El derrumbe de la ilusión

Por Joaquín Morales Solá

Los Kirchner suelen dramatizar cualquier referencia de Washington a la Argentina. No se sabe si eso sucede porque la opinión de los Estados Unidos los preocupa más de lo que están dispuestos a aceptar o si, en cambio, siguen usando cualquier alusión washingtoniana para envolverse en la retórica del rentable nacionalismo. La CIA ha dicho que la crisis económica podría producir inestabilidad en la Argentina, Venezuela y Ecuador, pero también hizo pronósticos sobre otros países. Entre éstos, figuraron Rusia y China, donde la secretaria de Estado, Hillary Clinton, acaba de hacer una cordial visita oficial.

Es posible, incluso, que la CIA equivoque sus profecías. Hasta ahora no hay aquí síntomas de inestabilidad, más allá de los agravios al sistema institucional que perpetra el propio matrimonio presidencial cuando, por ejemplo, somete al vicepresidente Julio Cobos a la humillación y al maltrato. La escasez doméstica de horizonte económico se debe en gran parte a la pertinacia del kirchnerismo en la disputa con los productores rurales y a la vieja arbitrariedad en su relación con todos los sectores de la economía. No hay conspiraciones foráneas, por lo tanto.

Sin embargo, lo único que ha sucedido hasta ahora es que el kirchnerismo se ha debilitado notablemente como expresión política, pero nadie le discute su facultad ejecutiva ni su derecho a gobernar.

Todos los servicios de informaciones extranjeros están haciendo, seguramente, evaluaciones sobre el impacto de la crisis mundial en distintos países del mundo. La única diferencia consiste en que la agencia norteamericana ha decidido difundir sus estimaciones. Y eso es precisamente lo que los Kirchner, encandilados siempre por el qué dirán, no están dispuestos a aceptar.

El pasado de la CIA no es transparente, como bien dijo el canciller Jorge Taiana. No obstante, debe puntualizarse que su actual jefe, Leon Panetta, fue designado por Barack Obama. Panetta, que fue quien divulgó el pronóstico que enfureció al gobierno argentino, ocupó el influyente cargo de jefe de gabinete de Bill Clinton y llegó a la central de inteligencia con fama de ser un intransigente crítico de las peores prácticas de la CIA, entre ellas, la tortura.

La CIA de Obama

A pesar de ello, el gobierno argentino trató a la CIA de Obama con la misma furia con que zamarreó al FBI de George W. Bush, cuando esta última agencia descubrió un trasiego en Miami de inteligencia extranjera por la valija venezolana cargada de dólares encontrada en un aeropuerto argentino. Un matiz fue distinto: esta vez habló Taiana y calló Cristina Kirchner, aunque el sentido de las palabras fue el mismo.

Aun en el caso de que hubiera errado, Panetta es un funcionario de Obama y no de Bush. ¿No era Obama el "presidente amigo" que estaba dispuesto a recomponer la relación con el kirchnerismo argentino? ¿No era Obama, también, un deslumbrado seguidor de Kirchner y de Perón, según el estrafalario discurso de los gobernantes locales?

El calvario no ha terminado para el embajador norteamericano, Earl Anthony Wayne, quien ya gastó el camino entre su despacho y la cancillería para escuchar protestas por cada cosa que se dice en Washington sobre la Argentina de los Kirchner. Después de todo, los informes de la CIA sólo sirven para que el presidente norteamericano tenga una visión global de la situación del mundo, aunque él cuenta con otras fuentes de información, como los propios diplomáticos profesionales que prestan servicio en el Departamento de Estado y en el Consejo de Seguridad. La palabra de la CIA no es la del presidente de los Estados Unidos.

Sólo la batahola que desata el matrimonio presidencial podría terminar provocando que Obama le creyera más a la CIA que a cualquier otra agencia norteamericana. "¿Por qué tanto escándalo?", podría preguntarse el jefe de la Casa Blanca, si es que, desde ya, le dedicara unos segundos de su escaso tiempo al griterío argentino. Colocado en la opción, Obama apoyará siempre, desde ya, a un funcionario recién designado por él mismo.

El matrimonio presidencial debería preguntarse, a su vez, por qué siempre, y sobre todo en los últimos tiempos, los observadores extranjeros vinculan a la Argentina con Venezuela y Ecuador, ambos países gobernados por presidentes nulamente previsibles en este mundo. Ese es el problema de fondo, más allá de los aciertos o desaciertos de una agencia de inteligencia.

El problema se agravó, además, cuando la diplomacia argentina se convenció de que la relación con Washington era magnífica porque un subsecretario de Estado designado por Bush y no por Obama (Thomas Shannon) accedió a una reciente reunión con el vicecanciller argentino, Victorio Taccetti. Esa interpretación argentina sirvió para ilusionar a Cristina Kirchner sobre su buena relación con Obama. La precisión de los hechos termina siempre por derrumbar las ilusiones.

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