El derecho de saber y la obligación de informar

Por Luis Moreiro

Precedido por sus antecedentes técnicos y por una gestión en la provincia de Tucumán que le permitió bajar notablemente el índice de mortalidad infantil, Juan Manzur asumió como ministro de Salud de la Nación.

Tiene ante sí la tremenda tarea de intentar contener una pandemia fuera de todo control y que, según los cálculos más optimistas, se ha cobrado, como mínimo, 55 vidas, aunque oficalmente se reconocen 44.

Los pergaminos del nuevo ministro, sin embargo, parecen trastabillar a la hora de quedar expuestos frente a sus primeras declaraciones como máximo responsable del cuidado de la salud de los argentinos.

Resulta extraño, en un hombre de su experiencia, que le resulte irrelevante o de poca utilidad contar día a día las muertes causadas por el virus de la gripe A (H1N1).

El ministro sabe que no sólo es su obligación mantener informados a los argentinos sobre la evolución de la enfermedad, detallando casos comprobados, contagiados y fallecidos, más allá de aportar estimaciones, como hizo ayer.

Sabe el ministro que de la sola partición de estas cifras se obtiene el índice de mortalidad de esta gripe, dato que la Argentina, obligatoriamente, debe enviar a la Organización Mundial de la Salud y que, obviamente, es de público dominio.

Sobre las espaldas del ministro caen, en realidad, dos tareas fundamentales: contener y mitigar los efectos de la gripe A, pero, además, mantener y vigilar el nivel y rigor informativo que asiste a todos los ciudadanos. Tiene Manzur la obligación adicional de hacer público todo dato preciso que ayude a la población a tomar conciencia de la gravedad del momento.

Desde la aparición del primer caso de gripe A, a los argentinos, en realidad, se les escamotea información crucial.

Demasiadas dudas

No se sabe, por ejemplo, a ciencia cierta a qué zona específica del país corresponden los contagiados ni los muertos.

Si la intención es ir cercando el brote, bueno sería identificar las zonas más conflictivas para centrar en ellas las tareas de mitigación o de alerta sanitaria.

Tampoco hay un detallado informe de la franja etárea afectada, más allá del genérico "jóvenes" y de la sospecha ?tampoco confirmada? de que el virus ataca con mayor virulencia a mujeres embarazadas y a inmunodeprimidos.

No se sabe, tampoco, de qué manera afecta la enfermedad según estratos sociales, educativos y laborales. Y el dato no es menor.

Saber si las víctimas provienen mayoritariamente de clase media o de los sectores más relegados de la sociedad ayudaría a direccionar políticas de mitigación. Claro, también se podría tener la confirmación de que las víctimas mortales, como se sospecha, son precisamente aquellas a las que el Estado debería proteger con mayor fruición. La exposición del dato tal vez suene políticamente incorrecta si lo que queda a la luz es otra demostración del fracaso de las políticas de salud asociadas al bienestar social.

Tiene derecho el argentino medio a saber si los contagiados y muertos son trabajadores o desocupados; si asisten a la escuela o si forman parte del ejército de aquellos que no estudian ni trabajan. Serviría esa información para tener otro punto de referencia a la hora de juzgar las bondades de un gobierno que se llama progresista.

Se debe saber, además, qué proporción de los enfermos y fallecidos cuentan con agua corriente, gas y cloacas, servicios esenciales cuando hablamos de un virus que se elimina con higiene y un simple lavado de manos.

Debe el ministro, además, y en tiempo perentorio, presentar su plan de trabajo. Los mil millones de pesos de la cuenta puesta a su disposición suenan suficientes como para atender la emergencia. Claro está, se debería informar cómo y en qué se van a gastar.

Podría argumentarse, en cierta forma, que hace apenas 48 horas que el funcionario se encuentra en el cargo, lo que podría atenderse como un atenuante de la carencia informativa.

Ocurre, sin embargo, que la crisis no da respiro ni admite dilaciones. Las muertes así lo confirman. Aunque sean 44, como dijo el ministro, o muchas más, como él mismo sospecha.

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