Debate clave: quién se hace cargo de la inflación

En estos días funcionarios, legisladores y abogados se tiraron por la cabeza unos a otros la Carta Orgánica del Banco Central, discutiendo alrededor del artículo 9, el que prevé los mecanismos para remover al presidente o los directores del Banco Central. Quedó en segundo plano el artículo 3, el que dice: "Es misión primaria y fundamental del BCRA preservar el valor de la moneda".
Claramente, el Central no logró cumplir con ese mandato. Desde que la inflación empezó a escalar y se intervino el INDEC, a fines de 2006, la estadística oficial marca una suba de precios del 37,9% en el período 2006-2009. Las mediciones privadas hablan, para ese mismo cuatrienio, de una inflación del 96,8%. Y este año la inflación real treparía al 18%.

El Banco Central nunca cuestionó formalmente las cifras del INDEC, aunque paulatinamente tomó distancia y abrevó en otras fuentes para calcular la inflación.

En los últimos meses acentuó sus advertencias sobre el peligro inflacionario, pero siempre puso la pelota en campo ajeno: mencionó la política fiscal (gasto público) y la política de ingresos (salarios). Nunca aceptó que la política de tipo de cambio competitivo (flotación administrada) es causal de inflación, como piensan algunos economistas.

Ahora que se llevó a la picota la autarquía del Banco Central, muchos le recuerdan a Martín Redrado que no pudo, o no quiso, desentenderse de la orden de mantener el dólar alto que el kirchnerismo mantiene desde el primer día que llegó al poder, en mayo de 2003.

Para quienes no ven con buenos ojos la labor del Banco Central, la política de acumulación constante de reservas está en el origen de la suba de precios, a partir de la obligación que tiene el Banco Central de volcar pesos al mercado para rescatar la oferta de dólares. La esterilización de parte de esos pesos mediante emisión de Lebacs y Nobacs no fue del todo efectiva.

La política de tasas bajas para incentivar el crédito tampoco dio frutos. Sucede que ante las malas expectativas inflacionarias, los bancos no se quieren arriesgar a que la inflación licue su capital, y quien pide crédito lo quiere a tasa fija. Consecuencia: desapareció el crédito a largo plazo, tanto para las empresas como para las familias.

De ahí que hoy circule entre los economistas más liberales una idea que desafía los logros que Martín Redrado se atribuye para sí: buena parte del incremento de las reservas tiene como contrapartida la recaudación, por parte del BCRA, del impuesto inflacionario. Es decir, con un dólar más barato, la inflación sería más baja, pero menor también el monto de las reservas.

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