Del desborde a la prudencia

Por Fernando Laborda

Hacia el final de una de las semanas más virulentas de su gestión, la presidenta de la Nación adoptó una decisión prudente. Pidió a Hugo Moyano que suspendiera el acto que, junto a Luis D´Elía, proyectaba para el viernes próximo en la Plaza de Mayo en defensa del Gobierno.

Advirtió a tiempo que nada bueno le iba a deparar una manifestación organizada por dos de las figuras con peor imagen en la opinión pública en medio de un escenario plagado de crispación.

Tal vez Cristina Kirchner haya empezado a advertir que en los últimos días el mayor reclamo de los argentinos que frecuentan el área metropolitana, agobiados por la ocupación del espacio público, ya ni siquiera pasó por más seguridad o menos pobreza. Pasó, simplemente, por vivir en la normalidad.

Quizá también haya recordado que 35 años atrás, el 1° de mayo de 1974, un acto protagonizado en la tradicional plaza por Juan Domingo Perón, en el que éste echó a los montoneros, marcó un hito en la sangrienta historia de desencuentros de los años 70.

Cuando el poder se dirime casi exclusivamente en la calle, los desbordes en la vía pública pasan a ocupar el espacio del debate parlamentario y, tarde o temprano, la violencia se convierte en sustituto de la capacidad de persuasión.

Normalmente, la desmesura de la acción es consecuencia de la pérdida de la ejemplaridad de la palabra o bien de una grave crisis de representatividad, en la que lo primero que se advierte es la desaparición de la capacidad de contención de los dirigentes.

En momentos en que, a instancias del propio kirchnerismo, se deslegitima al adversario y se lo transforma en enemigo, ninguna convocatoria masiva es aconsejable. Cuando las disputas son entre enemigos, la disidencia se convierte en delito y los ámbitos de debate pierden sentido. ¿Es ésta la Argentina hacia la cual nos encaminamos?

El Poder Ejecutivo parece vivir con dramatismo las vísperas del 10 de diciembre, cuando el oficialismo se alejará de la mayoría propia en el Congreso.

Y los dirigentes de la oposición que deberían hacer de la moderación su estandarte también incurren en excesos y ayudan a fomentar la percepción de que no están en condiciones de ofrecer propuestas superadoras.

Hoy la oposición se debate entre dos posiciones: la disputa personal entre sus líderes y una confluencia en la tarea legislativa que condicionaría a la fuerza gobernante. El problema es que, ante este último escenario, el kirchnerismo podría optar por el consenso, pero también por todo lo contrario. En ese caso, vendrán más tiempos de crispación, de declaraciones de guerra y de anomia. ¿Podrá sostenerse dos años un nivel semejante de virulencia?

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