Denunciaron otra vez a Andacollo Gold

Una familia del Paraje Huaraco aseguró que, por la contaminación originada en la empresa minera, sus árboles se secaron y los animales dejaron de dar crías.
Lejos del esplendor de la fiebre del oro en Alaska y que en parte el propio norte neuquino supo tener en su momento, en la actualidad una familia del Paraje Huaraco ha visto transformada su vida en una «desértica pesadilla».

A mediados de 2007, los Fonseca denunciaron a la Minera Andacollo Gold S.A. por derrame de gasoil al arroyo Huaraco.

El pasado 3 de diciembre sus miembros volvieron a presentarse en la Comisaría Nº 30 de Andacollo por el mismo hecho al darse cuenta de que sus palabras no habían sido escuchadas. Su insistencia no es para menos. Los árboles y los cultivos por los que tanto esfuerzo pusieron sus integrantes han comenzado a secarse.

«Sentimos mucha impotencia y miedo a la vez. Si esto sigue así se va a terminar todo y nos vamos a quedar sin nada», destacó José León Fonseca.

El hecho

El paraje Huaraco, que en lengua mapuche significa agua amarga, se encuentra ubicado a la vera de la ruta que une las localidades de Andacollo y Huinganco, a orillas del río Neuquén.

Es un lugar de paso, con la ganadería y la agricultura como actividades principales. Al encontrarse al pie de la cordillera del viento, los antiguos habitantes que se fueron asentando en el lugar le fueron ganando terreno a la montaña y convirtiendo el árido lugar en verdes campos, hoy codiciados por algunos inversores y constructores de cabañas para aprovechar el turismo de la zona norte. La ventaja que tienen es el importante aporte de las cristalinas aguas del arroyo Huaraco.

Y a Huaraco llegó, hace 30 años, don José León Fonseca junto a su esposa Selva Argentina Castillo y sus hijos mayores. La familia provenía del paraje Guañacos, de profesión criancera. Don Fonseca compró unas 7 hectáreas que quedaban a 3 kilómetros de Andacollo y Huinganco. Mientras sus hijos estudiaban, doña Selva y don León se dedicaron a mejorar el campo.

«En esa época no había nada, sólo puras piedras. Me vine porque quería darle estudios a mis hijos. Trabajamos duro para mejorar el terreno. Plantamos muchísimos árboles y a pico y pala hicimos canales de riego», comentó. «Tanto esfuerzo para qué, en poco tiempo la empresa con sus derrames está secando todo», agregó con la voz entrecortada.

La planta concentradora de Andacollo Gold se encuentra a escasos 400 metros de la vivienda de la familia Fonseca. «Ya nos acostumbramos a los ruidos. Los primeros días, cuando empezó a trabajar la empresa, se escuchaban las explosiones y parecía que las hacían en el patio de la casa, con la vibración se nos caían los cuadros, no se podía dormir si trabajaban las 24 horas, cuando tiran material es impresionante el olor a gasoil, azufre, no se puede estar acá», comentaron los integrantes de la familia.

Resignación

Los tiempos de producción se transformaron en un lejano recuerdo para los Fonseca. La cosecha de lo que habían sembrado y la elaboración de alimentos como quesos son imágenes que se escurren como arena entre los dedos de las manos. Según afirmaron, desde que llegó la minera nada de eso pueden hacer.

«Las vacas pierden sus crías y la huerta se seca, al igual que los árboles. No es por falta de agua, porque agua hay en abundancia. Hoy no se puede usar ni para lavar. La ropa queda con olor a aceite, se nos rompían los electrodomésticos. Cada tanto teníamos que cambiar el termotanque, las cañerías de agua de la casa, el lavarropas», informó don Fonseca.

A pesar de estos inconvenientes, la empresa les dio un lavarropas y los provee de agua mineral para el consumo y agua para la limpieza. «El agua del arroyo no la usamos más. No estamos en contra del trabajo que realiza la empresa. Sólo queremos que hagan las cosas bien, nos están contaminando», puntualizó.

Si bien reconoce que la minera le da trabajo a los del pueblo, no puede dejar de preguntarse el precio de su actividad en la zona ni qué le va a pasar a sus hijos y nietos de continuar la contaminación y el deterioro de la región.

«A la cordillera del viento la han destruido. Han hecho caminos por todos lados y nadie los controla. Cuando hicimos las denuncias vino la Policía Minera pero se reunían con los de la empresa. Por la casa donde está el problema jamás pasaron», dijeron.

«Pensamos en irnos pero ¿a dónde? Nos están ganando por cansancio, nadie nos da una solución», admitió resignado.

Comentá la nota