Los desafíos frente al derrumbe

Los especialistas analizan las perspectivas que se abren a partir del derrumbe del Muro de Wall Street. Asiain descree de una reforma dominada por el pensamiento ortodoxo y Silva Failde afirma que la clave pasa por el papel de Estados Unidos.
¿Vuelta al proteccionismo?

Por Diego Silva Failde *

La crisis internacional, que comenzó con el derrumbe del sistema financiero, ha llegado a la economía real. A lo largo de los últimos meses el mundo ha visto el derrumbe del precio de los bienes primarios y una contracción creciente en la actividad industrial, con fuertes presiones sobre el nivel de empleo. Tan solo en enero, en los Estados Unidos se perdieron 650.000 puestos de trabajo, aumentando su tasa de desocupación del 7,6 al 8,1 por ciento, en lo que ya se vislumbra como una tendencia preocupante. La crisis es global: Europa, Asia y América latina, por no decir el mundo entero, ven caer progresivamente sus niveles de actividad y empleo.

Frente a este nuevo escenario, la reunión próxima del G-20 en Londres será un encuentro clave entre los principales países del mundo, con el objeto de tratar de coordinar políticas globales contra la crisis. No obstante, los gobiernos de todo el planeta ya han comenzado a implementar medidas de diversa índole para preservar sus economías. Y una vieja palabra, que desde hace casi treinta años que se había vuelto tabú, comienza a resonar en los planes de salvataje de las principales economías del mundo: "proteccionismo".

Luego de décadas de impulsar el libre comercio a través de la Organización Mundial de Comercio, el Banco Mundial y el FMI, el gobierno norteamericano discute hoy una polémica cláusula en el plan de salvataje, conocida como "Buy American" ("compre nacional"). Esta cláusula obligaría a que el acero utilizado en las obras públicas de los Estados Unidos sea producido dentro de las fronteras de dicho país. Medidas similares están siendo analizadas con la intención de garantizar que los gastos gubernamentales se dirijan a empresas norteamericanas, ya sea en la compra de productos sencillos como uniformes o en bienes tecnológicamente complejos. El debate y la polémica están abiertos.

Teóricamente, la principal razón para aplicar medidas proteccionistas es asegurar que la demanda gubernamental estimule efectivamente la producción local, en el marco de una crisis de demanda en la cual la baja de la tasa de interés ha demostrado ser insuficiente. El problema es que, en el marco de la globalización, cada vez son menos los bienes que se producen dentro de los Estados Unidos. Meses atrás, Marc Faber –un famoso analista de Wall Street– decía: "El gobierno federal está enviándonos a cada uno 600 dólares de reembolso fiscal. Si gastamos ese dinero en Wal-Mart, el dinero irá a China. Si lo gastamos en gasolina irá para los árabes. Si compramos hardware o software, a India. Si compramos frutas y vegetales, irá a México, Honduras y Guatemala. Si compramos un buen auto, irá a Alemania. Y si compramos porquerías inservibles irá a Taiwan, y en ningún caso ayudará a la economía norteamericana. El único modo de mantener este dinero en casa es gastarlo en prostitutas y cerveza, puesto que son los únicos productos que aún se producen en los Estados Unidos. Yo he estado haciendo mi aporte". Con tono irónico, Faber sintetiza en una frase los límites de la política fiscal en el marco de economías abiertas y globalizadas, donde el multiplicador del gasto público se diluye parcialmente en importaciones, estimulando a terceros países. En estas condiciones, la efectividad del impulso fiscal pareciera estar en una encrucijada: o bien se lleva adelante algún tipo de coordinación internacional de políticas, tal como pretende plantear Washington en el G-20, procurando que países como China den un giro hacia un mayor nivel de consumo y que la Unión Europea realiza políticas fiscales más agresivas, o bien el monto de gasto público de los Estados Unidos deberá ser realmente enorme en el marco de una economía abierta. Resta, obviamente, una tercera opción: elevado gasto público y "Buy American".

Si bien las medidas proteccionistas han aflorado en diversas naciones, como bien puede observarse localmente en las recientes disputas comerciales entre Argentina y Brasil, la posición que tome Estados Unidos marcará el escenario mundial futuro. En 1929, para hacer frente a la crisis norteamericana, dos políticos republicanos –Willis Hawley y Reed Smoot– impulsaron una fuerte suba en los aranceles de dicho país, dando lugar a una oleada de medidas similares a lo largo del globo. El resultado fue una caída abrupta del comercio internacional, que se mantuvo vigente hasta mediados de la década del setenta, cuando una nueva crisis generó otra modificación del sistema mundial y una vuelta atrás con el proteccionismo.

