La derecha, beneficiada con Gaza

Los opositores Benjamin Netanyahu (Likud) y Avigdor Lieberman (Israel Beiteinu) escalaron en los sondeos con la última guerra. Kadima pierde caudal electoral y los laboristas, protagonismo.
Si, tal como lo aseguran sus hacedores, las encuestas tienen una capacidad predictiva fehaciente, sus porcentajes anuncian una tendencia clara. Los partidos de derecha, que componen la oposición al actual gobierno, son los principales beneficiarios de la ofensiva militar desatada por Israel en Gaza. El líder del tradicional Likud, Benjamin (Bibi) Netanyahu, y Avigdor Lieberman, dirigente del ultranacionalista Israel Beiteinu, son quienes mejores posiciones han escalado en el corto trecho que va de la última guerra a las elecciones de mañana. En cambio, los principales actores de la gran represalia llevada a cabo en la Franja de Gaza, el laborista Ehud Barak (actual ministro de Defensa) y la canciller Tzipi Livni (jefa del partido de gobierno, Kadima), no han “remontado vuelo” en el cielo electoral aun cuando, presumidamente, les demostraron recientemente a sus compatriotas cómo se combate a Hamas.

Efectivamente, de acuerdo con los sondeos de opinión Netanyahu aventaja a Livni por una escasa diferencia (27 escaños contra 25), pero el dato más significativo es el espectacular ascenso de Lieberman, a quien le pronostican 18 representantes parlamentarios, con lo que pasaría a ser la tercera fuerza de la política israelí. Su lugar en el próximo gobierno, ya sea que esté encabezado por la derecha (Likud) como por el centro (Kadima), está prácticamente asegurado. Y será clave su papel en la negociación destinada a formar una coalición gubernamental. Las encuestas también indican una clara ventaja del conjunto compuesto por todos los partidos ubicados a la derecha del espectro político, que suman un bloque parlamentario de 66 miembros, con respecto al bloque de centro-izquierda, que apenas alcanza a los 54 escaños, en los que están incluidos ocho de los partidos árabes (no son candidatos probables a integrar un futuro gobierno). En tal correlación de fuerzas, a Netanyahu le resultará más fácil que a Livni armar una coalición viable.

Si, entonces, el ascenso a un extremo, el de la derecha cuya versión abiertamente xenófoba está encarnada en Avigdor Lieberman, es uno de los aspectos sobresalientes de las secuelas que viene produciendo la militarización del conflicto con los palestinos, otro de sus rasgos significativos es la pérdida del papel protagónico que históricamente ha desempañado el Partido Laborista. Con sólo 14 mandatos parlamentarios (siempre de acuerdo con las encuestas), la fuerza liderada por Ehud Barak queda relegada a un alicaído y maltrecho cuarto puesto, lejos de la disputa por el primer o segundo lugar que, si bien con uñas y dientes, venía sosteniendo durante los últimos años. Es que la imagen de experto en disuasiones militares contra los enemigos (Hamas-Hezbolá-Irán) le ha conferido al ministro de Defensa la posibilidad de seguir ocupando ese cargo en un próximo gobierno (tanto de centro como de derecha), pero no lo ha catapultado para la jefatura del Estado. Poco le han valido las emulaciones al premier ruso, Vladimir Putin, tendientes a captar el apoyo de los ciudadanos israelíes oriundos de la ex Unión Soviética (“A los terroristas hay que atraparlos cuando están sentados en el inodoro”, le dijo Barak a una audiencia que conocía esa frase de Putin referida a los separatistas chechenos, ahora aplicada a los milicianos de Hamas). Tampoco lo ha ayudado el intento de desacreditar a Lieberman arguyendo que, a diferencia de él mismo, el dirigente de origen ruso “nunca le ha disparado a nadie”. Tel vez le habrían resultado más útiles las recomendaciones de diputados de su propio partido que le pidieron que asegure que el líder laborista no integrará un gobierno junto con Lieberman, para dejar constancia de la brecha que los separa del racismo antiárabe que expresa el dirigente de Israel Beiteinu. Pero Barak, claro está, no renunciará de antemano al único logro que aún puede obtener: seguir siendo Mr. Seguridad en el próximo gobierno, seguramente junto con Lieberman como ministro de alto rango.

En cierto sentido, Benjamin Netanyahu se perfila como probable próximo premier en circunstancias similares a las que allanaron su ascenso a ese mismo cargo en 1996. Entonces, los atentados perpetrados por Hamas dentro del territorio israelí previamente a las elecciones generales, contribuyeron a consolidar su mensaje de que la seguridad se antepone a la paz, diferenciándose así del proceso negociador entre Yitzhak Rabin y Yasser Arafat iniciado en 1993. Ahora, cuando el enfrentamiento con la fuerza islamista que gobierna en Gaza aún no ha desembocado en una tregua estable, el discurso militarista vuelve a darle credibilidad al líder del Likud.

