Desahogo al estilo Racing

El equipo de Caruso Lombardi había empezado bien, pero resignó protagonismo y terminó sufriendo.
El autor del guión de Racing no contempla placeres. Sólo esa imagen de angustia, a corazón abierto, la de un equipo que necesita de esa adrenalina hasta el pitazo final para que su menú tenga sabor a Racing. Eso es Racing, dicen. Es lo que se olfatea en un estadio que se mueve, que gira alrededor del sol con miles de almas en un canto. Una única canción que, en su letra, habla del contenido, de esa identidad perdida en este club que intenta el renacimiento luego del temporal. La saca Pablo Migliore, lo hace de rodillas con las manos en alto, en una escena que tiene alto contenido emotivo. Es, tal vez, la imagen que de una vez entrega confianza para el grito. Porque cada pelota que cae dentro del área es un suspiro, interminable. La antesala al desahogo, al deja vú de Racing.

La línea de juego, esa luz que se enciende en ráfagas durante el primer tiempo, se apaga, inevitablemente, para esperar a oscuras la resolución del partido. Es decisión del equipo de Ricardo Caruso Lombardi elegir una de drama. Esa misma película que pone cada vez que no se anima al cine. La cinta, gastada, se repite otra vez. Los futbolistas se vuelan con el viento. Al piso, a ganar tiempo entonces. A que ese carrito tenga que ir a una GNC para poder estar a disposición en los próximos 90 minutos. A que los juveniles que alcanzan la pelota también sepan de su rol. A que su entrenador aporte desde el banco de los suplentes y alejar un balón que iba a ser encontrado por Mauro Rosales para agilizar el lateral. Racing juega en pausa, no quiere ni intenta ir por esa nueva senda, curiosa senda, del juego. La de un futbolista capaz de gambetear para adelante como Franco Zuculini, de un chiquilín que ofrece desfachatez en su aparición -léase Braian Lluy- para asistir a un delantero o la de la inteligencia y entrega que hacen de Pablo Lugüercio el ídolo de toda esa gente. No. Se renuncia a la forma.

Es Racing el que entra al callejón, el que camina por la cuerda. Lo hace porque, evidentemente, se siente más cómodo. Sabe que su público sólo aguarda, tenso, para que el clásico finalice. Así, sin más. Lejos queda esa muestra en frasco chico de una idea distinta para escapar de su propia pesadilla de la Promoción. Se aferra, entonces, a algo que le dé seguridad. Se pone atrás de su arquero, de los centrales, de los volantes, del nueve, del diez, del once. Del que sea. Porque todo queda reducido a lo que se pueda sacar desde adentro del área. Se agrupa, corta e intenta salir como en el rugby, pero a mitad de la calle se vuelve para ocupar posiciones.

Lucas Aveldaño le pega, una vez más logra tirarla para afuera, pero tiene mala puntería y el balón le da en la espalda a José Shaffer -¿cómo evitar que eso suceda en semejante amontonamiento?-,se eleva y coquetea con la red, pero se frena de golpe para ir a las manos de Migliore. Quizás sea toda una señal para entender el desenlace. Porque a Racing este tipo de rebotes, en general, le caen adentro del arco. Eso es gol en una situación propia de su angustia. Pero la fortuna, de vez en vez, le hace un guiño. El embrujo no hace efecto esta vez sobre el arco donde, cuenta la leyenda, queda uno de los siete gatos negros que se enterraron para su maldición. También en eso se detiene quien alguna vez ha pasado por el Cilindro. En eso piensa esa gente que salta cuando nota que la pelota queda lejos, bien lejos del buzo negro de su arquero.

El riesgo late, tiembla. Este equipo se sube a un colectivo para acortar la distancia con el triunfo. No va a pie como en esa etapa inicial. Se mueve y conmueve con los corazones que sienten lo mismo en igual momento. Juega como la gente. Se aferra a que la pelota -tal como pasó en el minuto final ante Argentinos- esta vez no caiga para amargar lo que es su fiesta. Si esta gente no necesita más que eso para que el lunes en la escuela, la oficina o la obra en construcción nadie le pueda decir nada. El juego, claro está, acá no importa demasiado. Nada. El valor que se le da a los tres puntos para engordar el promedio es lo esencial que hace invisible a los ojos esa imagen austera del final.

Al Racing guionado le sienta bien el papel asignado. Ese que suma espectadores -¿quién no es capaz de hacer fuerza por el débil?- y que tiene en sus fieles la recompensa con un canto interminable. Esa música que flota en al aire con melodías capaces de tocar el timbre a las fibras íntimas. Se desahoga Racing, una vez más. No contempla placeres ni nada. Sólo grita.

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