Desacuerdos innecesarios en Montevideo

Por Joaquín Morales Solá

En una sola cosa, tal vez, Cristina Kirchner tiene una política diferente de la de su marido. La Presidenta es más sincera en sus alianzas internacionales, porque es evidente que le gusta ese conglomerado de países que lidera el proyecto populista autoritario de Hugo Chávez más que cualquier otra experiencia democrática de la región. Néstor Kirchner sentía lo mismo que Cristina, pero lo disimulaba mucho mejor.

La solemne reunión del Mercosur en Montevideo, anteayer, fue un fracaso. La presidenta argentina le cantó sus cuarenta verdades en la cara a Lula, se diferenció de Chile por la crisis hondureña y complicó a la alianza gobernante uruguaya en su personal cruzada contra los medios de comunicación. El motivo de la reunión empeora aún más las cosas: la Argentina asumió en ese acto la presidencia pro témpore del Mercosur. Cristina Kirchner tiene una vocación innata para la docencia, pero no está bien que les dicte clases a otros líderes que son tan presidentes como ella.

La relación entre Brasil y la Argentina se tensó desde que las cuestiones comerciales cayeron en manos del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno. No hay una política previsible por parte de la Argentina ni existen acuerdos que sean cumplidos. Moreno es quien ordena bajar o subir las persianas de la Aduana en una notable profundización del proteccionismo argentino. Se llegó al absurdo de que las ropas brasileñas de verano son liberadas en invierno por la aduana local. O viceversa.

Brasil sigue siendo el principal socio comercial de la Argentina; el regreso brasileño al crecimiento económico fue uno de los factores que ayudaron al país a superar, embrionariamente aún, la crisis internacional. Permitió, entre otras cosas, que la industria automotriz argentina iniciara rápidamente un proceso de reactivación.

Sin embargo, los desacuerdos son probables y previsibles en un intercambio tan intenso. El problema reside, otra vez, en las formas. No era una reunión formal de presidentes el escenario ideal para que la presidenta argentina le lanzara reproches indirectos a Brasil. Cristina sabe, además, que le hablaba a un hombre, como Lula, que nunca pediría derecho de réplica. La presidenta argentina tiene una natural inclinación por zamarrear a los que están condenados a guardar silencio.

Distancia con Brasil, entonces. Resulta, no obstante, que en ese mismo acto la Argentina se diferenció también notablemente de Chile, de Colombia y de Perú. El motivo es la crisis política e institucional en Honduras. La administración de Barack Obama, acompañada por varios países latinoamericanos, decidió reconocer la elección hondureña que proclamó a Porfirio Lobos como presidente electo. Brasil y la Argentina se niegan a hacerlo.

Una elección convocada por un gobierno golpista no es la solución ideal, sin duda. Pero ¿quién tiene una solución mejor para resolver el conflicto del país centroamericano? ¿Cuál es esa solución? Llama la atención la inflexibilidad de la históricamente flexible política exterior brasileña, pero la Argentina ya tiene suficiente con sus propias intransigencias. El órdago latinoamericano contra cualquier solución que no incluya al depuesto Manuel Zelaya fue armado por Chávez. Brasil no quiere ese liderazgo en poder del presidente venezolano. ¿Qué tiene que ver la Argentina en esos enredos ajenos? Nada. ¿Para qué profundizar entonces la distancia que ya existe con la administración de Obama?

Al fin y al cabo, ninguna retórica latinoamericana (y menos la argentina) ha sido objetiva con el caso de Honduras. Allí hubo un presidente democrático, Zelaya, que caminaba derecho a un autogolpe mediante una clara violación de la Constitución de su país. Le ganó de mano un golpista hecho y derecho, el actual presidente de facto Roberto Micheletti, que derribó a Zelaya en una noche propia de hace cuatro décadas. Eran dos políticos que competían por quién violaba mejor la Constitución. ¿Cómo se sale del laberinto hondureño? No hay fórmulas perfectas, pero seguramente no será agrietando aún más la región. No es un consejo aceptable para Cristina Kirchner, que adora las grietas ideológicas.

En ese martes uruguayo de errores y desproporciones, la presidenta argentina felicitó al presidente electo de Uruguay, José Mujica, porque le había ganado al "bombardeo mediático". Mujica nunca fue ni se sintió víctima de los medios, que en gran medida lo apoyaron en Uruguay, salvo alguna civilizada excepción. Tampoco el gobierno de Tabaré Vázquez, del que Mujica es sucesor partidario, tuvo una relación crispada con el periodismo. Registró momentos mejores o peores en su, por lo general, correcta relación con la prensa. Punto. ¿De dónde sacó la presidenta argentina la imagen de un Mujica bombardeado por los medios?

Sin duda, lo que menos les gusta a los progresistas uruguayos, sea Tabaré Vázquez o el propio Mujica, son las comparaciones con los Kirchner. Cristina Kirchner cometió un grave equívoco cuando trasladó a Montevideo su pelea personal y agresiva contra el periodismo de cualquier origen y extracción. Salvo el periodismo adscripto al kirchnerismo, desde ya.

Esa carencia de matices en la política internacional está inscribiendo de hecho al gobierno argentino más en el lote de países como Venezuela, Ecuador, Nicaragua y Bolivia. Pruebas: no hay recuerdo posible de un discurso de Cristina Kirchner que le haya marcado claras diferencias a Chávez.

En los hechos, la Argentina mantiene una posición distinta de Venezuela con respecto al gobierno teocrático de Irán, que es mucho más grave que cualquier discordia comercial con Brasil. Pero la presidenta argentina nunca lo dijo públicamente; siempre es escudó en el derecho de cada país a tomar decisiones soberanas.

Ayer, en Buenos Aires, la recepción oficial a Chávez estuvo marcada por la afinidad que proclama el caudillo de Caracas y que Cristina no desmiente. Esa cordial convivencia coincidió con simultáneas, diversas y públicas distancias con Brasil, Chile y Uruguay. Los hechos, tal como fueron, son suficientes para dibujar el definitivo cuadro de las alianzas kirchneristas.

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