El operativo militar, a su entender, estuvo muy bien. Pero, a su pesar, el poder político no dejó que el ejército terminara su trabajo. La finalización unilateral de los ataques contra Gaza fue un error cuyo precio los israelíes seguirán pagando. Por eso Hamas continúa lanzando, por ahora de manera escasa y esporádica, cohetes contra las ciudades israelíes sureñas. El objetivo se habría conseguido plenamente –siempre según el dirigente del Likud– si las fuerzas armadas hubiesen desarticulado definitivamente al movimiento palestino integrista, precipitando la caída de su gobierno en Gaza. Una vez eliminada la oposición de Hamas, a la anhelada seguridad que supuestamente sobrevendrá es posible adosarle la “paz económica”. Es decir, cooperación en materia comercial e industrial pero ni hablar de “renuncias” territoriales en Cisjordania y Jerusalén oriental. Si el discurso de Netanyahu puede resultarle atractivo a muchos votantes israelíes, sin dudas es mucho menos potable ante los diseñadores de la nueva agenda para Medio Oriente de la Casa Blanca.

La vía del medio representada por Tzipi Livni se encuentra en serios problemas. Su caudal electoral, medido antes y después de la represalia militar contra Gaza, ha disminuido de 31-32 a 25 escaños. Aparentemente, la competencia con Ehud Barak y con el premier Olmert sobre la forma más eficiente de contrarrestar los ataques del Hamas no ha beneficiado a la canciller. A pesar de que intentó demostrar que sabe virar, si es necesario, de la diplomacia al uso de las armas, ello no le ha bastado para sobreponerse a la imagen de inexperiencia que le endilgan sus adversarios. Cuando se trata de la mentada seguridad nacional, el estereotipo machista también se suma a las visiones más simplistas sobre el conflicto palestino-israelí. Al advertir sus limitaciones para superar el éxito de los candidatos de sexo masculino en esa materia, sólo en los últimos días Livni ha retomado la retórica de la “esperanza en la paz”, que la diferencia de Netanyahu. Sus propios partidarios dudan de que le alcance para superar la brecha que la separa del caudal de votos a favor del candidato de derecha.

El avance de Avigdor Lieberman tiene dimensiones que lo convierten en verdadero fenómeno. En tiempos de paz, el líder del partido Israel Beiteinu puede pasar tranquilamente inadvertido por los medios masivos. Cuando despunta algún foco de conflicto, no hay como su retórica exaltada para remover el avispero en el que anidan los peores prejuicios chauvinistas y racistas. Así, puede proponer bombardear tanto la central nuclear de Irán como la represa de Aswan, en represalia a la presunta actitud condescendiente de Egipto hacia el contrabando de armamentos hacia Gaza. Pero el blanco de su prédica es la dirigencia política de la población árabe-israelí. En plena guerra de Gaza propuso proscribir a los partidos de ese sector, argumentando que sus líderes son “quintacolumnistas” y voceros de Hamas. El lema de su partido en la campaña es: “Sin lealtad no hay ciudadanía”. No hace falta aclarar quiénes son los “desleales”. Sus seguidores buscan consignas claras e impactantes, que no dan lugar a la profundización o a las medias tintas.

El poeta y escritor Yitzhak Laor explica el apoyo a Lieberman en la actual coyuntura, entre el ataque militar y las elecciones. “Cuando los cañones bombardean a niños, y el gobierno, incluyendo a todos sus voceros, nos pide ver en esos actos la ‘victoria’, y cuando los moderados no son capaces de producir a tiempo un discurso opositor, y se dejan arrastrar por la guerra como si no supieran cuáles van ser sus consecuencias, entonces emerge desde el humo la figura de Avigdor Lieberman, junto con la diapositiva racista –Lieberman sabe árabe–, dejando en claro que el árabe no es un idioma que hay que hablar, sino el idioma del puñetazo.” En el pasado ese tipo de frases hechas, como la que afirma que alguien “sabe hablar con los árabes en el idioma que ellos entienden”, no eran parte descubierta de la cultura oficial, sino que se decían en ambientes cerrados. Lo que ahora ha cambiado –agrega Laor– es que se ha perdido la vergüenza. Y concluye: “Si lo ocurrido en Gaza no despierta vergüenza, sino identificación del colectivo con su ejército heroico, ¿por qué se avergonzarán los votantes de Lieberman de apoyarlo? Lieberman es la lógica racista que está dominando nuestras vidas: a nosotros nos está permitido hacerles todo, dado que ellos tienen prohibido hacernos absolutamente nada. Nosotros somos los amos y señores”.

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