"Desde Cablín, no le tengo miedo a nada"

El diputado kirchnerista dice que participar del recordado programa para chicos lo ayudó a superar el pudor. Apasionado por la música, siempre vuelve a los Beatles. Confiesa que es difícil hacer amigos en la televisión y vive un intenso presente político.
"¿Cómo voy a llegar a viejo?, con la música", responde el diputado nacional de la Concertación- Forja Claudio Morgado cuando reflexiona sobre su vejez. Aunque hace un año y diez meses decidió meterse de lleno en el terreno de la política partidaria, y en las últimas semanas se transformó en uno de los principales defensores del proyecto de Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, el ex conductor se siente más cómodo en su rol de músico. "Si me dijeran que mañana me muero y que me puedo llevar algo de este mundo, me llevaría el segundo movimiento del concierto en Sol de Ravel, en la versión de Martha Argerich y Claudio Abbado", señala.

–¿Cómo fue su primer día en el conservatorio de música de Villa Luro?

–Tengo imágenes muy veladas, porque empecé a estudiar música a los cuatro años. Me acuerdo de la profesora, la señora Gourié, de un piano en una sala y de una situación muy cómoda y lúdica. Cuando era un poco más grande iba con mi hermano y tocábamos juntos. En la primaria, teníamos un cuarteto de folklore. Cantábamos en los actos escolares y en el coro de la Academia e íbamos a las iglesias a tocar misa criolla. Yo tocaba el bombo y cantaba, y mi hermano tocaba la guitarra. A los 12 años, sacábamos a Piazzolla de oído y tocábamos "Adiós Nonino" y "Fuga y misterio".

–Su padre era profesor de historia y su madre maestra, ¿de dónde heredaron ustedes el gusto por la música?

–Mi viejo era melómano. Era de esos tipos que escuchaban algo por la radio y sabían todo. Por ejemplo, decía: "Esto es la sinfonía Nº 4 de Brahms". Le fascinaba la música, había estudiado piano y cantaba tremendamente bien. Era un músico de alma. En casa, los fines de semana por la mañana, siempre ponía el Winco. Escuchaba Bach, Piazzolla, folklore y otras cosas. Es algo que estuvo siempre... como el sol, que está siempre.

–¿Con qué relaciona la música?

–Es la forma de llegada más directa y profunda a una persona. Pasa por un plano narrativo sin palabras, a través del cual es posible comunicarse de un modo muy intenso, profundo y absolutamente primario.

–¿Hay alguna canción que asocie con momentos de tristeza o de alegría?

–La música la enganchás a algo y te retrotrae a ese momento. Siempre recurro a los Beatles, en cualquier época de la vida, y eso enseguida me predispone a una determinada situación.

–Una vez dijo que de niño era raro pero feliz. ¿Qué significa eso?

–Inventaba juegos con cosas, me interesaba armar juegos con reglas propias. Me podía concentrar en eso mucho tiempo, sin motivación externa. Me sentaba a dibujar y pasaba mucho tiempo sí. Desarrollaba procesos de creación. Tal vez me llamaban a jugar al fútbol y decía: "Ahora no porque estoy escribiendo".

–¿Hoy aún se siente raro?

–¡Sí! Podría haber hecho proyectos más sencillos, con mayor rédito comercial en televisión y no priorizar algunas aspectos artesanales y de más búsqueda. Me acuerdo de haber escrito un cuarteto de cuerdas durante seis meses y lo que me redituaba conómicamente era mínimo. Con el disco de Cablín podríamos haber hecho algo más accesible y redituable. A veces, la búsqueda de la excelencia no se lleva bien con la lógica del mercado.

–Usted trabajó en programas infantiles y en TVR, donde siempre tuvo un rol bastante descontracturado, ¿qué situaciones le generan pudor?

–Afortunadamente, después de Cablín no le tuve miedo a nada. Ese programa fue un tremendo laboratorio. Trabajábamos la línea del absurdo. Era un Cha cha cha para chicos. Eso ayudó a no creérmela y a tomar los discursos con otra lógica. En TVR ya no había temor al ridículo.

–¿Qué es lo que menos le gusta del ambiente televisivo

–Hay mucho doble discurso. Es difícil encontrar compañeros con los que después te hagas amigos. Es difícil salir de ese mecanismo de competencia. No compartís proyectos, sino un lugar de trabajo donde tenés bueno o malos compañeros. Yo siempre tuve buenos compañeros, además siempre trabajé en espacios donde había un proyecto por encima de las reglas de mercado.

–¿Siente que antes de ingresar a la televisión criticaba actitudes que luego reprodujo cuando estuvo al frente de un programa?

–Sí. Estás respondiendo desde un lugar que no sos vos. Entrás a ser el de la tele. Sos la imagen que construye la gente a partir de lo que sos en la tele. De golpe, se te acerca gente que de otro modo no se te acercaría. En un momento, se te quema la cabeza. A veces, te puede tirar al carajo porque podés pensar que a partir de eso hay algo más.

–No tiene amigos de ese círculo, ¿y de la política?

–Sí. Silvia Vázquez y admiro muchísimo a Adela Segarra, porque tiene una coherencia en la vida que es impresionante. Está buenísimo que sea diputada, que tenga un mandato y pueda hacer cosas por la gente.

–¿Qué no puede faltar en una reunión de amigos?

–Música de los Beatles (risas).

–Usted tiene una hija hipoacúsica, ¿eso lo afecta más por su vínculo con la música?

–En mi caso fue algo bastante fuerte, a tal punto que me fui alejando de la música como algo profesional. Me había quedado con un cierto rencor contra el sonido. Había estudiado tanto la mejor forma de tratar al sonido que me parecía injusto que mi hija no lo pudiera escuchar. Esto nunca fue en un plano muy racional. Cuando empecé a vivenciar otras formas de comunicación, como la lengua de señas, se alivió mucho todo este tema. Traté de cambiar el modo de pensar y de construir al otro desde el déficit.

–¿Encontró algún modo de trasmitirle a su hija su disfrute por la música?

–Sí, a partir de que nos pudimos empezar a comunicar mejor y entablar largas charlas con lenguaje de señas. Ella es sorda de nacimiento, así que el tema de la música lo siente de otro modo. Pone la mano en un parlante y siente la vibración, o se pone a tocar el piano.

–Es músico y diputado, ¿tiene pensado recorrer otro camino?

–Me gustaría jugar en la Primera de Boca Juniors. Nunca pierdo las esperanzas de que eso pase. Es una utopía, aunque tenga 50 años. Creo que a los 70 años voy a estar pensando que, por ahí, voy a tener la oportunidad de que me prueben.

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