¿Democracia?

Por Martín Caparrós.

Hemos tenido fiestas antes de las Fiestas. Nos hemos congratulado, felicitado, alborozado: ya llevamos cinco lustros de democracia y eso nos hace muy mayores

Hemos tenido fiestas antes de las fiestas. Nos hemos congratulado, felicitado, alborozado: ya llevamos cinco lustros de democracia y eso nos hace muy mayores. No hemos, en general, hablado mucho del país que resultó de este sistema –no hemos hablado de la injusticia siempre creciente, las diferencias cada vez mayores, la pobreza insultante, el desdén por los derechos de la mayoría– sino, con pompa y circunstancia, del sistema en sí: festejamos la democracia por lo que es, no por lo que hizo y está haciendo.

–Che, qué bueno que tenemos democracia.

–¿Ah, sí, por qué?

–Y, porque tenemos democracia.

Es difícil vivir sin certezas absolutas, sin un valor incuestionable, sin alguna convicción definitiva –dicen que en algo hay que creer. En nuestros días, el dios más popular es la famosa democracia, y por eso nos hemos pasado estas semanas dedicados a su culto pagano. El problema de las certezas absolutas es precisamente ése: que son certezas, que son absolutas, o sea: que obturan la posibilidad de pensarlas, la posibilidad de revisarlas. Y en general lo que nos impide pensarlas, revisarlas, es el miedo.

Es triste pensar desde el miedo –pero es lo más frecuente: el miedo siempre ha sido uno de los grandes motores de la reflexión. No hay nada más humano que el miedo: si algo nos distingue de otros animales es esta asombrosa capacidad de prever y, por lo tanto, de temer. El miedo a la muerte, el miedo al sinsentido, el miedo a la inmensidad tan oscura y ajena han producido algunas de las mayores construcciones de la cultura humana: las religiones, tanta filosofía. El miedo, está claro, nunca ha sido zonzo –así que tira brutas piedras y esconde sus manos. El problema es cuando se ve la hilacha en sus tejidos.

–Ya le dije, qué bueno que tenemos democracia.

–¿Ah, sí, por qué?

–Y, porque tenemos democracia.

–¿O sea?

–¿Cómo, todavía no entendió? Porque no tenemos dictadura.

Para eso sirven también estas celebraciones de 25 años: para recordarnos que debemos pensar la democracia en función de la dictadura, que no debemos compararla con ella misma sino con el horror que la precedió. O sea: para convencernos de seguir pensando desde el miedo de ese horror y, por lo tanto, mantener que cualquier cosa va a ser mejor que aquello.

Así se construye el culto de la democracia, único dios: gracias al miedo. Ese miedo es uno de los efectos más fuertes, más eficaces, de la dictadura militar de hace treinta años: instalar en la famosa Memoria la idea de que cualquier tentativa distinta es peligrosa, la idea de que no hay otra opción que el capitalismo con delegación política o, dicho de otro modo: esta democracia representativa. Para eso sirvieron esos asesinatos: para convencernos de que preguntar, cuestionar, dudar, es peligroso –y que mejor conformarse con lo que hay.

–Pero usted vio lo que fueron los otros sistemas. Un desastre. ¿Qué quiere, que seamos como Rusia? Ya sabe: puede que la democracia no sea buena, pero todos los demás son peores.

–¿Y usted cómo lo sabe? ¿Usted conoce todos los demás?

–Claro, cómo no los voy a conocer.

–Nadie puede conocer lo que no existe.

Ése es el truco: convencernos de que hay que comparar con lo que conocemos. Lo que hizo que la humanidad cambiara un poco a través de los últimos diez mil años fueron esos nabos que compararon con lo desconocido: con la imaginación, con los deseos. Si no fuera por esa actitud estaríamos muy cómodos rumiando pterodáctilo a la piedra en el living de la caverna 3. O, con suerte, seríamos súbditos del rey de España y su metrópoli y la estaríamos pasando bomba pipa.

Pero parece que nos hemos resignado –digo, como sociedad, como cultura– a que esto es lo que hay: ésa sí que es una conduc ta nueva en estos tiempos. No nos atrevemos a pensar fuera de este sistema de fracasos y traiciones, y nos quejamos de su funcionamiento –y no de su naturaleza. Como si las lentejas nos cayeran mal y entonces nos empeñáramos en ponerles más sal, menos sal, más o menos pimienta, chorizo colorado o cantimpalo, panceta ahumada o seca –antes de aceptar, preguntarnos si el problema no será el plato de lentejas. Lo cual, viviendo en la religión de las lentejas –en el miedo de que cualquier otra comida nos va a caer peor porque una vez comimos un pescado podrido– es muy difícil de aceptar. Pero quizá 25 años de susto ya fueron suficientes.

Lo dicho: no nos atrevemos a pensar cómo cambiar lo que tenemos porque pensamos desde el miedo. Muy distinto sería pensar esta democracia desde esta democracia, analizarla por lo que es y no por lo que no es –una dictadura. La primera premisa sería que fuera de la democracia hay más opciones que un despotismo criminal o uno soviético. Podemos no saber cuáles son. Hace cien años no sabíamos escribir sin una pluma, un tintero y un papel, y ahora estoy tecleando en la computadora –porque hubo gente que pensó que valía la pena imaginar lo que no conocía. Quizá no haya modelos alternativos –o, por lo menos, no tengan difusión. Pero lo primero es acordar en el interés de buscarlos, en lugar de resignarse al mal menor. La democracia es el sistema que maneja un mundo donde una de cada seis personas pasa hambre. Hambre –que significa hambre. Yo creo que debería haber algo mejor.

No estoy tratando de proponer ningún otro modelo –porque no lo tengo. Quizás al final descubramos que efectivamente este sistema era el mejor posible, que no sabemos ser más que esta tristeza. Yo prefiero creer que no es así. Yo querría que no hubiera desigualdades entre las personas, que no hubiera poder sino decisiones compartidas, que no hubiera patrias sino comunidades, que no hubiera religiones sino debates, y tantas otras cosas, pero no sé cómo se hace. Sí supongo que ya sería momento de atrevernos a pensar de verdad si queremos tener algo mejor que esta democracia de delegación y decepción constante: si ya se nos pasó el miedo, si aceptamos que –visto que estamos viviendo para el orto– vale la pena arriesgarse a pensar que se puede pensar por fuera de esta religión democratista, de este culto de creyentes descontentos.

Hace una semana, en esta página, Reynaldo Sietecase reseñaba las opiniones de una cantidad de chicos de entre once y quince años, menos permeables al Miedo 25, y buena parte decía que el rey está desnudo: sólo un tercio creía que la democracia es “la mejor forma de gobierno para nuestro país y el mundo”. Del resto, el 30 por ciento dijo que “a veces sí, a veces no”, el 10 dijo que no y un 25 por ciento dijo, con gran honestidad, que no tenía ni idea. Son muy chicos y no son creyentes. Quizá haya que esperarlos para empezar a pensar cosas distintas. Sería bueno que no.

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