El delito juvenil villero consuma el 80% de los robos.

Carencias sociales y de infraestructura y el

flagelo de la droga multiplican los grupos

La alarmante falta de control combinada con la ausencia de políticas más efectivas para revertir la amarga realidad reinante en los bolsones de marginalidad diseminados en el Gran Buenos Aires, arrojan un resultado alarmante que públicamente no es reconocido por las estadísticas oficiales pero sí por la cifra negra del delito: un 80 por ciento de los robos a mano armada producidos en el conurbano tienen por protagonistas a grupos juveniles afincados en las villas de emergencia.

Fuentes seguras a las que tuvo acceso este diario indicaron que el análisis de episodios delictivos que golpean entre los cordones del conurbano tienen que ver con ese origen, en el cual las carencias sociales y de infraestructura básica, sumado al flagelo de la adicción, conforman el caldo de cultivo en el que se genera, desarrolla y multiplica la delincuencia.

La permeabilidad de esos núcleos habitacionales al delito, hecho del cual el estado carga con absoluta responsabilidad, facilita o si se quiere fuerza el camino hacia una actividad auspiciada por la oferta de armas que recalan por izquierda, el producido de las “cocinas” de drogas y el silencio cómplice impuesto por el código villero.

Mediciones efectuadas en torno a los hechos reiterados que se producen en el Gran Buenos Aires por parte de organizaciones vecinales autoconvocadas, foros de seguridad y entendidos en esa cuestión, aportaron aquel dato que asocia las villas con los robos y hurtos perpetrados a mano armada en la calle, las viviendas y los automóviles.

Salir a “bardear”

Una de las fuentes reservadas apuntó que ese tipo de hechos delictivos “en un 80 por ciento tiene por protagonistas a chicos y jóvenes que habitan en las villas” y aseveró que lejos de ser una “visión estigmatizante” conforma “una lamentable realidad” a la hora de hacer una esquematización del fenómeno delictivo.

En esa misma línea transita otra modalidad “joven” del delito que nace en las villas que también aportan su logística cuando de secuestro “express” se trata, dado que la geografía imperante paradójicamente se consolida como un lugar seguro para delinquir por ese costado que garantiza golpes rápidos, certeros y redituables.

Cuando salen en lo que la jerga delictiva define como “bardear”, esos grupos delictivos juveniles aplican el “abc” del delito mamado de elementos más “pesados” capaces de filtrar todo control y darle encuadre de “santuario” al ámbito geográfico marginal en el que se asientan, al cabo, delincuentes y quienes no necesariamente lo son pero que pueden llegar a serlo por la fuerza de las circunstancias.

Esos “santuarios” -concepto derivado del derecho medieval que otorgaba protección a todo aquel perseguido que ingresara a territorio consagrado- se conjuga en el código de valores propio de la villa respetado por sus habitantes “ya sea por convicción u obligación”, según las fuentes.

No califican

La fuente destacó por caso que otras modalidades del delito como salideras bancarias, robos a edificios o atracos tipo comando en fábricas o countries, así como también el rubro piratería del asfalto, “tiene una participación tangencial y mínima” de jóvenes habitantes de las villas puestos a delinquir.

Quienes estudian el fenómeno del delito en la villas, aseguran que el acceso a un arma no es difícil y bastan desde 50 pesos para acceder a una y eso sumado a la droga que también resulta sencillo conseguir de las “cocinas” clandestinas que funcionan en las villa, redondean el resto del panorama.

En un ámbito donde el valor de la escuela pasa por el comedor, en el que el trabajo ideal no aparece y el horizonte es sumamente oscuro, las posibilidades se estrechan en forma dramática. “¿Qué le impide a un chico en estas circunstancias no reunirse con otros tres pibes y salir de bardo, tras consumir algo de paco, para conseguir algo que allí tiene muy lejos?” se preguntó un observador de un fenómeno tristemente instalado.

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