El derrumbe mundial provocó el viraje moderador de los Kirchner

Por: Eduardo van der Kooy

Florencio Randazzo, el ministro del Interior, dijo en la rueda de prensa posterior a la reunión con la Mesa de Enlace que la presencia de Cristina Fernández había sido sorpresiva e impensada. Lo fue para el campo y para la opinión pública. No lo fue, en cambio, para los negociadores del Gobierno.

El lunes fue un día clave para el nuevo rumbo que parece haber tomado el conflicto, según lo admitieron los dirigentes agrarios. El mismo Eduardo Buzzi, de FAA, casi siempre un portavoz intransigente, se encargó de subrayar el valor político de la asistencia presidencial.

¿Qué sucedió el lunes?. El matrimonio Kirchner pareció definitivamente alarmado por las nuevas y pésimas señales de la crisis internacional. Impactaron las nuevas quiebras en Estados Unidos pero además la debacle generalizada en la Unión Europea. Suiza anunció ayer que entró en recesión.

El susto presidencial desembocó en el atardecer de ese lunes en una primera decisión: la Presidenta aparecería en la reunión con la Mesa de Enlace. Esa reunión se había debilitado durante el fin de semana por varios motivos. Los trascendidos surgidos desde el ala dura del Gobierno, que los Kirchner muchas veces acicatean, sobre la posibilidad de un nuevo sistema para la comercialización de granos al exterior. El discurso de Cristina en el Congreso que ahondó esa sensación. La desconfianza creciente exhibida por las caras más notorias de la Mesa de Enlace, Buzzi, Hugo Biolcati y Mario Llambías. La presión indisimulada de muchos productores que ayer mismo estuvieron a la vera de las rutas en Santa Fe, Entre Ríos o Chaco.

Ese paisaje asomaba demasiado hostil para que Randazzo y Débora Giorgi, la ministro de la Producción, pudieran sosegarlo por cuenta propia. El Gobierno se exponía al riesgo de otro fracaso y, tal vez, a la incineración de dos negociadores oficiales mas. Julio De Vido fue la primera víctima voluntaria luego de haber aceptado la delación de sus encuentros secretos con Biolcati.

Esos esos argumentos sirvieron para explicar la irrupción de Cristina. Pero también la percepción tal vez distinta --y tardía- que el matrimonio empieza a tener sobre los efectos de la crisis mundial y un conflicto con el campo ya con un año de arrastre.

El temor a los efectos de la crisis fue una de las cartas con las cuales machacó la Presidenta frente a los dirigentes del campo. Aunque las medidas acordadas, en especial, sobre la carne, la leche, el trigo y las economías regionales requieren todavía la instrumentación, Cristina intentó dejar dos mensajes tranquilizadores a los hombres que se han sentido tantas veces esquivados.

Aclaró que ninguna medida que se adopte será ajena al Congreso. Invitó a la Mesa de Enlace a participar en breve del Consejo Económico Social. Esa institución está pensada, justamente, para tratar de capear las consecuencias de la crisis interna y externa.

El viraje moderador de los Kirchner, quizás sin querer, parece empezar a reconocer derivaciones en los pliegues del poder. ¿Cuáles?. Podría haber un reposicionamiento de los funcionarios que hace tiempo bregan por cerrar, de alguna manera, el pleito. Entre ellos están, por supuesto, Randazzo y Giorgi. También el secretario de Agricultura, Carlos Cheppi. Y Sergio Massa, el jefe de Gabinete, apartado de su papel natural por plantearle puntos discordantes al matrimonio.

También cabría mencionar la pérdida circunstancial de influencia --sólo eso-- de sectores que se han identificado siempre con cierta voluntad de combate. Guillermo Moreno no ha participado en este tramo del diálogo con el campo como lo había hecho el año pasado, siempre en actitud de aguafiesta, junto a Alberto Fernández.

Aunque su principal repliegue no estaría reflejado por esa ausencia. Conviene escarbar entre algunos de los anuncios del acuerdo parcial suscripto por el Gobierno y el campo. Tomemos dos: las determinaciones sobre el trigo y la leche significa, en términos económicos y políticos, un giro absoluto respecto del rumbo que le había impreso en los últimos años el secretario de Comercio.

En otro plano aparece el titular de la AFIP, Ricardo Echegaray. Ese funcionario de la confianza íntima de los Kirchner viene trabajando en un proyecto para modificar la comercialización de granos al exterior. Ese proyecto tuvo, entre rumores intensos, una fuerte proyección el fin de semana. Pero empezó a palidecer el lunes, al mismo tiempo que aumentaron los temores de los Kirchner por el agravamiento de la crisis mundial.

El proyecto no está muerto. De hecho, Randazzo y Llambías hablaron sobre él en las ruedas de prensa. Pero en este punto, también, habría prevalecido el criterio de las palomas sobre los halcones kirchneristas: el Gobierno carece de margen político para decisiones unilaterales en este conflicto. Cristina ratificó ante la Mesa de Enlace y en Olivos su decisión de someter al Congreso todas las futuras medidas vinculadas al sector.

Incluso las retenciones a la soja y el girasol no serían intocables. Aunque por el momento el Gobierno está apretado porque la caída de la actividad económica y del consumo han empezado a perforar las cuentas fiscales. Por lo menos durante los próximos 60 días la cuestión no será meneada desde ninguna de las orillas. El Gobierno señala que en ese tiempo habrá una idea aproximada de la profundidad con que la crisis aterrizará en la Argentina.

La desactivación del conflicto es ahora una necesidad política perentoria del Gobierno. Ese conflicto ha terminado por unir a la oposición con el campo y está desgranando hasta límites impensados al propio peronismo. No será sencillo modificar el cuadro en los ocho meses que restan para las elecciones de octubre.

Sobre todo no será sencillo para los Kirchner recomponer un humor social y una desconfianza que vienen en declive desde hace un año.

Ayer dieron un pasito en esa dirección. Lo dieron con la colaboración del campo. Entre ambos repusieron una mínima dosis de cordura en el país.

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