Democracia de baja intensidad.

Democracia de baja intensidad.
Subieron la deuda y la desigualdad social. Mejoró la educación y descendió la mortalidad infantil. La pobreza y la indigencia son casi las mismas. La reforma política fue un chiste.
"Democracia integral, democracia en todas partes: no habrá más niños con hambre en la República Argentina (…) ¡Levantaremos las persianas de las fábricas a patadas! (…) Con la democracia se come, se cura y se educa".

Raúl Alfonsín, discurso de campaña del 30 de septiembre de 1983 en la cancha de Ferro Carril Oeste.

Con la muerte de Alfonsín llegaron a la cita, puntuales, los fantasmas y los sueños del 83: ya nadie duda de la consolidación de la democracia; pero, ¿de qué democracia hablamos? ¿De una democracia democrática? ¿O de una democracia de baja intensidad, al decir de Guillermo O’Donnell, en la que los derechos de los ciudadanos se viven detrás de un vidrio oscuro? ¿Cuál y cómo es la democracia que supimos conseguir? En estos años de ratings, charts y pelea de tickets por las recaudaciones de Carlos Paz, los números pueden servir como un indicador que nos aproxime al tema.

A efectos del relato cronológico, las referencias aluden a cada gobierno, pero sería un error entenderlo exclusivamente así: estamos hablando del sistema; lo que se consiguió, lo que se olvidó, los fracasos y los éxitos, corresponden a todo el conjunto social, a los tres poderes del Estado, al resto de las instituciones y al público. Algún día nuestros hijos nos preguntarán qué hicimos durante la democracia. Este borrador puede formar parte de esa respuesta.

DEUDA: QUIÉN LE DEBE A QUIÉN. La deuda pública en 1983, cuando Alfonsín llegó al poder, era de 45 mil millones de dólares. Hoy es de 145.975 millones. Entre 1976 y 1981, al finalizar la gestión de José Alfredo Martínez de Hoz en el Ministerio de Economía, la deuda se elevó de 7.000 millones a 17.000, en parte por la estatización de la deuda externa privada, autorizada por el entonces presidente del Banco Central Domingo Cavallo. En el legendario 1983, la deuda representaba el 64% del PBI. La idea de revisar la deuda, discriminar entre las obligaciones legítimas y las ilegítimas y formar un club de deudores latinoamericanos quedó rápidamente en el olvido. En 1988 Alfonsín dejó de pagar los intereses de la deuda, y unos meses más tarde adelantó la entrega del poder denunciando un "golpe de mercado" a cargo de corporaciones que nunca se atrevió a identificar. Con Cavallo nuevamente en escena, pero esta vez en la administración de Menem, se acuerda el Plan Brady, una renegociación beneficiosa para los acreedores con una deuda que en 1989 ya ascendía a los 65.000 millones. Las dos últimas renegociaciones estuvieron a cargo de Roberto Lavagna: en marzo de 2005 se canceló la deuda con el FMI por 9.800 millones con reservas del Banco Central, en coincidencia con la política de "desendeudamiento" promovida en los finales de la administración de Bush, a la que también adhirieron otros países periféricos.

Entre 1983 y 2007 el PBI (producto bruto interno, el valor total de los bienes y servicios finales generados en el país cada año) aumentó un 80%, lo que da un promedio de crecimiento del 2,5% anual. En los últimos cinco años el crecimiento del producto fue sustancialmente mayor: 8,8%. Sin embargo, a pesar del crecimiento, la Argentina no logró mejorar sus niveles de equidad en la distribución del ingreso. La equidad era mayor en 1974. Una de las técnicas para medir la desigualdad es el denominado Coeficiente de Gini, que varía entre 0 y 1. Cuanto más cerca está el índice de 0, mayor es la igualdad, cuando se acerca a 1, se profundiza la inequidad. En el 83 el coeficiente era de 0,43; en 2007 es de 0,49. La desigualdad bajó durante el gobierno de Alfonsín entre 1983 y 1986, pero luego se hizo trizas con la hiperinflación, el fracaso del Plan Austral y el ajuste posterior. La curva de la desigualdad fue en aumento durante el menemismo y tocó su punto más alto durante la gestión de Duhalde: entonces el coeficiente fue de 0,54. En América Latina la desigualdad está encabezada por Bolivia y Haití (con un indicador cercano a 0,60), y los países menos desiguales son Costa Rica y Uruguay, con 0,45.

La gestión de Alfonsín ostenta el récord de inflación de estos veinticinco años: 4.923%. En 1984 era de 2.688%, y el punto más alto se registró en 1988. "Entre 1975 y 1990 la inflación anual nunca bajó del 100% –sostienen Carla del Cueto y Mariana Luzzi en Rompecabezas. Transformaciones en la estructura social argentina 1983-2008– y fue, en promedio, del 300%. El control de la inflación fue uno de los grandes desafíos económicos que debió enfrentar el gobierno de Raúl Alfonsín junto a la resolución de la crisis externa y fiscal y la recuperación del crecimiento. La inflación expresaba en primer lugar los conflictos existentes en la sociedad a propósito de la distribución del ingreso. En segundo lugar daba cuenta de la debilidad del Estado frente a los empresarios y sindicatos, así como de su dificultad para construir consensos".

