Un debate actual sobre un ritual antiguo

Por Mario Diament

MIAMI.- Nadie sabe con certeza qué extraña urgencia originó el rito de la circuncisión, ni por qué culturas apartadas y desconectadas unas de otras coincidieron en su empeño de mutilar este estimable órgano durante milenios.

Ya los sacerdotes egipcios en los tiempos de la dinastía V se dedicaban a rebanar cuidadosamente el prepucio de los varones jóvenes como lo ilustran bajorrelieves en la necrópolis de Saqqara, 2400 años antes de la era cristiana.

Algunos grupos aborígenes de Australia practicaban la circuncisión y colgaban la piel amputada sobre los árboles totémicos.

Para los judíos, la circuncisión representa el pacto de Dios con Abraham, según describe el Génesis en el capítulo 17, y no someterse a ella equivale a la excomunión.

Los musulmanes adoptaron esta práctica por la misma razón y, considerando que Ismael, hijo mayor de Abraham y de cuya estirpe deriva el pueblo árabe, también fue circuncidado. Aunque este rito no aparece mencionado en el Corán, forma parte de la tradición oral del profeta y es practicado ampliamente en el mundo islámico como una forma de marcar el pasaje de la infancia a la hombría.

En el cristianismo, y a pesar de que el propio Jesús fue circuncidado al octavo día, en concordancia con la ley mosaica, la práctica fue declarada innecesaria por el Primer Concilio de Jerusalén (50-60 d.C.) y, en particular, después de que el apóstol Pablo comenzó a predicar entre los gentiles y advirtió la resistencia de los potenciales conversos a someterse este tipo de sacrificio.

Sin embargo, la tradición sigue viva en algunas ramas ortodoxas del cristianismo, como las iglesias copta, etíope y eritrea.

Lo cierto es que, lejos de desaparecer con el avance de la civilización, la circuncisión se ha ido expandiendo y dejó atrás, en muchos casos, su origen ceremonial para convertirse en una remoción por motivos estrictamente profilácticos.

Esto fue particularmente cierto en el mundo anglosajón, donde desde fines del siglo XIX la circuncisión se incorporó como una práctica preventiva, aunque su difusión también correspondió a las nociones prevalecientes en la época victoriana, que presumían que desalentaba la masturbación y otros hábitos igualmente perversos.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que casi un 30% de todos los varones del mundo están circuncidados; de ellos, el 70% son musulmanes. Pero en Estados Unidos, seguramente el país más empeñoso del planeta en esta forma de ablación genital, la circuncisión alcanza al 75% de los varones.

Las posturas a favor y en contra de esta práctica son igualmente fervorosas y abarcan desde razones médicas y psicológicas hasta cuestionamientos religiosos y legales. Quienes favorecen la circuncisión, como la organización Clearinghouse on Male Circumcision, que trabaja juntamente con la OMS y el programa de la ONU contra el sida (Unaids) enfatizan sus beneficios higiénicos y preventivos.

Quienes se oponen, como la Organización Nacional por la Información sobre Circuncisión, afirman que se trata de una práctica innecesaria y defienden el derecho de cada quien al frenillo como un órgano natural y protector.

Hay argumentos a favor y en contra de sus efectos erógenos y sobre el derecho de los padres a tomar una decisión sobre la integridad física de un bebe.

De ahí que los resultados de tres estudios realizados en Uganda, Kenya y Sudáfrica, divulgados la semana pasada por el Centro de Control de Enfermedades de Washington, que determinaron que la circuncisión reducía en hasta un 60% el riesgo de adquirir el virus del sida hayan agitado nuevamente las aguas de la controversia.

Sea cual fuere la postura que prevalezca en este debate, el misterio de la circuncisión seguirá acicateando la curiosidad humana. Los místicos judíos interpretaban el acto como el sello del pacto con Dios impreso en la carne. Muchos agnósticos, en cambio, se preguntan si no hubiera sido más sencillo estampar el sello en algún lugar menos susceptible.

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