Davos en los tiempos del cólera.

Por Enrique Szewach.

Desde que el World Economic Forum se reúne en la aldea suiza de Davos, a principios de los 90, el PBI mundial ha crecido un 170%. El de los países del G7 un 114%; el de las economías industrializadas de Asia un 230%. El de las economías del Asia en desarrollo un 412%; el del Africa Sub Sahara un 156% y el de América latina un 143 por ciento.

En términos per cápita, el crecimiento más espectacular correspondió al Asia incorporada al capitalismo y la globalización, 305%, mientras que en las regiones menos globalizadas y con más estatismo, como América latina, el PBI per cápita creció, apenas, un 87%. Todos estos números, obviamente, en moneda constante y comparable.

Cualquier extraterrestre, que supiera algo de estadísticas y de economía, confrontado con estos datos, no podría entender por qué, con una performance semejante de la globalización, la innovación financiera, la apertura comercial y el predominio de los incentivos de mercado, los asistentes a esta edición del Foro, no dejan de maldecir e insultar en todos los idiomas que representan, y lamentan los efectos perversos del capitalismo salvaje. Es más, no paran de hablar, sin saber muy bien a qué se refieren, de la necesidad de refundar el capitalismo.

Mucho menos entendería como el fracaso más grande del siglo XX, en materia política, social y económica, el estatismo centralizado y dirigista de derechas e izquierdas, es hoy añorado y hasta sugerido como la solución del siglo XXI.

Y tampoco entendería que hayan sido Vladimir Putin y Tony Blair, quienes defendieran con más énfasis al capitalismo y al mercado, frente a los cantos de sirena de los detractores del período de progreso más importante en mucho tiempo y el más equitativo, en términos regionales, dado que crecieron, relativamente, mucho más los países globalizados más pobres, que los desarrollados.

Pero hoy las burbujas de los precios de los activos inmobiliarios, financieros, de las commodities han explotado, y muchos de los admirados héroes de la economía de estos años, se han transformado, a la velocidad de Internet, en villanos despreciables y en chivos expiatorios de la codicia de los ahorristas y del despilfarro de los políticos, que soñaban con un mundo feliz en donde los precios de los activos siempre suben, y en donde uno se puede endeudar y gastar sin medida.

Lo antedicho no implica desconocer que estamos ante la crisis global más grave desde la década del 30, ni que son necesarias reformas de fondo en el sistema financiero internacional.

Que estamos ante el fin de una era y que muchos “vivillos de la abundancia” deberían recibir su castigo. Pero, insisto, revisando los datos, queda claro que no nos encontramos, precisamente, ante el fracaso del capitalismo y el mercado, sino, de alguna manera, ante el fracaso de la “fantasía de mercado” y de las políticas y los liderazgos construidos en torno a esa utopía.

No es moviendo el péndulo hacia el estatismo, el exceso de regulaciones y controles, el gasto público y un nuevo despilfarro de recursos, que solucionaremos los problemas. La utopía de mercado, no se soluciona reponiendo la utopía del Estado.

Churchill decía que los generales iban a la nueva guerra con las tácticas y estrategias que corregían los errores de la guerra anterior.

Después de la necesaria catarsis, los gritos y los lamentos de la reunión de Davos, quizás lo que queda más explícito es este problema. Los gobiernos, los economistas, los analistas, estamos proponiendo, como solución a esta crisis modelo siglo XXI, los instrumentos que corrigen los errores cometidos en el intento por solucionar la crisis del 30 ó la crisis japonesa de los 90. ¿Pero servirán estos instrumentos, o estamos frente al mismo tipo de error que mencionaba Sir Winston?

Y si estas soluciones no tienen el rápido efecto esperado, lo que el mundo va a necesitar en los próximos meses, tal vez años, más que refundar el capitalismo, es refundar liderazgos capaces de encarrilar a las sociedades dentro del capitalismo “real”. Capaces de separar la paja del trigo de los problemas. Capaces de evitar la tentación de las soluciones fáciles de corto plazo, a riesgo de comprometer seriamente la perspectiva de largo. Capaces de rescatar todo lo bueno de la globalización y la apertura comercial. Capaces de ceñirse a un plan de acción coherente, de bancarse los costos y de corregir sobre la marcha los errores.

Capaces, en síntesis, de evitar el “mal de los lideragos argentinos de las últimas décadas”.

Allí estará la clave de la solución para esta crisis.

Lograr este tipo de liderazgos fundacionales es posible, pero el riesgo de no conseguirlos no es menor.

En el próximo Davos, empezaremos a comprobarlo.

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