En Las Delicias, 25 hogares tuvieron la mejor de las Pascuas

Olvidados por las autoridades, el barrio ubicado sobre la margen norte del río recibió a una cuadrilla de 280 universitarios. En apenas dos días levantaron nuevas casas para las familias más humildes
Las Delicias es un barrio en permanente mutación. Crece a su antojo, indiferente a cualquier planificación urbana.

Sobre ese enorme terreno fiscal que se extiende desde la margen norte del río Cuarto hacia el límite con El Acordeón no dudan en instalarse todos los meses nuevas familias. Llegan de otras provincias y, en gran número, desde Bolivia.

Valeria Chandía de Márquez, diez años viviendo en Las Delicias, lo explica de manera inmejorable: "Acá si comprás una piecita te tenés que apurar a habitarla porque si esperás dos días se te metió otro y perdiste. Así pasó con la casa de un cuñado mío. Se fue del barrio y se la vendió a una gente pero cuando quisieron ocuparla ya había otros adentro".

Valeria llegó con su familia desde Bahía Blanca. Hoy tiene cinco hijos de 17 a 5 años, y un sexto en camino. La casilla de blocks les queda cada vez más chica, por eso para ella esta última Pascua vino llena de bendiciones: su hogar fue uno de los que resultaron elegidos para recibir una de las 25 viviendas económicas que el último fin de semana levantaron los integrantes de Un techo para mi país.

Por segunda vez en dos años, esta Ong que se dedica a construir para quienes menos tienen puso sus pies en el barrio. En mayo de 2007 se hicieron conocer en la ciudad cuando levantaron aquí cuatro casas económicas en apenas dos días.

Desde entonces, ni el barrio ni la agrupación que integran jóvenes de 18 a 30 años son lo mismo. Las Delicias no paró de crecer y de agregar nuevas casas precarias, y Un techo para mi país dejó de ser una curiosidad para transformarse en una de las ong de mayor crecimiento y credibilidad en el medio.

La construcción colectiva que en esta oportunidad encararon 280 jóvenes, entre voluntarios de Río Cuarto, Córdoba y Buenos Aires, es la cuarta que se concreta en la ciudad y busca poner en evidencia la situación de marginalidad y olvido que viven cientos de familias confinadas en una de las zonas menos visibles.

Los números que arrojan las construcciones de "Un techo" demuestran por un lado el creciente protagonismo del grupo, pero también delatan la pobreza y las necesidades que los gobiernos dejan al descubierto.

A las cuatro casas de madera y chapa que hicieron en mayo de 2007 en Las Delicias, se sumaron otras once en septiembre de 2007 en la villa Oncativo, y 17 casas más en julio de 2008, en los barrios Puente Islas Malvinas, Salto de Malvinas y Cola de Pato.

"Este trabajo es un puente entre dos realidades distintas, el día de mañana cuando seamos profesionales vamos a tener la posibilidad de conocer la pobreza, sin que nadie tenga que venir a contarnos", apunta la estudiante de Ciencias Económicas Julia Gabosi, quien, a los 22 años, tiene la responsabilidad de ser una de las coordinadoras del trabajo de casi trescientos voluntarios.

Ella destaca que el beneficio es mutuo. Los vecinos obtienen un nuevo espacio para vivir, pero los voluntarios se van del barrio con una visión más ajustada de la brecha social que existe en la ciudad.

Al menos durante los dos días que dura el ensamblado de las estructuras de madera con las que se hacen las casas, ellos y las familias comparten largas horas de trabajo porque la tarea de Un techo para mi país no apunta al asistencialismo. Las personas que habitarán las viviendas no sólo deben abonar 400 pesos sino que también se comprometen a colaborar con las tareas de construcción.

A Daniel Guerrero, un jefe de familia de 22 años, eso no le resulta ajeno. Es peón de albañil y conoce el abecé del oficio. Junto con su esposa Belén, de 20, y sus dos hijos de 3 años y 8 meses fueron uno de los beneficiarios de este nuevo operativo de construcción.

La nueva casa de madera que en tiempo récord llegó a la altura del techo fue colocada sobre pilotes a un metro de la casa de material que el propio muchacho edificó en cuatro meses de arduo trabajo.

"Yo estoy empleado por un albañil, así que todos los fines de semana nos veníamos con mi esposa a levantar nuestra casita. Ahora, la idea es que las dos queden conectadas, por eso la levantamos cerquita", explica.

El calor veraniego en pleno mayo se siente sin disimulos sobre las espaldas de las cuadrillas de voluntarios. Arrancaron el sábado temprano y ya cerca de las cuatro de la tarde del domingo empiezan a acallarse los ecos de los martillazos.

Sólo queda tiempo para cortar una cinta y dar por inaugurado el nuevo techo.

"Eso es lo bueno, ¿viste?. Enseguida uno puede meterse adentro", dice Daniel.

Los voluntarios, entretanto, enfilaron hacia el Viejo Mercado, donde organizaron un cierre y comenzaron a imaginar cómo será la próxima construcción colectiva.

Comentá la nota