El derrumbe del crudo y su impacto

En pocos meses la cotización del barril de petróleo se derrumbó estrepitosamente. ¿Cuál es la estrategia argentina en el nuevo escenario? ¿Cómo afecta la balanza comercial? ¿Qué pasará con los precios en el mercado local?
Promover la eficiencia

Por Sebastián Scheimberg *

La crisis económica internacional, de la que la Argentina no esta exenta, seguramente afectará a los sectores productivos en forma desigual. En el caso de la energía podría incluso darse un efecto anticíclico. Es que el país se encontraba artificialmente aislado del contexto global, mientras que ahora se presenta la oportunidad de ir relajando el corsé de precios disociados de los costos que se mantenía a fuerza de un esquema de subsidios generalizado e indiscriminado, que fogoneaba la demanda al tiempo que frenaba decisiones privadas de inversión.

El alivio de la potencial crisis de suministro energético por causa de una demanda contrayéndose a un ritmo superior al de la oferta, en un escenario de elevados precios del crudo, podría considerarse un consuelo fútil. Sobre todo si se tiene en cuenta que la baja generalizada en los precios de las materias primas resultará a la postre en un deterioro de los superávit gemelos. Por otra parte, el escenario en que la Argentina se vuelve un importador neto de energía, bajo el nuevo contexto recesivo y ante los sucesivos aumentos de precios locales, se va alejando. Posiblemente en el caso del petróleo la reacción a los estímulos económicos (programas plus y ajuste a la baja de las retenciones móviles) no sea inmediato, en particular dada una geología poco virtuosa, y en el marco de una regulación ambigua, inestable y heterogénea.

Tras la crisis mundial, no sólo podrá decirse que las potencias desarrolladas están aplicando salvatajes “a la argentina”, sino también que los precios mundiales de los combustibles se acercan a los argentinos, tras la eliminación de subsidios internos. En este sentido, resulta difícil cuestionar decisiones antipáticas aunque necesarias de aumento de precios y tarifas de la energía, sin por ello esquivar el debate acerca del diseño más apropiado del escalonamiento de los ajustes y la tarifa social.

Si bien el alineamiento de los precios de la energía al costo económico resulta una condición necesaria para atraer inversión, se ha visto que no ha sido condición suficiente. En este sentido, lo que se pone en tela de juicio, pero desde un punto de vista constructivo, es el modelo de privatización de los años ’90. Sin plantear una cuestión de principios sobre el sistema de producción privada y regulación pública (ya que difícilmente se pueda recrear el modelo de empresa pública), lo que verdaderamente debe discutirse es el funcionamiento del modelo petrolero actual de empresa privada/mixta y regulador público, tras las mayores caídas en la producción petrolera (-25 por ciento) y pérdida de reservas gasíferas (de 20 años de horizonte a menos de 10) de la historia, en la última década.

Paradójicamente 20 años atrás, luego de una década de estancamiento productivo, se decidía el mayor viraje de rumbo en materia petrolera que se conozca. En ese entonces la cuestión central estaba asociada al reparto de la renta petrolera. Ese debate sigue irresuelto y requiere una consideración parlamentaria que capitalice las experiencias del pasado.

En una apretada síntesis podríamos decir que el modelo de empresa pública fracasó en la administración eficiente de los recursos generados, pero fue muy eficaz en el campo prospectivo donde las inversiones revisten mayor riesgo. Con la privatización, inicialmente YPF se convirtió en una empresa mixta y junto con otras empresas nacionales verificaron un fuerte incremento de productividad. Tras la muerte de Estenssoro y a medida que se fue deteriorando la situación económica e institucional de la Argentina, las inversiones de riesgo mermaron y primó una conducta rentista que condujo a la transnacionalización de la industria. A partir de allí los criterios financieros dominaron sobre los productivos y la falta de regulación y control se hizo evidente.

Desde fines de los años ’90 el escenario de producción determinó una paulatina y acentuada decadencia de las grandes empresas (con excepción de PAE, que fue reposicionándose en el mercado interno como la segunda mayor), al tiempo que mostraba un gran dinamismo de las firmas medianas y pequeñas.

Está claro que la salida de la crisis actual en que estamos inmersos requiere una nueva estrategia. En ella, como lo ha planteado el presidente Obama para los Estados Unidos, debiera haber un lugar destacado para la promoción de energías renovables y la eficiencia energética en un futuro cercano en que se espera se recupere el crecimiento económico y el precio del crudo (a 70 dólares según la IEA). De haberse destinado parte de los más de 6000 millones de dólares de subvenciones internas a la generación renovable, la Argentina hubiese incorporado permanentemente un 10 por ciento de la potencia actualmente disponible. Por otra parte, tampoco las corporaciones están prestando atención a la promoción de energías limpias. El cambio de mentalidad y de estrategia energética requiere, además del debate, el aporte de toda la sociedad.

* Economista.

