Democracias paralelas.

Democracias paralelas.
Por Norberto Firpo.

Sistemas democráticos puede haber muchos, de calidad diversa: el de los Estados Unidos está maduro y funciona bastante bien.

El de la Argentina es una copia ramplona, medio chapucera, versión barata del sistema democrático norteamericano. Allá, los dirigentes políticos del Partido Demócrata, tanto como los del Partido Republicano, no se comportan entre sí como enemigos a muerte, absolutamente irreconciliables, ni se vituperan, ni se enrostran injurias, ni se acusan de cipayos de la sinarquía globalizada. En Estados Unidos, Obama llamó a integrar su gabinete a funcionarios de Bush, entre ellos el secretario de Defensa (porque en ese país merecen privilegiada consideración las políticas de Estado), y también a su ardiente y gélida adversaria en la ríspida interna proselitista, Hillary Clinton. Por su parte, el derrotado candidato republicano no demoró en admitir los méritos del candidato triunfante y en ofrendar claros gestos de hidalguía cívica. Así, el sistema se aprecia afiatado y sinfónico.

En la Argentina, país de clase política berretonga, la Presidenta y el presidente consorte ignoran al vicepresidente constitucional y le prodigan rencores y le asestan ofensas y diatribas. Y no es casual que, en la misma sintonía, unos cuantos miembros del elenco ministerial y no pocos legisladores oficialistas, con tendencia a la genuflexión, rindan pleitesía a una democracia formal, rústica, que se acomoda a las coyunturas -la democracia verticalista, un invento de Perón-, adoptada con entusiasmo por el matrimonio en el poder.

Habitada por gente de diálogo escueto, que no tolera la discrepancia, la Casa Rosada debería advertir que los rictus de soberbia e irritación le retacean prestigio a cuanto funcionario preste servicio en ese edificio y en áreas de su influencia. Caramba, hay que demostrar eso que se llama clase. Y la palabra clase resume aquí cuanta virtud distingue al dirigente político instalado en las antípodas de la vulgaridad, de quien se espera inteligencia y sentido común para atender los asuntos de Estado con serena autoridad. Por lo tanto, así el vicepresidente se haya convertido en hereje o en vil traidor no bien susurró aquel "no positivo", una módica conciencia democrática induce a reconocer que la representatividad que él corporiza está avalada por el sistema y que el sistema es un bien supremo, al que más vale no deteriorar.

Quizá sea como pedirle peras al olmo: este Gobierno entiende la democracia con el criterio que impera en casi toda la clase política. En fin, nos toca transitar un período de democracia outlet , que no soporta controles de calidad.

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