CON LA DEMOCRACIA SE COME. Los gobiernos que se sucedieron desde 1983 hasta la fecha no fueron capaces de reducir la pobreza en más de un par de puntos porcentuales. En 1983 había 19,1% de personas por debajo de la línea de pobreza y, según datos del INDEC, hoy hay un 17%. Los subpobres (indigentes) constituían el 5,4% en el comienzo de la democracia y hoy son el 4,8%. Hubo, claro, momentos mucho peores: durante la hiperinflación de finales de los 80 el 42% de la población entró en la pobreza, y en 2002 más de la mitad de la población estaba en ese rango. En 1974 la pobreza era del 10%.

En el mercado laboral, los veinticinco años de democracia están marcados por el cuentapropismo, la flexibilización, el deterioro de derechos adquiridos y el aumento del trabajo en negro. En 1983 el desempleo era del 5,5%; en el último cuatrimestre del 2008, según el INDEC, es de 7,3%.

"Ante las dificultades para conseguir o mantener sus empleos en relación de dependencia –siguen el Cueto y Luzzi– muchos trabajadores, sobre todo aquellos con menores calificaciones y bajo nivel de instrucción, desarrollaron actividades por cuenta propia como forma de generar ingresos. Otra característica importante fue el crecimiento del trabajo en negro".

Los indicadores de educación muestran una notable mejoría: la tasa de escolarización en el nivel medio aumentó de 59,3% en 1991 a 69,17 en 2001, y la tasa de analfabetismo, en el mismo período, se redujo del 6,1 al 2,8%.

También se redujo notablemente la mortalidad infantil: era del 29,7‰ en 1983 y fue del 12,9‰ en 2006.

JUSTICIA PERSEGUIRÁS. "La investigación y la sanción de las prácticas corruptas necesitan de un Poder Judicial independiente –afirma un documento del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento, CIPPEC, titulado ‘Agenda pública a 25 años de democracia’–. En la memoria colectiva resuenan múltiples casos como el Swiftgate, IBM-Banco Nación, los sobornos en el Senado, la sospechosa bolsa de dinero en el baño de la ministra de Economía y el más reciente Valijagate. Pero lo que no recuerda la memoria colectiva con la misma intensidad son las condenas. Porque la regla es que no hay. De 750 casos de corrupción que se han podido identificar y analizar, sólo el 7% tuvo condena, y las investigaciones duran en promedio quince años".

Otra "asignatura pendiente" de los veinticinco años se encuentra en la violencia institucional: tanto la gestión de Alfonsín como la de Kirchner estuvieron marcadas por una importante preocupación en el campo de los derechos humanos, pero estos derechos sólo fueron atendidos en lo referente a las pasadas dictaduras: la cantidad de fusilamientos a cargo de la policía de gatillo fácil llegó a multiplicarse por diez entre 1996 y 2006. Según datos de la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional, 68 personas murieron bajo tutela estatal en 2008 y 22 en lo que va de 2009.

CHE PIBE, VENÍ, VOTÁ. En estos veinticinco años la democracia luchó contra su propio mito, y no fue capaz de mantener el sentido épico que la sostenía en aquel 83. En el primer año votó el 85,61% del padrón, y en 2007 lo hizo el 71,8%. En la elección de Néstor Kirchner, en 2003, votó el 78,2% del padrón, y la de Cristina fue, según un documento de Nueva Mayoría, la participación más baja en una elección desde 1922, junto al voto en blanco más alto desde 1963, con el peronismo proscripto que votó en blanco como forma de protesta: 4,81%. "Estamos frente a una crisis en los partidos y en la representatividad política –escribió Rosendo Fraga en el documento ya citado–. Ésta es una señal de alerta; no es un colapso ni mucho menos, pero sí una señal de alerta de una sociedad que no está encontrando en la política la representación adecuada. Y, además, no se ve en los protagonistas de la política ningún interés en discutir el tema, esta luz de alerta que no es roja pero sí amarilla".

Como se ve en el gráfico, la ausencia y el descreimiento son crecientes:

La "reforma política" fue caballito de batalla de todos los gobiernos, aunque ninguno la implementó. Hubo, en estos veintinco años, una especial preocupación por permanecer en el poder, que llevó a 46 reformas constitucionales provinciales. Con posterioridad al "Que se vayan todos" el Congreso aprobó leyes electorales sobre el financiamiento de los partidos y las campañas y sobre las internas abiertas, pero nunca se aplicaron. Kirchner creó en 2003 la Comisión para el Análisis y Estudio de la Reforma Política, convocó a ONG y expertos, pero nunca se conoció ninguna conclusión. Luego anunció un sistema electoral mixto de doble voto, por candidato y partido, incluyendo el voto electrónico que nunca encontró el enchufe. En 2007 se volvió a la idea de limitar el número de partidos (hay 700 en la Argentina), también sin resultado alguno.

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