Un deber de la oposición

Por Nélida Baigorria

En la mitología griega, un dios llamado Cronos devoraba a sus hijos, temeroso de que alguno de ellos usurpara su poder. Aunque tomemos esto como una leyenda del mundo antiguo, ese dios implacable no ha muerto: se ha encarnado, a lo largo de las civilizaciones, en los escenarios del poder despótico, donde el que ha perdido los favores de su señor omnímodo es devorado.

Cronos es también el símbolo del tiempo que transcurre inexorable y lleva en sus alforjas fracasos y éxitos que no está dispuesto a negociar, porque son el testimonio, la evidencia de un pasado que exhumará en el momento oportuno, para honrar o castigar. El 28 de junio, el pueblo argentino fue a votar. Lo hizo bajo la consigna del oficialismo: "Llenar las urnas de memoria". Cronos, con su bagaje de recuerdos, en el cuarto oscuro, orientó la elección de la boleta activando la memoria.

Sabemos que en democracia el ejercicio de la soberanía popular involucra, siempre, el prerrequisito ético de que los representantes elegidos cumplan los mandatos de las urnas, no olviden que, por derivación, son mandatarios y no mandantes. Como dijo Saavedra en el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810: "No queden dudas de que sólo el pueblo confiere la autoridad o mando". Burlar la voluntad popular de vivir en democracia y, desde el estrado del poder, alardear de una forma de gobierno digna de las autocracias absolutistas justifica el voto negativo. La defraudación tiene un precio: la derrota.

Nadie podrá negar que el 70% votó en contra de las listas oficiales. La oposición, con divisas de distinto signo, despojó al Gobierno del elemento político imprescindible para imponerse en las sesiones legislativas: el quórum. Este logro, cuyo valor el oficialismo relativiza, obligará al Gobierno a observar las atribuciones que la Constitución le adjudica, sin invadir las de los otros poderes.

El pueblo dijo no. El partido gobernante, hasta por atavismo, subestimando la capacidad reflexiva del ciudadano, habrá barruntado que las urnas desbordarían su capacidad con el aporte de los votos cautivos. Recibió, en cambio, una edificante lección cívica, una notificación severísima de que en el mundo global de nuestros días quienes nacimos a la vida democrática en 1810 con el credo de Mayo jamás aceptaremos populismos absolutistas con veleidades monárquicas y seguiremos luchando sólo con las armas más poderosas de la democracia: el sufragio y la docencia cívica. Emulando a Sarmiento, con la pluma y la palabra.

El resultado de las elecciones del 28 de junio produjo tal trepidación en la estructura política que al día siguiente la Presidenta subió a su atril para minimizar el triunfo opositor, en una insólita negación de la realidad que no quiso ver. No obstante, días después, el 9 de Julio, desde Tucumán, habló de una gran convocatoria al diálogo extendida a todos los sectores sociales, de cuyos debates surgirán, manifestó, los "consensos" básicos para implementar ciertas enmiendas en "el modelo".

El presidente Raúl Alfonsín hizo del diálogo un método de convivencia óptimo; jamás fue escuchado. ¿Se hará efectivo su mensaje, y el Ejecutivo, deponiendo su contumaz soberbia, acatará el mandato de los dos tercios de los ciudadanos, que exigen volver al régimen republicano, tan vulnerado?

Si el Gobierno se niega a resolver este vacío institucional, corresponderá a la oposición consumar la epopeya de reconstruir la República demolida por décadas de autoritarismos civiles y dictaduras militares. En sus propuestas electorales, ningún partido opositor omitió fijar una meta clave: la derogación de los poderes extraordinarios cedidos al Ejecutivo, casi como concesión permanente, violando así taxativas normas constitucionales y generando el manejo arbitrario de ingentes fondos del Estado.

Un país es república si se organiza sobre la base de ciertos principios esenciales: división de poderes, periodicidad de las funciones políticas, libertad de expresión, austeridad en todas las esferas del quehacer gubernamental, intervención del Congreso en la elaboración del presupuesto. Si se tiene el honor de ocupar una banca legislativa por mandato de la soberanía popular, no se debe aducir jamás que el voto opuesto a las promesas electorales estuvo determinado por un principio de lealtad al presidente. Eso constituye una traición al mandato que juró cumplir.

El olvido de muchas décadas de las instituciones de la República nutrió la creencia de que el gobierno es sólo el Poder Ejecutivo. ¿Por qué al Legislativo se lo llama primer poder? Porque su función básica es dictar leyes, es decir, los instrumentos legales que definen la naturaleza del sistema político. Estas reflexiones serán redundantes para quienes llegaron a un nivel educativo normal, pero son imprescindibles para los ciudadanos carentes de toda instrucción cívica. La aplicación del Plan Nacional de Alfabetización me llevó a convivir cinco años y medio con el mundo del analfabeto, y allí corroboré de dónde proviene la ignominia del voto cautivo, cosechado en la pobreza, la ignorancia y el pensamiento mágico.

Se sabe que fuera de estos poderes existen otros. Se los denomina grupos de presión y están integrados por corporaciones, adversas, en muchos casos, a los valores intrínsecos de la democracia. Trabajan denodadamente, en general con estudiado sigilo, no para lograr los beneficios del bien común, sino la prevalencia de sus excepcionales privilegios. Tienen siempre franca entrada en despachos oficiales y se ingenian para seducir, con resarcimientos muy generosos, a funcionarios venales y corruptos. Planifican además, con silenciosa cautela, represalias que afectan la convivencia democrática y la paz social, así como la estabilidad institucional. El Estado de Derecho constituye para esos sectores sólo un aderezo.

Si el Poder Legislativo recobra su autonomía por una auténtica vocación republicana, si responde al cumplimiento del mandato otorgado por las urnas el 28 de junio, se transformará en el reaseguro de la voluntad popular y quedarán atrás los largos años en los cuales fue sólo una máscara del PE, destinada a encubrir las arbitrariedades y las defecciones de una magistratura política exenta de decoro y muy cierta de que el soberano es el presidente de la República y los sumisos corifeos denominados ministros.

¿Volveremos a la República que un día fuimos? ¿Y si el diálogo que se ha iniciado termina siendo una escaramuza para ganar espacio y tiempo que permita al Ejecutivo, en lugar de enmiendas, profundizar "el modelo", tal como fue anunciado por un novel ministro el día de su asunción?

La convocatoria al diálogo, rechazada, ásperamente, por el Gobierno durante los seis años de su vigencia, podrá quizá lograr algún acuerdo en cuestiones subsidiarias, pero no en aquellas que quiebren el poder hegemónico impuesto por el mandato de su génesis histórica. Nada se construirá en el país si antes no se levanta la estructura institucional de la República, porque sólo dentro de ella se encontrarán los caminos para alcanzar las metas del desarrollo y el bienestar del pueblo. En este instante histórico en que se define una concepción política que trascenderá nuestro tiempo, recordemos la patriótica actitud de fray Justo Santa María de Oro, cuando en el Congreso de Tucumán de 1816 se comenzó a discutir la forma de gobierno y parecía prevalecer el criterio de una monarquía atemperada; ese humildísimo sacerdote rural, desafiando presiones dijo: "Protesto y me voy. República o nada".

La autora fue diputada de la Nación, por la Unión Cívica Radical

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