Déjà flu

Por Jorge Fontevecchia

Cuando salí de Buenos Aires, el aeropuerto de Ezeiza se parecía a esas fotos que llegaban de México donde la mayoría estaba cubierta de máscaras de quirófano. Al llegar a Londres, me sorprendí porque en el aeropuerto de Heatrow nadie usaba máscaras a pesar de que Inglaterra es el país con la mayor cantidad de contagios de H1N1 en estudio del mundo, fuera de América del Norte.

Pacientemente, el doctor Severin Shwan, CEO de los laboratorios Roche, el gigante farmacéutico mundial que fabrica Tamiflu, el antiviral que combate el H1N1, hace (como un padre más) la larga cola para recibir el paquete con las dosis de Tamiflu que las autoridades del colegio deben entregar en mano a la familia de cada alumno. Esta escena sucede en un colegio privado del barrio de Allen’s, al sur de Londres, ciudad a la que llegué el sábado 2 para la conferencia anual de la Federación Internacional de Prensa Periódica –FIPP– y de la que estoy partiendo en el avión donde escribo esta contratapa.

Cuando salí de Buenos Aires, el aeropuerto de Ezeiza se parecía a esas fotos que llegaban de México donde la mayoría estaba cubierta de máscaras de quirófano. Al llegar a Londres, me sorprendí porque en el aeropuerto de Heatrow nadie usaba máscaras a pesar de que Inglaterra es el país con la mayor cantidad de contagios de H1N1 en estudio del mundo, fuera de América del Norte.

La población de Londres fue literalmente destruida varias veces por distintas enfermedades contagiosas a lo largo de sus dos mil años de historia. ¿Será ésa la causa por la que reaccionan con más naturalidad? Pareciera que en los países menos desarrollados no se dio la sobreactuación de Egipto, donde –ya que sólo consume cerdo la minoría cristiana– se ordenó matar a todos los cerdos; o la tragicomedia de Afganistán, donde a Aziz Gul Saqub, director del zoológico de Kabul, no le quedó otra alternativa que esconder al único cerdo que hay en ese país ante las airadas protestas de los visitantes al zoo. El cerdo es un animal exótico en Afganistán que, como se sabe, cumple más severamente que otros países la prohibición islámica de comer cerdo. En Egipto, quizás los talibanes festejaron cuando el director del Departamento de Salud de la Organización Mundial de Salud (OMS), Jorgen Schlundt, salió a alertar sobre el riesgo potencial de comer carne de cerdos que estuvieran infectados de H1N1: ¿Y cómo podría saber el consumidor si lo que está comiendo no proviene de alguno de los criaderos intensivos? Como los cerdos tienen la particularidad de comer cualquier cosa, han desarrollado un estómago muy tolerante a los virus y por eso, desde los más remotos tiempos, han sido causa de varias enfermedades en los seres humanos y prohibiciones religiosas varias.

En Egipto sólo come carne de cerdo la minoría cristiana, pero muchas familias crían aves para consumo personal y la gripe aviar –H5N1–fue especialmente dura con ese país, provocando al menos 23 muertes.

Virus nuevo, gripe vieja. Se justifica la mayor preocupación de los países en vías de desarrollo por el H1N1 porque su salud pública no está tan preparada como la de los países desarrollados. Por ejemplo, en Inglaterra el Estado cuenta con Tamiflu para abastecer inmediatamente el 80 por ciento de todos los hogares del país, mientras que en la Argentina, el stock no alcanzaría a cubrir el 10 por ciento de los hogares. Y nuestro país está mejor preparado que muchos con los que comparte igual desarrollo económico.

No sólo el Tamiflu (oseltamivir) combate al H1N1, sino también el GSK Relenza (zanamivir). Pero este antiviral es producido por un pequeño laboratorio australiano: Biota Holding, cuyas acciones no paran de subir. Sólo por el anuncio de que el laboratorio dio licencias de su medicamento, sus acciones subieron el 16%. Hay otras dos drogas más antiguas, el amantadine y el rimantadine, que hoy tienen menos uso porque el virus ya desarrolló resistencia contra ellas. Un punto importante es que los especialistas no descartan que para el próximo invierno del hemisferio norte, donde vive la enorme mayoría de los habitantes del planeta, cuando el brote de gripes virósicas alcance su pico, el H1N1 haya podido en estos meses desarrollar sus propias resistencias al Tamiflu, lo que podría darse –por ejemplo– si un enfermo en tratamiento deja de tomar Tamiflu y las dosis suministradas no hubieran sido suficientes para terminar con el virus y sí para permitirle adaptarse y neutralizar futuros ataques. Salvo para quienes no creen en la teoría de Darwin de la selección natural, la resistencia será inevitable y el Tamiflu ya tiene ocho años. Pero también es probable que los laboratorios produzcan nuevas drogas. El año pasado, una de las gripes que circuló por EE.UU. fue resistente al Tamiflu y en Vietnam, en uno de cada cuatro menores de 35 años, ya no surtió efecto.