Faltan inversiones

Por Diego Mansilla *

Los actuales precios del petróleo en el mercado mundial no dejan de sorprender. Hace un par de meses, en pleno crac financiero, el precio internacional subió rompiendo todos los records anteriores (llegando a 145,31 dólares por barril), mientras que actualmente apenas cotiza 37 dólares por barril, cosa que no ocurría desde junio de 2004. Muchos aseguraban que ese abrupto crecimiento (a diferencia de los anteriores picos, no generado por ningún conflicto bélico) estaba reflejando el déficit petrolero que se avecinaba y la entrada en un mundo de escasez. Sin embargo, el crecimiento sólo se puede justificar por motivos especulativos, financieros y cambiarios. Ignorando la inminencia de una de las mayores crisis mundiales y su consecuente caída en la demanda, el precio respondía a los grandes capitales especulativos que buscaban refugio ante la caída de los mercados de “hipotecas basura”.

Cuando en el “mercado” alguien dijo que el rey estaba desnudo, el precio internacional registró una estrepitosa caída, aun más violenta que la subida. Tampoco se puede explicar el presente overshooting (es decir, el ajuste excesivo) sino por el retiro de las demandas especulativas y su conversión en apuestas “a la baja”. Sobre todo cuando las propias petroleras declaran que para el año 2007 sus costos en regiones como el Golfo de México norteamericano llegaron a los 58,5 dólares y que por cuarto año consecutivo no pudieron reponer las reservas extraídas.

En este contexto, es totalmente irracional tomar decisiones a largo plazo utilizando ese precio manejado oligopólicamente como “indicador de escasez”, sobre todo en un país autoabastecido como la Argentina donde el verdadero precio relevante del petróleo es cuánto costó extraerlo. Sin embargo, desde la instauración de las retenciones a la exportación de combustibles que separan el precio interno del internacional, se han escuchado diversas voces desde las provincias con reservas, las empresas petroleras y sus usinas de pensamiento, criticando que la Argentina se “aísle del mundo”, especialmente con cada record del precio internacional. Ante la caída del precio, el reclamo se centró en que en nuestro país las naftas son muy baratas, por lo que el consumo creció en los últimos años a niveles insostenibles llegando al despilfarro, quitándoles rentabilidad a las refinerías. Para esto se compara el valor de los combustibles en la Argentina con otros países de Latinoamérica.

Para comenzar, en ese discurso no se aclara que los países con que se referencia el precio interno no cuentan con autoabastecimiento, por lo que deben adquirir su petróleo en el mercado internacional. No obstante, en cada país el sector público buscó mitigar los efectos del alza de precios, por lo que ni en estos países se utiliza internamente el precio internacional.

Además, si se compara con los precios de venta en Estados Unidos (también importador), la nafta argentina es mucho más cara. La nafta premium norteamericana se cotiza actualmente a 2 dólares el galón, lo que significa 1,9 peso por litro (muy lejos de los 3,45 pesos del promedio nacional). En Uruguay (que importa el 100% de su petróleo), los precios son apenas un 7 por ciento superiores e iguales a los existentes en Santiago del Estero.

En cuanto al mayor consumo de naftas, si bien en el año pasado se vendió un 63 por ciento más que en 2003, esos 5,5 millones de metros cúbicos igualan las ventas de 1998 y son un 18 por ciento menor que las de 1994. Además, como en toda la convertibilidad, en esos años el precio de la nafta superaba ampliamente a los internacionales.

Lo que cambió desde entonces es la estructura de los subproductos que obtienen las refinerías. Mientras que en 1994 se producía la misma cantidad de naftas, el 80 por ciento era para uso vehicular, el resto para petroquímicas y se exportaba el 18 por ciento. Desde entonces, las exportaciones han aumentado, llegando a más de la mitad en los años posteriores a la devaluación.

En 2008, apenas el 60 por ciento de las naftas obtenidas son para uso vehicular y el 40 por ciento intermedias para petroquímica, de las cuales se exporta el 75 por ciento. Es decir, cada vez se produce más nafta para ser exportada a precios internacionales mientras que todavía no se han recuperado los niveles de consumo interno de principios de los ’90. Si bien en los últimos años se aumentó la cantidad de petróleo procesado en refinerías argentinas, al no existir inversiones el uso de la capacidad instalada llegó a niveles insostenibles. Así es como en 2007 se llegó a un uso del 99,3 por ciento, que excede los niveles mínimos de seguridad.

Además, esos “bajos precios” no les impidieron a las refinerías (sobre todo las integradas como YPF y Petrobras) obtener grandes beneficios el año pasado. Con la caída de los precios del petróleo no se han registrado bajas en los combustibles nacionales, por lo que es de esperar que esas ganancias aumenten aun más. No obstante, no existen inversiones para superar los limitantes estructurales a la producción nacional de combustibles. Por tanto, el problema del mercado argentino de combustibles no es el bajo precio de las naftas, ni su disociación con los valores internacionales, sino la falta de inversiones en capacidad instalada.

* Economista Grupo Moreno y Centro Cultural de la Cooperación.

Comentá la nota