Los desafíos en un país de consensos

Da envidia Uruguay. Tiene una clase política que sabe lo que quiere; una burguesía que conoce adónde va; y un pueblo de notable cultura cívica que ha articulado un proyecto común de nación y lo defiende con hidalguía. El balotaje es un ejemplo.
Mientras algunos países de la región erosionan su calidad institucional con liderazgos cuasifascistas y degradan la voluntad ciudadana con el manoseo de las leyes y polémicas reformas constitucionales, Uruguay apuesta al consenso y surge en silencio como el país que nos enseña cómo se hacen las cosas.

Es éste un Uruguay muy diferente al de hace 5 años, cuando el centroizquierdista Frente Amplio llegó a la presidencia. En aquel momento, la crisis bancaria del 2001-2002 había secado la economía y el país apenas comenzaba a respirar. Pero ahora la fe en el futuro se percibe en el aire, apoyada en la convicción íntima y en la realidad inexorable de los números. La pobreza, la indigencia y la inflación han bajado; el PBI creció el 30% en cinco años, el mejor registro en décadas; las exportaciones subieron un 31,8% desde 2008; la demanda de bonos uruguayos fue cinco veces superior a lo ofrecido; las reservas son las más altas de la historia; la deuda pública cayó del 53% al 38% del PBI; el ingreso per capita (US$ 8181) duplica el promedio regional y creció un tercio desde 2004.

Desde luego, nadie tocó aquí el cielo con las manos. Uruguay aprovechó la última bonanza internacional y luego fue sagaz al afrontar la crisis financiera iniciada en Wall Street. Pero los desafíos que le esperan no son menores a los iniciales. El próximo gobierno enfrentará un entorno económico más hostil que el de hace cinco años, con tasas menores de crecimiento, mayor competencia y más proteccionismo. Tal vez, sin embargo, una porción de esos retos tendrá que ver también con cómo resolverá Uruguay las contradicciones internas que ha generado este modelo en expansión. Aunque no se percibe a simple vista, la economía uruguaya está cambiando. Desde el inicio del gobierno del Frente, ha sido la inversión extranjera el motor del impulso, tomando una envergadura extraordinaria. En 2008 llegó a US$ 2004 millones, casi el doble del año anterior y una parva de dinero comparado con los US$ 283 millones de promedio anual entre 1999 y 2003.

¿Qué significa esto? Que en algunos sectores clave el capital se está concentrando: el agro vivió la mayor transformación con un sólido aporte argentino; la industrial forestal avanza con conglomerados chilenos y nórdicos; los frigoríficos y molinos atraen a los brasileños; abundan las zonas francas; y los bancos se concentran en cuatro o cinco grandes firmas.

En definitiva, se trata de agentes muy grandes -a veces, demasiado grandes- respecto de sus interlocutores privados y públicos locales, lo que obligará al Estado a desplegar capacidades de negociación flexibles para alentar a esos flujos y, al mismo tiempo, lograr que sus efectos se derramen sobre el área social y fortalezcan las capacidades nacionales. Naturalmente, el Estado uruguayo contará con una posibilidad de expansión del gasto público más acotada para corregir desequilibrios. Y esto complicará la atención de las contradicciones que generará esa concentración al chocar con la meta del gobierno de seguir saldando sus enormes deudas sociales. Un dato que ilumina el futuro es el hecho de que los sindicatos triplicaron en estos años su tasa de afiliación.

A corto plazo, es la ciudadanía la que decide con su voto. Pero en el largo término, es siempre la tarea de las élites el articular el menú que acaban ofreciéndole. El liderazgo uruguayo ha privilegiado el sentido del Estado, la previsibilidad y la idea de que no se gobierna toreando a la población. Y eso es condición de posibilidad de todo lo demás porque hay un proyecto común en juego. Lo dijo claramente días atrás en su blog personal el frenteamplista José Mujica: "Sin acuerdos políticos nacionales e interpartidarios, no hay ningún impulso de transformación estructural que pueda sostenerse por décadas. Si los blancos y colorados pasan los próximos años a la intemperie, van a completar su renovación (...) El país los necesita y juntos vamos a despartidizar las grandes causas nacionales, de modo que, cuando tomen el gobierno, puedan seguir empujando esos procesos como lo que serán: proyectos de ellos como nuestros".

Ese es el modelo que plantea esta elección y la gran enseñanza uruguaya. Habrá que ver si el nuevo gobierno está a la altura del desafío.

Comentá la nota