El Departamento de Salud de Inglaterra cuenta con 220 millones de cajas de Tamiflu (algo más de 600 mil tendría el Ministerio de Salud argentino) vendidas oportunamente por Roche. Este laboratorio fue fundado en Suiza en 1896 por Fritz Hoffmann La-Roche y ha anunciado que en caso de pandemia, otorgará licencia gratuita de su medicamento. Pero lo que hay fabricado actualmente sólo cubriría una pequeña parte de la población mundial, aunque sí a la mayoría de los habitantes de los países desarrollados.

Sirti Supari, ministro de Salud de Indonesia, acusó a EE.UU. de haber creado el H1N1 con ingeniería genética para favorecer a la industria farmacéutica norteamericana (en México circuló otra teoría conspirativa: la gripe la trajeron los narcos para dispersar la atención que hay sobre ellos). Supari se niega a darle a la OMS muestras del virus H5N1, la gripe aviar, que en su país fue más letal que en ningún otro porque mató a seis de cada diez infectados. Su argumento es que los países deben tener también "soberanía viral", pero los expertos de la OMS acusan al polémico ministro indonesio de estar empeñado en empujar el futuro de su propio laboratorio, el Namru de Yakarta. Parte de los temores de la OMS se fundarían en que el H5N1 sólo lo contagian personas que ya tienen fiebre, mientras que el H1N1 lo contagiarían personas a quienes todavía no se les ha desarrollado ningún síntoma de la enfermedad.

Algunos científicos norteamericanos sostienen que pruebas genéticas demostrarían que en 1987, se detectó un virus similar en un criadero de cerdos en Indiana. En noviembre de 2005, un adolescente de 17 años fue a pasar el feriado de Acción de Gracias en Wisconsin y ayudó a su hermanastro en su criadero de cerdos; una semana después de regresar a su casa, tuvo una fuerte gripe del tipo H1N1, de la que se recuperó en la clínica local y ese caso reportado no tuvo trascendencia. Tres años y medio después, en junio del año pasado, el Departamento de Medicina de Texas informó de otra persona expuesta al contacto con cerdos que había enfermado del mismo H1N1 que nueve meses después hizo eclosión en México.

Según la revista inglesa The Economist, el Banco Mundial pronosticó que una situación similar a la gripe española de 1918 costaría el equivalente al 5% del producto bruto del planeta. La gripe española, que se estima mató a 100 millones de personas, también fue producida por un contagio bidireccional con animales y es evidente que la producción intensiva de cerdos y pollos genera un ambiente propicio para que este tipo de virus mute y evolucione mucho más rápidamente que en el pasado. Pero también hay que tener en cuenta que los humanos cada vez somos más y consumimos más alimento: sumando pollos, cerdos y vacas, en 1983 consumimos 152 millones de toneladas de carne, en 1997 fueron 223 millones y en 2020 serán cerca de 400 millones. Nacha Guevara propondría hacernos todos vegetarianos.

Otra perspectiva de la problemática la dio el profesor de Teoría del Riesgo de la Universidad de Cambridge –cuya hija está trabajando de periodista en México–, quien haciendo gala de frialdad inglesa escribió anteayer, en el diario The Times de Londres, que si comprara un billete de lotería inglés tendría una posibilidad entre 14 millones de ganar, no tan distinta de la de morir de H1N1, por lo menos antes de llegar a su próximo invierno. Hoy hay en 29 países unas 3.500 personas infectadas; de ellas sólo un 5 por ciento está hospitalizado y 52 han muerto. Habría que multiplicar esta cifra por diez y recién allí se llegaría a la posibilidad de una en catorce millones equivalente a ganar la lotería inglesa con un billete.

