Democracia S.A.

Por Hernán Brienza.

Quizás el principal problema que tenga la democracia es el halo romántico que incluye su definición: la idea lincolniana del gobierno "del pueblo, por el pueblo y para el pueblo". Aunque posiblemente sea otra cosa.

Escena bien argentina. Domingo al mediodía, asado en la mesa, pan y vino tinto. La conversación discurría por las pasiones compartidas: "¿Contra quién pierde River hoy?", "Ya no le ganamos a nadie", "Pensar que yo vi jugar a Francescoli", "¿y yo, que vi jugar a Moreno y Labruna?". Como ocurre en estos casos, el fútbol llevó a la cultura y la cultura a los temas "trascendentales": la política, obvio. Estamos en tiempos de elecciones y se hace inevitable tocar algunos tópicos y discutir sobre ellos en estado familiar asambleario. La charla no salía de lo pactado hasta que mi viejo, con una porción de matambrito de cerdo en el tenedor, dijo lacónico: "¿Qué querés que te diga? A mí el discurso de la democracia me tiene un poco cansado. Cuando viene un político con la cantinela de la defensa de los valores democráticos, lo único que pienso es que está defendiendo su derecho a robar a costillas del Estado. Esto no es una democracia, es una partidocracia, en la que los partidos políticos se reparten el botín –expresó, y luego agregó algo que me dejó pasmado-: ¿Qué diferencia hay entre una partidocracia y una milicocracia? Bueno, está bien, los muertos y la violencia política. Pero yo cada año que pasa me hago más partidario de la monarquía ilustrada, qué querés que te diga". La conversación se volvió tensa. Hasta para mí, que soy un cínico –en términos griegos, claro– en materia política, me pareció peligroso su discurso. Pero reconozco que algo había ocurrido en ese momento. Y surgió en mis adentros una pregunta difícil: ¿Qué hizo la democracia de nosotros? ¿Por qué mi viejo, que me llevaba a los 13 años a ver la película de Giordano Bruno, me hacía leer el Galileo Galilei, de Bertolt Brecht y me llevaba al teatro a presenciar Muerte accidental de un anarquista, de Darío Fo, ahora equiparaba la democracia con la milicocracia?

Quizás el principal problema que tenga la democracia es el halo romántico y sentimentaloide que incluye su definición. Cuando alguien se imagina la democracia no puede escaparle ni a las valoraciones ni a los ensueños: la idea lincolniana del gobierno "del pueblo, por el pueblo y para el pueblo" aparece como un fantasma detrás de un cortinado cada vez que alguien pronuncia esa palabra en forma estentórea. La palabra encierra, entonces, algo más que un sistema de gobierno, es una esperanza, un concepto con una carga valorativa y emotiva que hace imposible separar la paja del trigo, que obliga a que cada vez que se pronuncie, alguien piense en un ideal de perfección política. Sin ir más lejos, Raúl Alfonsín, su padre, repetía como una letanía que "con la democracia se cura, se come, se educa". Como un mantra, como si fuera un talismán.

Posiblemente la democracia sea otra cosa. Más anodina, más aburrida, sin lugar para heroísmos pero sí para transacciones, pactos, contubernios, acuerdos bipartidistas, alianza-copulares. Siempre me contentó la definición de Gaetano Mosca, el político italiano, quien la definió simplemente como un mecanismo útil de selección de elites (entendida como una clase social y política organizada que se reproduce a sí misma). Se trata de un enunciado realista y sin muchas pretensiones, pero que hace que la democracia sea un mejor sistema que la monarquía o la dictadura. No hay prescripciones de cómo debería ser. No hay cuestiones valorativas.

Tan compleja es la definición de democracia que los politólogos, de Robert Dahl en adelante, prefieren llamar "poliarquía" al sistema que permite a los ciudadanos "formular sus preferencias, expresar esas preferencias a otros y al gobierno mediante la acción individual o colectiva y lograr que las propias preferencias sean consideradas por igual, sin discriminaciones en cuanto a su contenido u origen". Pese a todo su acercamiento, la definición de Dahl sigue siendo optimista y prescriptiva. Los políticos argentinos se empeñan en demostrar que nuestra democracia se parece más a la definición de Mosca que a la de Dahl. Sin embargo, para las elecciones del 28 de junio tanto el Gobierno como la oposición se han unido para conseguir lo imposible: nuestra democracia ni siquiera sirve como método de selección de funcionarios, ya que vamos a elegir a los que ya habíamos elegido. Si a eso se le suma el proceso de tinelización de los partidos políticos –fenómeno que ha instaurado el menemismo pero que ahora utilizan todos–, en el que las elecciones son poco más que Bailando por un sueño, el resultado es que hemos descendido un poco más en el abismo de la frivolización de la democracia. Nuestros políticos juegan con fuego. No sólo espantan a los espíritus románticos y cándidos. Ya asustan hasta a los cínicos.

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