Los desbordes nocturnos no ceden en Villa Gesell

Aumentaron los controles, pero las quejas siguen
Paseo 105, entrada a la playa. Son las 5.30, los boliches y bares acaban de cerrar. El walkie talkie se enciende: "Llamó una señora: dice que hay una parejita tocándose en los médanos". Ante la presencia de Clarín, dos prefectos suben desesperados a los cuatriciclos y pisan a fondo como si fueran a buscar a dos prófugos. Los otros dos se quedan en la camioneta. Tres minutos después, ellos reciben un nuevo aviso: "Fijate qué pasa en el edificio de la 3 y la 106. Un tipo no puede dormir porque hay 'bardo'". Pero decidieron no ir para "controlar quiénes ingresan a la playa".

Desde hace tiempo que Gesell se caracteriza por ser el destino predilecto de los jóvenes. Más en la segunda quincena, que se fueron muchas familias: hoy hay 300.000 turistas. Y las quejas por el "descontrol" de los chicos también son históricas. Desde su asunción hace dos años, el intendente Jorge Rodríguez Erneta (Frente para la Victoria) quiere apuntar a la convivencia entre las familias y los jóvenes. Para lograrlo, este verano reforzaron los operativos con 150 hombres, 30 patrulleros, 25 motos, policía montada, la camioneta y los dos cuatriciclos vigilando la entrada a las playas, más 20 hombres que las recorren a pie. También agregaron 32 cámaras de seguridad y más reflectores en las playas del Sur. Además, algunos balnearios tomaron a un segundo sereno para cuidar a la noche.

Sin embargo, Clarín comprobó que no es suficiente. Los chicos arman "campamentos sexuales", tienen sexo, sin pudor e incluso a plena luz, en las playas 105, 106, 107 y 108 y en los médanos entre Gesell y Cariló. Van después de que salen de bailar en los boliches Pueblo Límite o The Roxy, en la entrada a esta ciudad, o a los bares de la avenida 3, como Dixit o Le Brique. Otros, en cambio, eligen prolongar la salida hasta la mañana estacionando sus autos junto al paseo de la Costanera y poniendo el volumen del estéreo al máximo.

En todos los paradores, los serenos cuidan de nueve de la noche a siete de la mañana el espacio entre las carpas y el bar. Su límite de vigilancia llega hasta los postes, a unos 30 metros del mar: "Che, me comprometen, vayan a otro lado", les grita Alfredo Baez en Pleno Sol a un rubiecito y una morocha de pelo largo que se metieron dentro del restaurante. "Si tienen sexo en la orilla no les podemos decir nada. Es responsabilidad de la municipalidad", afirma Juan, sereno de Merimar. El de Amy asegura que "por lo menos ahora se cuidan. Encuentro más preservativos".

El 103, la línea local que funciona con el 911, recibe 20 llamados por noche, según las comisarías 1° y 2°. "La mayoría son por ruidos", admite Rodríguez Erneta. Pero no son las únicas: la gente se queja también de que gritan en el centro a las seis de la mañana, de que tienen sexo en la playa, fuman marihuana o toman alcohol. "Estoy podrida del lío que es la noche. Me vine a descasar con mi familia y tenés chicos gritando por todos lados", dispara Melina Romela, turista que para en la 4 y 105.

Los jóvenes se defienden. "Es más romántica la playa", dice Lucas, de 17 y de Morón. "No te queda otra. Hay un solo hotel alojamiento en la ruta 11 que sale $ 100 el turno de dos horas. Y tenés que ir en auto", argumenta su amigo Ignacio, de 18. Ambos confiesan que tuvieron sexo en la playa: "Y de todo tipo". Antonella, estudiante platense de Letras de 21, admite que "se sabe, los chicos te invitan a caminar y terminás haciendo cualquiera". Julia, su amiga de 19, agrega: "Es una buena anécdota para contar". Sin embargo, hay chicos que también se quejan de no poder ir a la playa a tocar la guitarra o ver el amanecer "porque están todos revolcándose, hay mucho alcohol y porro", como afirma otra Antonella, pero de 17 y de Monte Grande.

No hay ninguna ordenanza local que lo prohíba explícitamente, pero el Código de Faltas provincial establece multas para las exhibiciones obscenas. El artículo 129 del Código Penal también establece multas de entre $1.000 y $15.000 cuando las exhibiciones son vistas por terceros.

El intendente, sin embargo, no cree que la solución esté en la represión. "No hace falta una ordenanza. Creemos que a los jóvenes no hay que controlarlos, sino acompañarlos. Por eso queremos incluir a las familias", concluye.

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