Dejar de vomitar enemigos.

Por Ricardo Kirschbaum.

Un diplomático hace tiempo acreditado en Buenos Aires no puede aún salir de su asombro por el carácter caníbal de la política local.

En una prolongada e interesante sobremesa, se preguntaba –y preguntaba a su vez a sus invitados– las razones por las que las relaciones de los políticos se resuelven por la drástica antinomia de amigo/enemigo antes que por fórmulas más acordes con el juego democrático. Y decía que en su país, aun los más enconados rivales parlamentarios sostenían con énfasis sus diferencias sin entrar en el juego letal de la descalificación. La historia ha sido maestra, pareció decir.

Este embajador, hombre culto, mostraba aún esa sorpresa luego de que se le contara sucintamente las antinomias que han dividido la historia argentina, diferencias que se han resuelto muchas veces de manera sangrienta y cuyas huellas están todavía aquí a flor de piel.

El enfrentamiento de la oposición y el Gobierno está teniendo ahora un altísimo voltaje verbal. Los Kirchner han hecho de este método una fórmula para ordenar la política. Salvo excepciones, la oposición tampoco se ha privado de nada: el Apocalipsis prometido para los que pierdan el poder es una amenaza cierta. La ideología ha dejado de ser la razón de las alianzas o del choque. Veamos: comunistas revolucionarios al lado del conservadurismo más rancio, progresistas junto a la derecha asumida, represores del '70 con ex guerrilleros. ¿Cuál es el eje ordenador de este guiso? La respuesta es simple: el poder y cómo lograrlo. Se habla de pragmatismo puro y se describe así una fórmula que quita el contenido a la política. Las fuerzas se definen de acuerdo a la bronca y al odio que se ha acumulado en estos años. Y que se exacerban con provocaciones. Esos estados de ánimo sólo vomitan enemigos y no adversarios políticos.

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