Demasiado tarde para lágrimas

Por: Ricardo Roa

De repente el Gobierno salió a cuestionar la actitud de Kraft. Una de dos: o siempre pensó así y no lo quiso decir. O ahora busca no quedar pegado con la empresa, después del desalojo de la planta, la represión y la irrupción de la embajada norteamericana.

Todo lo que hoy dice pudo haberlo dicho y hecho antes. Por ejemplo, que es "un conflicto donde la empresa se tomó revancha contra los trabajadores", según el ministro Tomada. Pasaron casi tres meses y su viceministra también acusa a Kraft: dice que "fue muy dura" con el personal ante un pedido para ampliar las licencias por la gripe A. Y así "generó un clima muy hostil". Ese pico de la pandemia ya es historia.

Al ministerio se le habían quemado los papeles. Su razón de ser es conciliar y no lo consiguió: ninguno de los actores tuvo voluntad de hacerlo. Ni los delegados de izquierda que lanzaron un paro indefinido, ocuparon la fábrica y no aceptaron otra cosa que la vuelta al trabajo de todos los despedidos. Ni la empresa que los rehusó reincorporar ni tampoco el sindicato, desconocido por la interna y que decidió manterse al margen.

Cuando todo se volvió más espeso, el Gobierno intentó lo de siempre: cargarle la culpa a otro. Esta vez le tocó a Scioli, a quien el jefe de Gabinete le reprochó públicamente falta de acción. El problema fue que, en vez de aflojar la tensión, el paso del tiempo convirtió un conflicto de naturaleza gremial en otro de carácter pólítico.

Las organizaciones piqueteras no kirchneristas ganaron la calle. Y esa es una de las cosas que más teme el Gobierno, que pasa con ciclotimia de la pasividad a la acción represiva. Una manera de avanzar y retroceder sucesivamente, para no ir a ningún lado.

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