Lo que dejó el lockout

Por Eduardo Grüner *

Los dichos, los hechos, el trecho. Posibles consecuencias a futuro, aunque por ahora subterráneas, del conflicto. Dos costados por donde podría renacer la ofensiva: las “aperturas de paraguas” ante la crisis financiera y la cuestión de la “seguridad”.

Este –vaya la novedad– fue un año atravesado por la interna entre una clase dominante que en alguna medida “inventó” un conflicto que buscaba anticiparse a una puja por la distribución de la renta, y un gobierno que no supo representar sus intereses con la consecuencia y profundidad que ellos hubieran querido. La falaz polarización entre el “campo” del Gobierno y el “Gobierno” del campo forzó a muchos a elegir sin mayores matices, mientras el Gobierno tropezaba entre el enredo de sus compromisos con quienes ahora lo enfrentaban, y las promesas “progres” que cambiaban algo en el discurso para que todo quedara igual en lo real. Los discursos, claro, pueden tener sus efectos. Nunca en los últimos 25 años se habló tanto de “redistribución”, nunca desde el 2001 hubo tanta política al aire libre, nunca se discutió tan frontalmente el rol de las “izquierdas” y las “derechas” (¡se volvieron a usar esas palabras!), del intervencionismo estatal, de las políticas que podían o debían tener el movimiento obrero y los sectores populares, de la contribución que podrían hacer los intelectuales. No todo –muy poco, en verdad– este reverdecer se le debió a un gobierno que más bien procuró solucionar la cuestión con la menor política posible (salvo la de reoxigenar a un PJ donde probablemente estén algunos de sus peores enemigos), pero que de todos modos se vio forzado también él a enunciar cosas que tal vez hubiera preferido dejar pasar. Habrá quien piense que fue todo “pólvora en chimangos”. Puede ser. Pero también puede considerarse que todo el asunto tenga consecuencias más largas, aunque por ahora subterráneas. Como sabemos hoy, la “derecha campestre” ganó “superestructuralmente”: el voto del Cleto (a cuya mediocre pequeñez es absurdo darle la entidad trágica de una “traición”, ¿a qué cosa?), paradójicamente, desmovilizó a las “bases” de la derecha, ya que ésta sólo las “autoconvocó” como masa de maniobras con el fin de desactivarlas cuando ya no fueran necesarias. Y el sarcasmo es que perdió todo lo que había presuntamente ganado en términos económicos, no por habilidad política del Gobierno sino por... la crisis capitalista mundial. Cuando sus “socios menores” cayeron en que –dado el derrumbe del precio mundial de las commodities y en primer lugar la soja– con las retenciones hubieran estado mejor, era tarde. Como era previsible, la “mesa de enlace” se resquebrajó por las cuatro patas. Los débiles intentos de “volver a la ruta” fueron patéticos hasta el punto de que sus representantes se quejaron de la escasa cobertura de los medios (esos mismos de los que antes sostenían que no habían tenido un rol decisivo en el fogoneo del conflicto y la promoción de un “consenso destituyente”, puesto que “la gente”, se sabe, se había “autoconvocado”). Al mismo tiempo, la crisis internacional, con su efecto de alucinación de que el gobierno de Bush, y ni qué hablar del próximo de Obama, súbitamente se había convertido al “keynesianismo”, ha deslegitimado por ahora la hegemonía del discurso –no decimos de la práctica– neoliberal. Localmente, el “keynesianismo” de cabotaje de medidas (sin duda defendibles en sí mismas, pero aisladas –al igual que la 125– de un contexto integral de planes redistributivos) como la “reestatización” del sistema provisional o de Aerolíneas Argentinas tiene que competir con sus propias dudas, despertadas por ejemplo con la confusa –al menos claroscura– propuesta de “repatriación” de capitales amnistiados.

¿Qué fue lo que realmente ganó la derecha “campestre”, junto con sus aliados de la “clase política”? Para decirlo de una forma ultraesquemática: la experiencia de la calle. Aunque no confíe en las “masas”, aprendió que las necesita, que una parte de ellas está disponible, y absorbió cierto savoir faire acerca de cómo “autoconvocarlas”, así como de cómo manejarse con los inefables media. No es poca pedagogía, para una derecha acostumbrada a –como se decía antes– “golpear las puertas de los cuarteles”, la de haber aprendido a llamar por celular a los vecinos. Si la “causa del campo”, hoy, está un tanto devaluada, la ofensiva probablemente renazca por dos costados principales: a) las ya visibles “aperturas de paraguas” (despido o licenciamiento de trabajadores, retracción de la producción y demás variables de ajuste) ante la supuesta crisis –cuyos efectos locales todavía no se ven al punto de justificar esas medidas, pero están siendo magnificados por la clase dominante en todas sus expresiones, incluidos ciertos medios–; b) la sempiterna cuestión de la “seguridad”, un permanente comodín de la derecha, que reverdece cuando no hay otros temas “mayores” (durante el “conflicto del campo” desaparecieron como por arte de magia los temas de la “violencia delictiva” o la “seguridad”: al parecer, un conflicto que tuvo en vilo a la sociedad durante meses no es “inseguridad”).

Estos dos grandes asuntos serán probablemente los ejes de una renovada ofensiva de clase de la derecha. “De clase”, en efecto, puesto que serán los trabajadores y los sectores populares los más perjudicados por la combinación de “ajuste” económico y exigencia de mayor represión social. Dos cosas que por otra parte, como sabemos, se retroalimentan mutuamente. Como es obvio, la situación no es estática ni unilateral. Tanto el “ajuste” como la represión provocarán resistencias populares. Si el gobierno no adopta una serie más firme de políticas al menos protectivas, además de redistributivas, hacia esos sectores, su ya agrietada y pasiva base de sustentación en una parte de las masas seguirá debilitándose. Eso puede ser buen pasto para las fieras de la derecha, a las que con esta política actual –más allá de los “gestos” mencionados– el Gobierno no estaría en condiciones de oponerse con firmeza, aun cuando esa fuera su voluntad “subjetiva”. Es imposible prever si del lado “popular” aparecerán formas de autoorganización y superación de los límites férreos que, hoy por hoy, muestran tener todos los sectores explícitamente políticos, aunque por diferentes y complejas razones. Sobre todos estos temas queda abierta la lista de oradores.

* Sociólogo y ensayista.

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