La democracia hoy vuelve a cumplir su pequeño milagro.

Por: Julio Blanck.

Un 28 de junio como hoy, hace cuarenta y tres años, los tanques de Juan Carlos Onganía derrumbaban el balbuceante intento democratizador encarnado en el presidente radical Arturo Illia.

Con el peronismo proscripto, la legitimidad de aquel gobierno era apenas una intención inconclusa. Pero lo que nacía de los blindados era, por definición, mucho menos que eso. Y mucho peor. Aunque alguna dirigencia sindical peronista participara de los fastos de asunción de aquel general que, al frente de su autodenominada Revolución Argentina, supuso que la historia lo estaba esperando. "No tenemos plazos, sino objetivos", fue la frase que Onganía acuñó al llegar. Soñaba quedarse treinta años. Pero tres años después, entre convulsiones sociales y violencia política, salió expulsado por el país real, que en su proyecto estaba tan proscripto como el peronismo. El Cordobazo selló el fin de su ciclo.

Los argentinos que nacieron con Illia presidente pasaron por Onganía y sus sucesores militares Levingston y Lanusse, por el retorno del peronismo con Héctor J. Cámpora, con Perón y después con Isabel, y terminaron la escuela primaria con Videla en el poder. No es lo que pueda decirse una infancia fácil.

Tomás Eloy Martínez publicó en 1979, exiliado en Caracas, su libro Lugar común la muerte. Hablaba poco de nuestro país, su escenario era el horror del mundo. Pero el título definía toda una época argentina.

Aquellos bebés de Illia, chicos de Perón, adolescentes de Videla, desembocaron en el retorno democráctico y votaron por primera vez cuando Alfonsín resultó presidente. Tenían la edad que hay que tener para empezar a votar. Pero a fines de 1983 ese era un privilegio enorme: junto con ellos, debutaron en las urnas los que no habían podido hacerlo en una década entera. El otro privilegio era estar vivo.

Después vino lo que todos sabemos.

Se cura, se come y se educa. Nunca más. Felices Pascuas. Síganme, no los voy a defraudar. Un peso, un dólar. Ramal que para ramal que cierra. El diputrucho. El Pacto de Olivos. La venta de armas. Chacho y Graciela. Dicen que soy aburrido. La ley Banelco. El corralito. Que se vayan todos. El que puso dólares, recibirá dólares. Kosteki y Santillán. El que se escapó del ballottage. La llegada del pingüino. La quita en la deuda y el pago al FMI. Crecimiento como en China. Los radicales K. Cristina presidenta. La valija de Antonini. El campo. Mi voto no es positivo.

Y aquí estamos.

Hoy es el día de volver a votar. Que de tan repetido se hace costumbre, pero costumbre todavía sin desgaste porque recién aquellos bebés de Illia lo pudieron vivieron como algo normal, sin sobresaltos

Es el día en que no se puede decir casi nada porque hay veda y es contra la ley inducir al voto en favor o en contra de cualquiera de los candidatos. Y la ley está para ser cumplida, a menos que uno prefiera vivir en la selva.

Por eso este 28 de junio, cuarenta y tres años después de aquella madrugada en que los tanques volvieron a romper una democracia frágil que así y todo era mejor que cualquier autoritarismo, calladitos y tranquilos, aguantándose la fila y las demoras, portando su bronca o su esperanza, cada uno va a ejercer el derecho soberano de apoyar lo que le parece que se hizo bien y repudiar lo que cree que se hizo mal. Cada uno le va a dar el voto al que parece honesto y honrado, y se lo va a negar al que le suena corrupto y mentiroso. Y cada uno elegirá declararse cansado de las promesas sin cumplir o de los que venden futuro como si no tuvieran pasado.

Como sucede cada dos años, con puntual monotonía desde hace poco más de un cuarto de siglo, hoy por un rato todos vamos a valer lo mismo: uno, un voto. Es, si se quiere, el pequeño milagro de la democracia.

La igualdad, la justicia, el abrigo a los que lo necesitan, la oportunidad para todos, la seguridad, la educación, la salud, son milagros más trabajosos, y por lo tanto mucho menos habituales. Tan extraños que a veces se plantea si la democracia sirve para algo verdadero. Porque a lo largo de los años hemos visto caras nuevas que se enriquecen, pero los pobres siguen siendo los mismos. Y comprobamos que la falsedad y el descaro pagan buenos dividendos, mientras los que trabajan decentemente sólo tienen asegurado el cielo de sus conciencias.

Pero si acaso nos asalta la duda democrática, quizás sea bueno pensar si lo que falla es el sistema o somos nosotros, cuando permitimos, toleramos y aplaudimos hoy lo que mañana sufrimos y deploramos. Votar es, también, dejar de echarle siempre la culpa a los demás.

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