Una década plagada de abusos

Más allá de las guerras, fueron diez años de violaciones a la Carta de las Naciones Unidas y las Convenciones de Ginebra, y de desaparición de personas, legalización explícita de la tortura y del campo de concentración en Guantánamo.
La primera década de este milenio quedará marcada por los atentados del 11 de septiembre de 2001. Como si eso no fuera suficiente, en los últimos días de 2009 de nuevo hubo un atentado, fallido esta vez, en un avión, lo que renovó el miedo, dobló las medidas de seguridad y permitió que un nuevo presidente declarara que se redoblará la seguridad nacional y se utilizarán "todos los elementos de nuestro poder nacional para irrumpir, desmantelar y derrotar a los extremistas violentos que nos amenazan". Así, con los ecos de las palabras pronunciadas por George W. Bush en 2001, se cerró 2009.

La década en Estados Unidos arrancó con un fraude electoral masivo donde la cúpula política impuso a un presidente a pesar de que documentos demostraban que Bush no fue electo por el pueblo. Con el 11-S se fortaleció la derecha en todo el mundo y en Estados Unidos dio pretexto para inaugurar un proyecto militar imperial que hasta la fecha ha incurrido en un gasto de más de un billón de dólares para la aventura en Irak, que ahora se extiende aún más en Afganistán.

Más allá de las guerras, fue una década de violaciones a la Carta de Naciones Unidas y las Convenciones de Ginebra, la anulación de la piedra angular del derecho nacional, el hábeas corpus, y violaciones a la Constitución; la legalización explícita de la tortura, la desaparición de cientos de personas, el establecimiento de un campo de concentración en Guantánamo, el escándalo de Abu Ghraib y una serie de abusos denunciados por las principales organizaciones de derechos humanos, de libertades civiles y de leyes, que fueron justificadas por las palabras mágicas seguridad nacional.

La supremacía de Estados Unidos fue el guión para manejar las relaciones exteriores, con su corolario de la "guerra preventiva" y agresión abierta contra todo el que no se comporte, incluyendo apoyos para golpes en Venezuela y asistencia a las fuerzas más conservadoras en el mundo.

A pesar de la retórica de que ahora, con el nuevo presidente, habrá un cambio, 2009 estuvo marcado por el apoyo tácito al golpe de Estado en Honduras, nuevas bases militares en Colombia y declaraciones agresivas contra Venezuela, Bolivia y Cuba.

Mientras tanto, en el país el huracán Katrina dejó al descubierto la polarización económica, social y racial de Estados Unidos, como también las peligrosas carencias en infraestructura y en los costos de las políticas sociales promovidas por Washington. El brote de influenza humana AH1N1, identificada primero en el país vecino y por eso llamada aquí "gripe mexicana", desató antiguos temores sobre la vulnerabilidad de la población.

Mientras tanto, a lo largo de la década otra amenaza, la de los "terroristas" estadounidenses, nutrió el temor, con el caso aún no resuelto de los envíos de ántrax que casi cerraron el Capitolio, junto con los múltiples brotes de violencia y matanzas por estudiantes armados en preparatorias y universidades, como también entre soldados en bases militares.

También hubo enfrentamientos entre Darwin y Dios en todo Estados Unidos; en algunas escuelas públicas se enseñaba el "creacionismo" y la evolución como teorías viables, en tanto el gobierno federal financiaba versiones bíblicas de la geología.

Igual que en el ámbito político, el rubro económico fue marcado por fraudes masivos y engaños que aún se están descubriendo, todo lo cual contribuyó a que estallara la peor crisis financiera y económica desde la Gran Depresión. Los casos Enron y Worldcom, entre otros, pasaron a la historia como algunos de los fraudes empresariales más grandes.

A finales de 2008, se descubrió el fraude financiero más espectacular de la historia, con la estafa de más de 50 mil millones de dólares por Bernard Madoff, seguida por la de 8 mil millones de Allen Stanford. Durante 2009, decenas de miles de inversionistas perdieron más de 16,5 mil millones en por lo menos 150 engaños financieros de todo tipo, y miles más están bajo investigación.

El economista y Premio Nobel Paul Krugman considera que ésta fue la década del "gran cero", con prácticamente nulo avance en los principales rubros económicos, desde generación de empleo a avances económicos para las familias. En suma, dice en su columna del New York Times que durante la pasada década "hubo un montón de nada en términos de progreso o éxito económico".

También fue una década más del asalto contra los trabajadores y la clase media, con la agudización de la concentración de la riqueza: el uno por ciento más rico de la población tiene la misma riqueza que el 90 por ciento de abajo, y la concentración en manos privadas está en su punto más alto desde 1929, reporta la organización de análisis económicos United for a Fair Economy.

Tal vez lo más alentador de la década fue el triunfo de Barack Obama, el primer afroestadounidense electo presidente. Su retórica llevó a la participación de sectores que nunca se habían presentado en el ámbito político electoral, y el gran mosaico de colores, razas, etnias, edades y más que logró un milagro que hizo temblar de emoción todos los rincones del mundo.

Pero un año después es palpable un creciente desencanto. En casi todos los rubros donde se esperaba más –reformas de salud, financiera y migratoria, derechos laborales, fin de guerras, medio ambiente, libertades civiles, derechos humanos–, Obama no ha logrado cumplir con las expectativas que él mismo nutrió. Tal vez el ejemplo más claro fue que 10 días antes de aceptar el Nobel de la Paz, anunció su decisión de enviar 30 mil efectivos más a Afganistán.

Sin embargo, algunas voces, como el historiador Howard Zinn y el filósofo político Cornel West, recuerdan que el cambio no proviene de Washington, sino de movimientos populares en las calles y en las sombras del país.

La década mostró algunas manifestaciones de esta voz popular, en miles de actos en apoyo de Obama, pero también antes. Con el 11-S brotó una inusitada resistencia a la respuesta militar de Bush, que culminó con lo que muchos consideraron las movilizaciones populares antiguerra más grandes de la historia del país.

También se presentó –o por lo menos resucitó– un nuevo actor en la política estadounidense, con masivas movilizaciones sin precedente de millones de inmigrantes y sus aliados en todo el país en demanda de respeto a sus derechos humanos y por un cambio de la política migratoria y laboral.

Y, por supuesto, hubo incontables expresiones de resistencias de todo tipo –laborales, ambientales, derechos gay, culturales, etcétera–, lo que el historiador Zinn insiste que son indicaciones de un movimiento progresista fragmentado y atomizado, pero tal vez más grande del que existía en los años ’60.

Tal vez con el fin de una década de fraudes, engaños y chantajes, que culminó con la peor crisis en 70 años, estas nuevas (y renovadas) voces que se presentaron una y otra vez esta década, y que se expresaron masivamente en la última elección, lograrán rechazar el temor como instrumento de poder y ofrecer un nuevo camino.

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