El dedo en la llaga

Más allá de las cartas abiertas conocidas por todos (Juan Pablo Itoiz, Pablo Germán Petraglia) y el grado "salvaje" de agresividad que tienen: descalifican mi persona y no mi trabajo y me mandan a estudiar catecismo, quedé impresionado por la cantidad de llamados, emails y hasta sobres cerrados con información que recibí después de la publicación de la nota "Los Campanelli del poder".
Fue parecido al meter la mano en un avispero que parecía abandonado. Y claro, además de aprender un montón de cosas en pocos días, salí picado por un pequeño ejército de avispas furiosas que atacaron en defensa de su honorabilidad perdida. Nobleza obliga, uno de los primeros en llamar fue Javier Gabrielli, director de Prensa de la Municipalidad de Junín. ¿El motivo? Dejar en claro que las opiniones vertidas por las personas involucradas eran exclusivamente personales; es decir, no respondían a ninguna acción orquestada desde el gobierno. Se lo agradecí y no tengo motivos para descreer de su palabra.

Denuncias,

agradecimientos

y amenazas

Ahora bien, entre el material recibido hay de todo: denuncias graves que deberán chequearse en su momento, agradecimientos de gente que asegura sentirse interpretada por la difusión del tema, insultos hacía mi persona y hasta amenazas anónimas. Particularmente en un contexto de tanta agresión, valoro muchísimo las demostraciones de afecto y apoyo. Sin embargo, desde el punto de vista periodístico, considero más interesante analizar la serie de tormentas encadenadas que desató este artículo. Primero, sigo pensando que la superposición de lazos familiares en el poder ni es inocua ni responde a una tradición local que no entiendo. Al contrario, porque la conozco en profundidad decidí denunciarla. Importa poco que todos lo sepan de antemano, los problemas sólo se superan cuando se verbalizan o escriben en blanco sobre negro. Sin ese primer paso que parece sencillo pero no lo es (me remito a las reacciones), el agua queda estancada en el pozo y caemos en el típico "de eso no se habla".

Clanes familiares

La falta de aire nuevo es un drama de la política nacional, igual que la tendencia a enquistarse que tienen ciertos clanes familiares que se creen predestinados a regir nuestros destinos porque un abuelo brillante tiene una calle con su nombre. Resultados a la vista, sería mejor que ejercieran la humildad y se apartaran del camino de la soberbia. Quizá no todos sean iguales, lo acepto. Pero no puede ser que el gen del talento político se lleve en la sangre. A las pruebas me remito. Si la Argentina está como está, en parte se debe a los responsables históricos del manejo del poder. Así que antes de enrostrar papiros frente a las narices de la sociedad, sería bueno que aquellos que llevan generaciones gobernando hagan un mea culpa y nos digan en qué se equivocaron; especialmente si tienen dos trabajos en un contexto minado de desocupados. En un país con semejante tendencia a la degradación, la verdadera honorabilidad no pasa por reafirmar los lugares (o las familias) de dónde uno viene, sino por dejar en claro a dónde se va. Todos tenemos la culpa. Nadie se salva. Algunos de los psicólogos más prestigiosos del planeta aseguran que la clave para tener un mundo mejor es simple: que exista un mayor porcentaje de seres humanos que se culpan a sí mismos por lo que les pasa, y uno menor que culpe a los demás. Hoy las proporciones están invertidas. ¿Saben cuánto? Las investigaciones afirman que el 90% culpa a los otros. O sea, yo tengo la culpa por dejar en evidencia que la Municipalidad de Junín está saturada de lazos de todo tipo y color que pueden verse en una página web. Y si no tengo la culpa, soy un mal pensado, un extranjero o un enviado de vaya a saber quién para vaya a saber qué, que no entiende la idiosincrasia juninense y con vulgaridad se lanza a hablar de lo que no sabe.

Una costumbre

que hay que revisar

Acá y en China, las "trenzas" no traen nada bueno a las sociedades que las gestan. En caso de ser una costumbre de lugar, con toda humildad los invito a revisarla. "Si querés resultados distintos, no hagas siempre lo mismo", enseña una famosa frase. Pues bien, es lo que estamos tratando de hacer en el diario. Las tradiciones no son un monumento de piedra que se lustra y conserva. Semejante conducta es propia de un museo que guarda ruinas egipcias, y no de un medio que sigue vivo. Al contrario, las costumbres están ahí para que tomemos lo mejor y descartemos aquello que ya no sirve o directamente envenena. Sabemos que no es sano comer un yogur vencido y votamos una y otra vez a personajes que gritan su fecha de vencimiento a los cuatro vientos. ¿Es lógico? A veces ponen la cara ellos, otras se esconden detrás de una cara supuestamente nueva; el drama es que de alguna u otra forma siempre gobiernan los mismos y siempre se terminan gestando los mismos negociados. Dado que trabajé en muchas campañas políticas y conozco bien a los bueyes con los que aro, sé que el político de raza tiende a ver conspiraciones por todas partes.

Una nota y el escándalo

Desde el descontrol de la ciudad hasta la inseguridad creciente, pasando por la autopista que no fue y las sospechas de corrupción que admitió el propio Intendente. Son meses denunciando hechos concretos que deben ser investigados por otros (la justicia, por ejemplo), y el escándalo viene a estallar a partir de una nota de opinión sobre el status quo tradicional de esta ciudad. Tengo que ser sincero: me divierten las especulaciones que se hacen sobre mi persona. ¿Quién lo mandó a Bello a Junín? ¿Se trata de un mercenario a sueldo (aclaro que trabajo ad honorem así que si soy mercenario resulto bastante económico) enviado con el inconfesable fin de destruir a Meoni? Lamentablemente la realidad es menos glamorosa: mi único respaldo es el sentido común y una fortaleza que muchos consideran debilidad: soy extranjero (es rara esa definición para alguien que vive a 265 kilómetros de aquí pero ya me lo repitieron una y mil veces) y no tengo vínculos con nadie; situación que, considerando el panorama, podrá ser cuestionable pero parece una rareza por aquí.

Al fin del día tengo que agradecerle algo a esta nota: sin quererlo ni buscarlo, el diario se convirtió en un medio para que la gente rompa el silencio y hable. ¿Qué mejor manera de conocernos todos?.

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