La decisión de Gabriela

Por Mariano Grondona

Un veraneante está tomando sol en la playa. De golpe ve a un chico que se está ahogando sin nadie al lado, a unos veinte metros de la orilla. El veraneante tiene tres opciones. Una, buscar al bañero, que no está cerca. Otra, asumir el peligro de arrojarse él mismo al mar. La tercera, hacerse el distraído para no complicarse.

Cada una de estas opciones trae consigo un diferente nivel moral. Si el veraneante llama al bañero, hará lo correcto pero no lo heroico. Si se arroja al mar, se convertirá en un héroe o en un mártir. Si ignora el incidente, cometerá un crimen conocido como "abandono de persona". Moralmente, no está obligado a arriesgar su vida. Si la arriesgara, los moralistas llamarían a su acción "supererogatoria", un adjetivo que se aplica a quienes hacen lo que no están obligados a hacer pero que, cuando lo hacen, reciben el elogio encendido de la sociedad.

Estas fueron las tres opciones que tuvo por delante Gabriela Michetti cuando Mauricio Macri le ofreció ser candidata a diputada nacional. Si hubiera decidido ser "supererogatoria", habría rechazado la candidatura que le proponían, estableciendo un ejemplo destinado a tener un fuerte impacto moral: que el mandato de ella como vicejefa de gobierno sólo vencía de aquí a dos años y que los mandatos electivos deben cumplirse porque encierran una promesa.

Gabriela dudó mucho antes de aceptar la candidatura a diputada, lo cual la muestra como una persona sensible a los argumentos morales. Pero al fin capituló ante la larga insistencia de Macri, quien pudo plantearle por su parte un argumento extraído de la necesidad de que el Pro, gracias a ella, retenga o amplíe su mayoría en la Capital Federal.

Gabriela al fin cedió, pero anunciando al mismo tiempo que ocupará efectivamente su banca en el Congreso y que renunciará como vicejefa del gobierno porteño. Si hubiera anticipado en cambio que iría a las elecciones pero que no ocuparía su banca, habría caído en la más baja de sus opciones: lanzar una candidatura "testimonial" como las que está lanzando el kirchnerismo, una verdadera estafa a la ciudadanía. Ni a Gabriela ni a Macri, afortunadamente, se les pasó por la cabeza semejante aberración.

Gabriela, por lo tanto, llamó al bañero. Hizo lo correcto, pero no lo supererogatorio. Nos habíamos ilusionado al esperar de ella todavía más porque en el clima de corrupción que estamos padeciendo el país necesita desesperadamente los grandes ejemplos que podrían llevarlo a un nuevo escenario político y moral. No pudo ser. Otra vez será.

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