La democracia no sirve para nada

Por Reynaldo Sietecase.

¿A quién se le ocurrió pedirles opinión a los pibes? Y justo en el cumpleaños número 25. Sólo tres de cada diez aseguró que la democracia es “la mejor forma de gobierno para nuestro país y el mundo”.

¿A quién se le ocurrió pedirles opinión a los pibes? Y justo en el cumpleaños número 25. Parece una broma de mal gusto. ¿No fue suficiente negarle la fiesta popular que se merecía? Después de algunas dudas, en el gobierno nacional se decidió no auspiciar un festejo callejero para recordar el fin de la dictadura. Una pena porque ese acto podría haber reunido a miles de argentinos sin distinción de banderías políticas. No contentos con eso, justo en su cumpleaños, tuvieron que preguntarles a los pibes qué opinaban de la democracia. Si en este país a nadie le importa lo que opinan los pibes.

El Ministerio de Educación informó que, según una encuesta realizada en las cinco provincias con más matrícula escolar de la Argentina, la mayoría de los chicos de entre 11 y 15 no la quieren. O no saben bien si la quieren. O la quieren pero sólo a veces. Eso dijeron. Justo en su cumpleaños. Muchos de los hijos de aquellos que lucharon para que naciera en el 83; muchos de los hijos de los que celebraron el Nunca Más; muchos de los hijos de los que se movilizaron para defenderla tantas veces, expresaron rechazo o indiferencia. Incluso algunos no tuvieron piedad: “No sirve”, dijeron. “No sirve para nada”, dijeron.

La encuesta “La cultura democrática en los adolescentes” fue realizada en escuelas públicas, entre chicos nacidos después de 1993. La generación que vino al mundo cuando ya había transcurrido una década de gobiernos elegidos. Sólo tres de cada diez aseguró que la democracia es “la mejor forma de gobierno para nuestro país y el mundo” (el 35 por ciento). En cambio, el 30 por ciento dijo: “A veces sí, a veces no”. El 10 respondió directamente que no era la mejor forma de gobierno y un 25 por ciento de argentinitos dijo que no sabía.

Parte del malestar de los pibes tiene tantas razones como fundamentos. Según la Universidad de Buenos Aires, en el país que produce alimentos para 300 millones de personas, mueren ocho niños por día a causa del hambre. Y, según la CTA, tres millones de menores viven en hogares que no cubren sus necesidades básicas. Ellos que no vivieron la dictadura, crecieron en el revés de la utopía enunciada por Raúl Alfonsín: en democracia no todos comen, no todos se educan y no todos se curan. Y es esa misma democracia, que primero los excluye y margina, la que como única respuesta para la inseguridad quiere bajar la edad de imputabilidad.

¿A quién responsabilizar del poco entusiasmo que despierta el sistema que clausuró más de medio siglo de poder cívico-militar, planes antipopulares y represión criminal? No hace falta mirar muy lejos. El descrédito que luce el sistema entre los adolescentes es responsabilidad directa de los adultos.

Algunos por sus acciones. Y en este caso, la lista puede ser interminable: los políticos que utilizaron sus cargos para beneficio propio; los que robaron fondos públicos; los que se enriquecieron a costa del Estado; los que garantizaron impunidad; los que lograron impunidad; los que prometieron cosas que nunca pensaron cumplir; los que mintieron; los que dijeron una cosa e hicieron otra; los que debilitaron a las instituciones; los jueces venales; los poderosos que se abusan; los que no los controlan y podrían hacerlo. Y hay más. Pero en la construcción del desprecio al sistema, hay que sumar también a los que cuentan la historia reciente como si sólo hubiese villanos. Los que lograron convertir, a fuerza de generalizar, a la política en sinónimo de depredación y al sindicalismo en paradigma de la violencia. Los que dicen que todo está mal y que estará peor. Los que aseguran que votar no cambia nada y que la peor manera de perder el tiempo es participar.

Viéndolo de este modo, hay que reconocer que la libertad parece una conquista modesta. Es como el aire. Sólo tiene relevancia cuando empieza a faltar. Es como el aire, indispensable para vivir pero insuficiente si no hay salud, comida y educación.

Tal vez los pibes tengan razón. Hay que leer con atención esta señal. Durante años nos preocupamos por saber qué democracia les dejábamos a nuestros hijos. Bien, es ésta. La que ellos, con razón, cuestionan y ponen en duda. El desafío ahora es otro: qué hijos le dejamos a la democracia. Ya que sólo ellos podrán otorgarle el contenido de justicia que le falta. Sólo ellos podrán enmendar los errores, aportar honestidad y vocación de cambio. Como sociedad no podemos permitir que los hijos de sus hijos lleguen a decirles que no sirve para nada.

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