De la democracia a la egocracia.

Por Silvio Santamarina.

El personalismo desbordado es la marca definitiva de la gestión K. Los piqueteros y ruralistas son los excluidos de las listas.

Como de costumbre, la realidad desmiente a las ideologías, de izquierda y derecha. Ni estamos blindados de la crisis global, ni nos caímos del mundo. Un ejemplo son las elecciones parlamentarias para la Comunidad Europea, que se desarrollan en estos días en los países del bloque. Una de sus estrellas es Silvio Berlusconi, que con sus escándalos sexuales logró tapar otras picardías –más graves para sus compatriotas– que suenan muy parecidas a las que dominan la campaña electoral argentina. Il Cavaliere es criticado por haber convertido en un plebiscito las elecciones legislativas de su país. Cuando lo cuestionan por sus desprolijidades o cuando las encuestas no le dan certezas, amenaza con renunciar y disolver el gobierno, jugando a "yo o el caos". Hace campaña a través de los medios que controla económicamente y se divierte con las preguntitas que le formulan sus periodistas-empleados. Y su gran ingeniería electoral es encabezar varias listas regionales para cargos que técnicamente no podrá asumir por incompatibilidad entre ellos, en una versión italiana de las listas testimoniales argentinas. Podría pensarse que estas coincidencias anecdóticas no son más que la prueba empírica de la teoría de café que dice que los argentinos somos italianos que hablamos español y nos creemos ingleses (o franceses o norteamericanos, da igual). Tal vez haya algo más concreto y actual en esta sintonía ítalo-gauchesca: la acelerada tendencia de la política de masas hacia la personalización de la discusión pública. Esta política de celebridades es un fenómeno internacional, pero en algunos países se ha exacerbado al extremo de que la democracia esté mutando a una egocracia.

Las causas de este fenómeno son múltiples y complejas, aunque para simplificar se puede observar uno de sus aspectos más visibles, que es la idiosincrasia del gobernante de turno. La Presidenta argentina, por ejemplo, ya es famosa en el mundo por su egocentrismo. Las anécdotas de sus llegadas tarde a las fotos y fiestas de las cumbres presidenciales desentonan con su muy predicada vocación por el multilateralismo diplomático, que Cristina Fernández acaba de refrendar en una carta que le envió esta semana a Barack Obama, el presidente al que los kirchneristas creen estar inspirando. Si es cierto que Obama respeta la figura de Perón, también lo es una versión extraoficial que llegó a la Cancillería argentina desde Washington: al terminar su charla telefónica de quince minutos con Cristina, el presidente de Estados Unidos comentó a sus asistentes su sorpresa ante el resultado de la conversación. "¡Qué curioso! En lugar de aprovechar su oportunidad de informarme cosas importantes sobre la Argentina, esta señora habló casi todo el tiempo de ella", lamentó Obama. Algo parecido comentó José Serra, según susurran en los pasillos del palacio San Martín, luego de su visita a la Presidenta argentina: el precandidato presidencial brasileño opositor a Lula quedó abrumado por la verborragia de Cristina, que monopolizó la conversación.

Su marido no se queda atrás con su ombliguismo, y ya en los remotos tiempos en que era el delfín de Duhalde, el patagónico se ponía furioso cuando las encuestas le indicaban que a nivel nacional la fama de Cristina era muy superior a la suya. Ahora ese personalismo desbordado es la marca distintiva de la gestión K, que hasta se manifiesta en la retórica nestorista. Cuando Kirchner instala el lema: "¿Estás nervioso, Clarín?" o "¿estás nervioso, Techint?", traduce un conflicto de intereses institucionales al lenguaje popular de las peleas personales. Por eso el latiguillo tiene tanto éxito en la audiencia de "Gran Cuñado", porque siembra la ilusión despótica de la gran revancha individual contra el yugo de las grandes corporaciones. Yo contra el monopolio, yo contra la multinacional: así se construye la "yo-yocracia". Aunque los escribas a sueldo del progresismo K disfracen de lucha de clases la pulsión estatizadora del Gobierno, lo único que por ahora se ve claro es la inflamación del "yo kirchnerista" en el escenario económico nacional. Y ya es una discusión bizantina tratar de discernir si se trata de una ideología impulsada por un grupo generacional que accedió al poder o si se trata de un plan de negocios diseñado por una banda de saqueadores. Hay de las dos especies en la era pingüina. Cuando Néstor critica la "teoría del derrame" de los 90, citando a Domingo Cavallo e ilustrando su argumentación con un vaso en la mano, aprovecha electoralmente el desengaño de la clase media con las promesas del llamado "neoliberalismo". Pero lo que la oposición podría señalarle si estuviera más dedicada a discutir políticas que candidaturas es que las fantasías de un mundo feliz reestatizado se parecen demasiado a la teoría del derrame menemista, solo que de signo inverso. Si al cabo de la privatización venía el salariazo, ahora hay que esperar a que la toma kirchnerista de la caja de la ANSES derive en potente creación de empleos, fortalecimiento del salario y de las futuras jubilaciones. Pero antes, hay que votar a Néstor.

La utopía estatizante ya se puso en marcha. Cada mañana, antes de que salga el sol, Guillermo Moreno llega a las oficinas de la ex papelera Massuh, para desplegar su rol de hombre orquesta. Se mete en todo, pero lo que más disfruta es levantar el teléfono y ofrecerles personalmente resmas de su papel a supermercados, fábricas y reparticiones públicas que lo conocen bien. Dicen que como vendedor es muy persuasivo. A quienes se animan a cuestionarlo les explica que lo único que a él le importa es salvar fuentes de trabajo, y de paso evitar que los pulpos privados se coman a las empresas en crisis, como Massuh. Y siempre subraya: "Yo no robo". En su entorno dicen que las diferencias de estilo de gestión lo están dejando afuera de las charlas de management que mantienen Néstor, De Vido y Jaime, que son tan secretas que hasta excluyen a la Presidenta.

"Exclusión" es la palabra clave de los regímenes egocráticos. Aunque el discurso de los candidatos oficialistas y opositores dicen lo contrario, los protagonistas de los cambios sociales de los últimos años son los que menos espacios consiguieron en el reparto de lugares en las listas para el 28 de junio. De izquierda a derecha, tanto los grupos piqueteros como los sectores ruralistas se han quedado con muy pocas candidaturas, en comparación con los fenómenos sociales que representan. El establishment oficialista y opositor les bloqueó por igual el acceso a una cuota significativa en la presunta "nueva política". No es de extrañar, entonces, que en esta campaña la militancia haya quedado polarizada entre el activismo en Facebook y los escraches físicos contra las caras famosas de la política. En el medio no hay nada, salvo el lobby de celebridades PROperonistas y de peronistas K en Ideas del Sur para que los inviten a mezclarse con las caricaturas de Tinelli.

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