La degradación de nuestra escala de valores

Por Mariano Grondona

El desarrollo de las naciones es imaginado por los especialistas como un triángulo cuyos "lados" son económico (la reinversión de las utilidades que genera la producción), político (la primacía de las instituciones democráticas sobre el autoritarismo de los caudillos) y cultural (la vigencia de valores sociales que favorecen la toma de decisiones racionales tanto en el campo económico como en el campo político).

Las noticias económicas y políticas llenan cada día nuestros titulares. Las noticias que tienen que ver con la evolución o la involución cultural de la Nación, en cambio, pasan con frecuencia inadvertidas porque no afectan la superficie sino la zona más profunda de la vida social, algo así como su inconsciente colectivo, de modo tal que, presionados como estamos por el devenir de los hechos cotidianos, nuestra tentación es ignorar aquella zona sin tener en cuenta que ella determina en silencio el rumbo de las decisiones económicas y políticas.

La paradoja de las naciones subdesarrolladas es que suelen atender a lo urgente con olvido de lo importante. No por nada uno de los pioneros de los estudios sobre el desarrollo, Lawrence Harrison, le puso a uno de sus libros este título: "El subdesarrollo está en la mente" (Underdevelopment is a state of mind).

¿En qué consiste este olvidado "desarrollo cultural"? En la sustitución de los valores anacrónicos que nos vienen de la prehistoria del desarrollo por los valores "modernos" que han venido favoreciendo el desarrollo económico y político de las naciones de avanzada desde el siglo XVII hasta nuestros días. En la raíz del fantástico progreso económico y político de la vanguardia del mundo de hoy late, por lo visto, una verdadera revolución cultural.

La revolución cultural de la modernidad consiste, entonces, en una "sustitución de valores". ¿Pero qué son los valores? El "valor" es una representación simbólica de aquello que debiéramos admirar, así como el "disvalor" representa aquello debiéramos relegar.

En nuestras mentes, los valores se ordenan según una "escala" a cuyo tope figuran los valores más importantes, en cuyo "suelo" figuran los valores menos importantes y en cuyo "subsuelo" se instalan los "disvalores".

Cuando una nación deambula a través de crónicos desaciertos económicos y políticos, lo primero que hay que preguntarse, por ello, es en qué estado se encuentra su escala de valores.

Apogeo y declinación

Con sus doscientos años de historia, la Argentina ya no es una nación tan joven. En estos dos siglos ha atravesado tres períodos completamente diferentes.

En el primero de ellos, que abarca de 1810 a 1853, la Nación atravesó, inmediatamente después de la gloriosa guerra de la independencia que asociamos debidamente con la figura señera del general San Martín, una negra etapa de anarquía y de la tiranía mediante la cual vino a superarla, cruelmente, Juan Manuel de Rosas.

De 1853 a 1930, la Argentina conoció al contrario las primicias del apogeo. Instituciones estables, un desarrollo económico y político que prometía no tener pausa, la inmigración de millones de europeos y un esfuerzo educativo sin parangón en el mundo fueron sus rasgos eminentes. Hacia fines de los años veinte la Argentina, que era una de las pocas democracias existentes, figuraba entre las naciones con más alto ingreso por habitante del planeta.

Pero a partir de 1930, con la primera ruptura institucional en casi ochenta años, nuestro país descarriló en lo político y en lo económico. A ochenta años de esta catástrofe, la Argentina ya no figura entre los países con más alto ingreso por habitante, habiendo sufrido desde entonces el fatal retorno de la inestabilidad política que todavía nos afecta.

Entre 1930 y 2009, en efecto, nada menos que doce miniciclos sucesivos de gobierno, todos ellos fallidos, nos han convertido en la nación a la deriva que todavía somos. La cuenta, lamentablemente, es simétrica: de 1953 a 1930, ochenta años de esplendor; de 1930 a nuestros días, otros ochenta años de "declinación ?no de "decadencia" porque nuestra historia, afortunadamente, aún no terminó.

Desde el momento en que conservadores y radicales, civiles y militares, peronistas y antiperonistas participaron en ella, sería injusto atribuirle exclusiva culpa a alguno de ellos. Pero ellos tuvieron, eso sí, un rasgo en común porque todos los responsables de estas frustraciones cayeron en la misma trampa: a la inversa de los fundadores del período 1853-1930, que empezaron por participar sin exclusión de esa "Moncloa anticipada" que fue el Acuerdo de San Nicolás, todos y cada los que presidieron nuestros "miniciclos" abortados pretendieron, sin excepción, "cortarse solos", quedando huérfanos de acuerdos englobantes hasta que, sintiéndose excluido cada cual a su turno, el resto de los argentinos acabó con ellos.

"Valores" y "disvalores"

Por eso nos parece natural y valioso que "casi todos" los partidos de la oposición estén pensando en reeditar, antes de las elecciones presidenciales de 2011, un nuevo Acuerdo de San Nicolás. Pero también cabría preguntarse si esta deseable conjunción no debería reflejar, además, un auténtico retorno de los valores que, durante la negativa etapa de 1930-2011, hemos ido abandonando. ¿Cuáles fueron en todo caso estos valores? Nos atreveríamos a afirmar que su base fue la fe en el esfuerzo individual.

A cada inmigrante de nuestro período de esplendor, el país le dijo dos cosas. Una, que nadie lo ayudaría en su esfuerzo. La otra, que nadie le quitaría lo que ganara con el sudor de su frente.

El inmenso esfuerzo individual de millones de argentinos se basó, en suma, en dos principios: el trabajo y el derecho de propiedad. Por eso "votaron con sus pies" tantos millones de extranjeros. No hubo en esa etapa incomparablemente creativa ningún "plan trabajar".

Es que el Estado nunca "crea" la riqueza. A lo más, la expropia a los particulares, que son sus únicos creadores. A esta invitación al esfuerzo personal, el Estado de antaño le agregó, eso sí, la absoluta prioridad de la educación.

Por eso se hizo carne entre los argentinos el dicho "mi hijo el doctor". Aún sabiendo que una vida de esfuerzo podría no alcanzar, los argentinos también supieron que sus hijos los superarían a través de la educación.

¿Qué pasa en cambio hoy? Que el Estado, habiéndose apropiado de recursos tan altos como nunca los ha tenido, ya no enfatiza el trabajo, el ahorro y la inversión sino el nuevo "mantra" que lo anima: el mantra de la distribución.

Pero el énfasis excluyente en la distribución está convirtiendo a millones de argentinos, sean obreros o empresarios, en mendicantes del Estado.

Un verdadero fin de época

El penoso espectáculo al que estamos asistiendo con la lucha en las calles por el dinero de las engañosas "cooperativas" que anunció el Gobierno supone entonces una completa subversión de los valores que promovieron nuestro desarrollo, una subversión que les dice al número creciente de nuestros pobres que es mejor humillarse y tender la mano que trabajar, que sólo la distribución a cargo del Estado, con su infinita red de subsidios, los liberará de su pobreza y no que, a la inversa, los convertirá en esclavos.

Pero el imperio de la distribución sobre el trabajo, el ahorro y la inversión le atribuye el poder, únicamente, al Gran Distribuidor. Esta fórmula engañosa del progreso, sin embargo, no es sustentable, como tampoco lo es el poder de aquel que la elaboró.

Por eso todos, incluidos los oficialistas, estamos viviendo los dos años que aún faltan para 2011 como lo que son: un verdadero fin de época.

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