Dejarían sin el cargo al número tres del Senado.

Será el castigo para Romero, del PJ crítico.
El matrimonio Kirchner hará realidad aquella máxima que dice que la venganza es un plato que se come frío, cuando el 27 del corriente le quite la vicepresidencia primera del Senado al peronista salteño Juan Carlos Romero.

Compañero de fórmula de Carlos Menem en las presidenciales de 2003, Romero no pagará con su cargo en la conducción de la Cámara alta aquella sociedad política, sino el hecho de haber integrado el grupo de ocho senadores oficialistas que colaboraron con el fracaso del proyecto oficial de retenciones móviles.

Desde aquella madrugada del 17 de julio, Romero se convirtió en un auténtico opositor a la Casa Rosada, y votó en contra la mayoría de los proyectos remitidos por la Casa Rosada en su ofensiva legislativa de fin de año, como la estatización de las AFJP, las prórrogas de la emergencia económica y del impuesto al cheque, y las leyes de rescate y de expropiación de Aerolíneas Argentinas.

"Romero está perdido", afirmaron voceros oficialistas a LA NACION, en una respuesta con doble sentido: por un lado, la inexorabilidad de su desplazamiento del cargo en el Senado y, por el otro, su condición de irrecuperable opositor al Gobierno

El propio Romero se encargó de hacer pública su oposición a la Casa Rosada. "Yo no he cambiado nada, el que ha cambiado es el Gobierno", había afirmado el senador en un reportaje que concedió a LA NACION en noviembre.

Producto de la crisis generada en el bloque de senadores kirchneristas por las retenciones móviles, el Gobierno ya había obligado a renunciar a la Comisión de Presupuesto al cordobés Roberto Urquía, empresario aceitero y productor agropecuario que rechazaba la resolución 125 a pesar de que había sido puesto en ese sitial por orden presidencial.

Las represalias por aquella rebeldía interna se detuvieron en Urquía. Pero ahora, con la habitual elección de nuevas autoridades de comisiones, el kirchnerismo podría retomar la senda de los castigos.

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