Gay les saca de encima el problema de tener que aconsejar sobre el destino del funcionario renunciante y les deja expedito el camino para centrar sus críticas sobre el manejo del Banco Central en el Gobierno y no en Redrado. En tanto, todo el arco opositor parece celebrar que al oficialismo le quede claro que si quiere llevar adelante sus planes, tiene que hacer más amplia la lista de los bloques con los que deberá negociar.

La oposición, además, se siente ahora más cómoda al dar vuelta la página para pasar a negociar el fondo de la cuestión: cómo se utilizarán las reservas para financiar gasto público, porque ya nadie duda de que será eso lo que ocurrirá.

Redrado pretende salvar su prestigio. Podía soportar una destitución por decreto simple, como un capricho político, si es que la comisión específica se manifestaba en su favor. Pero no quiso arriesgarse a un escenario diferente, que asomaba como más probable: un fuerte reproche parlamentario que diera sustento a su destitución. Quería mantener su "foja de servicios" sin una mancha semejante.

También sacó de un dilema a Alfonso Prat-Gay, que por razones técnicas que hizo públicas antes de que estallara este conflicto, es crítico de la forma en que se gestionó la política monetaria y cambiaria. Pero tampoco parecía políticamente acertado desplazarlo justamente por haber hecho lo correcto en el caso del Fondo del Bicentenario. Elisa Carrió le pedía que no defenestrara a Redrado para no darles alas a los Kirchner.

Cobos también quedó en una encerrona. Empezó pensando que con el decreto de necesidad y urgencia de destitución en vigor era imposible reunir a la comisión específica. Luego, tras el fallo de segunda instancia que quitó el amparo de Redrado, modificó su posición, aunque tenía grandes dificultades para explicar por qué si seguía siendo el presidente del Central, y por lo tanto la comisión podía evaluarlo, el Gobierno no lo dejaba entrar a su despacho.

Es justamente lo que señalaron desde el radicalismo Ricardo Gil Lavedra y el senador Ernesto Sanz, mientras que para Federico Pinedo, de Pro, el economista "evita que la Presidenta lo eche y ratifica la independencia del Banco Central".

Pero en particular los radicales parecen interesados en conocer la información que se ha recogido en las reuniones de la comisión y que se emita una opinión que abarque no sólo el conflicto creado en torno al Fondo del Bicentenario, sino toda la conducción de la política monetaria, cambiaria y de manejo de la inflación, involucrando así no sólo a Redrado, sino al resto del Gobierno.

Acusaciones tardías

Para el Gobierno, debería significar un alivio el alejamiento de una figura que se le ha vuelto odiosa. Si, como se asegura, los Kirchner quieren tranquilizar a los mercados y dar certeza a los prestamistas internacionales, lo mejor que pueden hacer es terminar con un conflicto que amenaza con transformarse en una guerra de acusaciones cruzadas, todas ellas, por cierto, tardías.

Redrado afirma que no tiene una lista privilegiada de amigos del poder que compraron dólares, sino que el Central tiene, para peor, en todo caso, la lista de todas las operaciones cambiarias realizadas. Los Kirchner tienen la costumbre, según sus declaraciones juradas, de ahorrar en dólares. Aun cuando no sea delito, ¿no sería políticamente costoso para ellos si se supiera que siguieron comprando en medio de una fenomenal fuga de capitales y mientras Cristina Kirchner aconsejaba públicamente no hacerlo?

Otras revelaciones de supuestos intentos de atropellos al Banco Central son también serias y abren interrogantes sobre el futuro, pero llegan demasiado tarde.

Tampoco parece serio que desde el oficialismo, por ejemplo, Diana Conti acuse a Redrado de delincuente que ofrecía información privilegiada a determinados operadores. Si los Kirchner supieron que semejante cosa ocurría, debieron destituirlo por esa misma razón y no por otra, y podrían haber delinquido por no hacerlo.

Los kirchneristas parecen ahora obsesionados como aquel nazi de caricatura que creó Roberto Cossa para su genial obra de teatro Los compadritos. En tono de comedia, el personaje relataba que a quien consideraban un traidor lo habían torturado. Y había muerto. Pero lo habían resucitado, sólo para poder fusilarlo por traidor.

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