Apoyada en el mismo cálculo, la cadena de hoteles de México AM Resorts lanzó este viernes la promoción flu-free guarantee (libre de gripe garantizado) en sus diez hoteles. "Si está buscando vacaciones a costo, pruebe con México", dice la promoción con descuentos del 50 por ciento y más: "Concederemos tres años de vacaciones gratis a cualquier miembro de una familia si desafortunadamente se contagia H1N1 en alguno de nuestros hoteles".

No tan letal. A una semana de que la OMS declarara el anteúltimo escalón de alerta mundial de pandemia, los últimos datos indican que este H1N1 es menos virulento de lo que pudo esperarse. Pero cuantas más personas estén infectadas, hay más posibilidades de que se desarrolle una variación más letal aún para humanos. El temor a que se subestime el riesgo hizo que el doctor Richard Besser, del Centro de Control de Enfermedades de Estados Unidos, tuviera que salir a desaconsejar públicamente las flu parties, las fiestas de la gripe que organizan jóvenes para contagiarse el H1N1, asumiendo la teoría de que quien contrae el virus y lo supera genera inmunidad aun para una variante más potente del mismo virus en el futuro.

La misma hipótesis se tiene para aquellos norteamericanos que fueron vacunados en 1976 ante una gripe similar a la actual: hoy estarían inmunes al H1N1. Treinta millones de norteamericanos fueron vacunados en ese momento y los resultados de aquella campaña son contradictorios. En el libro La epidemia que no fue, el doctor Harvey Fineberg –hoy presidente del Instituto de Medicina estadounidense– repasa el pánico que produjo aquel brote y las consecuencias de aquella campaña de vacunación masiva, que como efecto secundario produjo 35 muertos por el síndrome de Guillain-Barre, que causa una temporaria parálisis muscular. Jane Kinney, una norteamericana que hoy tiene 68 años, recordó que tras la vacuna contra aquella gripe pasó un mes en un hospital porque "no tenía fuerzas ni para apretar el botón de la tostadora".

Independientemente de que se decida aplicar otra vacunación masiva, el gobierno de Obama sí dispondría ordenar la fabricación de vacunas para que estén listas en el invierno de Estados Unidos. Un profesor de la Universidad de Glasgow, Michael Barret, recordó que en 1976 EE.UU. prohibió la exportación de vacunas para que todas las disponibles se utilicen con sus habitantes. Actualmente, sólo un puñado de países elaboran vacunas y la Federación Mundial de Fabricantes Farmacéuticos advirtió que la capacidad total de producción podría alcanzar los 340 millones de dosis. Pero aparecen nuevas alternativas. Por ejemplo, el laboratorio Novax promete, con un sistema de "laboratorios portables", fabricar millones de dosis más en diez semanas. Pero en cualquiera de los casos –según Peter Dunnil, de la Universidad de Londres– "no habrá vacunas para más del 10 por ciento de la población mundial y si se llegara realmente a una pandemia, el 96% de las muertes se producirían en países de bajo o medio nivel de ingresos".

Más defensas. Hay más de cien tipos de gripe, pero "gracias al SARS (la gripe aviar) y los temores al bioterrorismo, el mundo está mejor preparado para defenderse de una pandemia", sostiene Gregory Poland, de la Clínica Mayo. Por ejemplo, un español medio actual es más saludable que uno de hace 90 años, cuando el H1N1 apareció en ese país y terminó matando cinco veces más personas que la Primera Guerra Mundial.

La primera epidemia de gripe letal en gran escala llegó a Europa en 1510; otro antecedente similar fue en 1889; la "gripe rusa" y la "española" fueron en 1918. En 1957, los patos silvestres expanden la "gripe asiática"; en 1968 la "gripe de Hong Kong" se extiende a toda Asia e ingresa a Estados Unidos a través de los soldados que regresaban de Vietnam, para llegar en 1976 al caso que motivó la vacunación masiva en Estados Unidos. Este es otro capítulo más y no será el último.

El H1N1, como toda gripe, se transmite mejor con el frío. Con ironía, los ingleses dicen que algo bueno de las malas políticas ecológicas mundiales que producen –entre otras consecuencias– el cambio climático es que ahora en Inglaterra hace menos frío que en 1918. En Heatrow se cierra la puerta del avión; afuera, en la pista, todos se ven en mangas de camisa bajo el sol de un cálido mes de mayo.

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