Por demolición.

SAN LORENZO 5 - RIVER 1: Rápido y furioso. En 18 minutos San Lorenzo se puso 3-0. River, que tuvo serias fallas atrás, no supo reaccionar. Y el local lo liquidó de contra.
Cuando los números son tan contundentes pueden parecer inútiles las consideraciones técnicas. Porque a veces hay razones para explicar virtudes o defectos que propiciaron semejante diferencia, y otras, no. No es una ciencia exacta el fútbol, se sabe. Pero si San Lorenzo marcó cinco goles, si el primero lo concretó a los 30 segundos, si a los 6 minutos ya estaba 2 a 0 y a los 18, tres a cero, está claro que entre el golpe de efecto de un gol, la superioridad psicológica consecuente, y el aluvión que provocó sobre el área de Ojeda en esos 20 minutos, están algunos de los motivos de la infrecuente goleada.

River pareció una sombra en ese comienzo. Sin aptitud para presionar sobre el control de la pelota que ejercía el rival, con notorias deficiencias defensivas por el centro (Cabral y Nico Sánchez) y sin vuelo ni seguridad para combinar ataques una vez que conseguía el balón. Parecía un partido sin equivalencias. Aunque los números de la tabla mostraban lo contrario.

En ese lapso se definió el partido. El lindo gol de Santana (lujo de Solari, para Aureliano, para la diagonal de Bergessio, fondo, pase atrás largo, llegada y remate del volante) fue el feliz anuncio del local. Lo siguió enseguida un tiro libre de Adrián González. Y luego una falla múltiple defensiva, tras otro tiro libre del capitán, que aprovechó Botinelli para girar y gritar.

Y antes del tercero ya se había ido Solari, lesionado, y el Papu Gomez era su reemplazante.

Mucho se habló en los días previos sobre picas y provocaciones según el juego mediático amarillento. Pero nada extraño pasó en la cancha. Era una fiesta sin par de San Lorenzo pero --inconscientemente, claro-- el arquero Orión le achicó el perfil. Un tiro fácil de Buonanotte se le escurrió por debajo del cuerpo. Un ratito después el mismo Orión agregó otra cuota de incertidumbre cuando un remate de Abelairas, desde lejos, pareció doblarle las manos. El balón se fue besando el travesaño.

Los dos hechos circunstanciales le cambiaron la característica al juego. River tomó el control. San Lorenzo perdió la tranquilidad.Santana, el Chaco Torres y Ledesma, retrocedieron mucho. Podía vislumbrarse el segundo de los visitantes. Sin embargo, un contrataque bien armado lo definió Bergessio para sellar el 4 a 1 sobre el final de la etapa.

River salió con todo a salvar el honor en el segundo tiempo. Y enseguida entró Fabbiani por Rosales. (también Archubi por Abelairas) y enseguida lo amonestaron por pechar al Chaco Torres. No hubo redención, esta vez. Y San Lorenzo metió el último cachetazo. Otra falla de Ojeda, y gol de Silvera.

Después, volvió Gallardo al fútbol argentino. Pero estaba todo dicho. El partido era de Bergessio, del Chaco Torres, de Bottinelli, de San Lorenzo. Una goleada histórica. Que se explica por sí misma.

San Lorenzo reencontró la fe extraviada. Y River resignó la que había retomado, tras su crudo invierno del Apertura.

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