La crisis internacional se ha profundizado en estos meses, y ya nadie duda de que estemos en tiempos de cambio. No sabemos cómo será el escenario futuro, pero una cosa es clara: independientemente de los acuerdos logrados en la reunión del G-20, la decisión que tomen los Estados Unidos –como primera potencia mundial– respecto del nivel de proteccionismo fijará parte de las nuevas reglas del juego.

* Economista, miembro de AEDA.

Los límites de la reforma

Por Andrés Asiain *

Las medidas anticrisis tomadas por los gobiernos de las potencias mundiales en los últimos tiempos ponen al desnudo las fuertes asimetrías que existen en el orden financiero global. Multibillonarios paquetes de rescate son lanzados a la circulación en los países del Centro. Por el contrario, los bancos centrales de la periferia se ven obligados, en pleno comienzo de la recesión, a incrementar sus tasas de interés para evitar la fuga de sus capitales hacia el norte. Lo paradójico es que la crisis se inició en pleno sistema financiero de Estados Unidos y no en los mercados emergentes.

La explicación de este comportamiento, a primera vista incomprensible, se encuentra en el papel que ocupa la moneda de las grandes potencias en el sistema financiero mundial. Un sencillo ejemplo basta para entender la diferencia cualitativa existente entre un dólar y un peso argentino, ¿alguien se imagina a algún norteamericano guardando pesos bajo el colchón?

La capacidad de emitir la moneda mundial no es un atributo que se a adquiere fácilmente. Estados Unidos lo logró aprovechando el estado de destrucción en que se encontraba Europa tras la Segunda Guerra Mundial. La supremacía del dólar fue aceptada por las otras potencias occidentales en Bretton Woods. Más tarde, cuando esos acuerdos sean cuestionados, se mantendrán por la fuerza del mercado. El de-sarrollo de los mercados financieros desregulados impondrá, de hecho, lo que los acuerdos anteriores otorgaban como derecho.

Este papel privilegiado le permite a Estados Unidos financiar su expansión militar y económica a lo largo del globo pagando en su propia moneda. También le posibilita realizar política fiscal y monetaria sin importarle sus consecuencias en términos de déficit fiscal o externo, como lo muestran las actuales medidas anticrisis.

Veamos, en cambio, la situación de la periferia en la actual crisis global. El crédito internacional se encuentra paralizado. Esto no es muy preocupante para países como la Argentina que hace tiempo no accede a los mercados financieros externos. Si es grave para otras economías, como las de Europa del Este, que han financiado su expansión mediante inversiones extranjeras. La repentina reversión del flujo de capitales desvaloriza sus monedas y vuelve impagables sus deudas externas fijadas en divisas.

Para países como el nuestro el canal de transmisión de la crisis es la caída de las exportaciones. El menor nivel de actividad de la economía mundial y el derrumbe del precio de los commodities reducen los dólares que ingresan por las ventas externas y ponen tensión sobre el valor del tipo de cambio. Las expectativas de devaluación incentivan la salida de capitales aumentando la presión a la desvalorización de la moneda local. Ante ello el Banco Central aumenta las tasas de interés enfriando la economía pese a los síntomas de comienzo de una recesión.

En este momento, los países miembros del G-20 se encuentran discutiendo la reforma del sistema financiero internacional. El papel privilegiado del dólar difícilmente sea afectado. Alguna concesión de poder a China en los organismos internacionales, un incremento en los préstamos a los emergentes con sound policy y cierta mejora en la regulación de los movimientos internacionales del capital, son las medidas que probablemente saldrán de esa reunión. Los países de la periferia no obtendrán allí las soluciones a los problemas urgentes que plantea el estallido de la crisis. En nuestro caso, en lugar de poner las esperanzas en la reforma del sistema financiero internacional, debemos comenzar por reformar el argentino. Vale recordar que, pese al paso adelante que significa la estatización de las AFJP, la apertura de la cuenta de capitales continúa condicionando la capacidad de generar crédito. Si pretendemos enfrentar la crisis internacional tenemos que recuperar el control de nuestra política monetaria. Sólo así podremos financiar las políticas de demanda efectiva necesarias para reactivar la economía sin la amenaza desestabilizadora de la fuga de capitales.

Para aquellos que, por el contrario, piensan que la solución se encuentra en la reinserción en los mercados financieros internacionales reformados, va esta cita de Keynes (que algo sabía de las crisis económicas): "El papel desempeñado por los economistas ortodoxos, cuyo sentido común ha sido insuficiente para equilibrar su deficiente lógica, ha sido desastroso en todos sus detalles; porque cuando, en su ciega lucha por encontrar una puerta de escape, algunos países se han sacudido las obligaciones que hacían imposible una tasa de interés autónoma, estos economistas han enseñado que una restauración de los antiguos grilletes es un primer paso necesario para la recuperación general".

* CNE Arturo Jauretche.

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