Una decisión que potenció la figura de Cobos

Por Carlos Pagni

Que la noche anterior él hubiera especulado, con un directivo de la Rural, con la posibilidad de desempatar la reñida discusión de la resolución 125 en el Senado, no es un argumento de peso. El voto no positivo de Julio Cobos no obedeció a una cadena previsible de causas y efectos. Fue un hecho casi casual. Por eso es tan atractivo: demuestra, una vez más, el papel determinante que, de tanto en tanto, juega el azar en la historia.

A partir de esa decisión, que el vicepresidente bien podría no haber tomado, salieron a la superficie fenómenos cruciales de la vida pública actual. Lo primero que se puso en evidencia es que a partir del conflicto agropecuario la política comenzaría a ordenarse contra Néstor Kirchner. Hasta esa noche shakesperiana el poder se había configurado alrededor de la voluntad del ex presidente. Desde ese momento, el juego se organizaría en su contra.

En julio del año pasado, Cobos era una gigantesca incógnita. Lo sigue siendo. Sin embargo, el sólo hecho de oponerse a Kirchner, de negarse a su mandato, de frustrar su deseo, lo convirtió en el dirigente con mejor imagen de la Argentina. Esto es lo que molesta del vicepresidente en los Kirchner: que expresa muy pocas cosas más que el fastidio que la mayor parte de la sociedad siente por ellos. Cobos es, visto desde este ángulo, un precursor de Francisco De Narváez.

Como en el caso de De Narváez, es difícil ponderar la consistencia de su liderazgo. Es el riesgo de estructurar la política por la negativa. Ocurre a menudo en la Argentina. También Kirchner debió su encanto inicial a ser nada más que el no-Menem.

Otra derivación inesperada del voto de Cobos fue que terminó devolviéndole la vida al radicalismo. Con una flexibilidad que no conocieron en otros momentos de su historia, los herederos de Leandro Alem -que se pegó un tiro antes de transigir en un acuerdo-, reincorporaron al hijo pródigo y lo convirtieron, de pronto, en candidato. El regreso de Roberto Lavagna al redil de Néstor Kirchner había dejado a los radicales sin otro destino que subsumirse en la Coalición Cívica. Cobos les demostró que había vida después de Elisa Carrió: recién entonces, cuando no era una rendición, pudieron pactar con ella.

Ese proceso de regeneración del radicalismo se consolidó en las elecciones de junio. El martes de la semana pasada, el vicepresidente se reunió con las principales figuras de su partido y formuló dos definiciones importantes. Se comprometió a que en 2011 será precandidato por la UCR, y no por un partido propio, en el marco del Acuerdo Cívico y Social. Y adelantó que a mediados de 2010 dejará la vicepresidencia.

Por primera vez desde 2001 el PJ vuelve a sentirse desafiado y el país puede vislumbrar, muy tímida, la posibilidad de la alternancia. No es un proceso que se limite a la aparición de Cobos. Pero sería impensable sin ella. En buena medida, estas novedades se deben a Kirchner. La noche de la negativa de Cobos, lo llamaron desde el Senado y le sugirieron: "Dejanos sacar a Saadi del recinto y perder de entrada por un voto. Si dejamos que desempate Cobos, estaremos inventando a un monstruo". El santacruceño estaba enceguecido. Igual que cuando jaleaba la causa de la efedrina contra De Narváez, no le interesaba potenciar a quien más tarde sería su verdugo.

La otra tendencia actual que no se inaugura, pero se estabiliza con el voto de Cobos, es que el campo se ha convertido en un gran elector en la Argentina. El éxito del vicepresidente se debe, entre otras cosas, a haber detectado que la alianza con el sector agropecuario es hoy un factor de triunfo. Aún para él, que hace política fuera de la pampa húmeda. No fue el primero en descubrirlo: Carlos Reutemann y Felipe Solá lo habían hecho antes que él. Pero acaso sin el extraordinario suceso que tuvo su conducta, esos otros líderes no se hubieran definido con tanta nitidez. Inesperado giro de una sociedad que redescrubre a esa actividad económica que, en otros tiempos, le hizo conocer el apogeo.

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