En Davos fue muy difícil encontrar a un optimista

En Davos fue muy difícil encontrar a un optimista
Por: Joseph Stiglitz

PREMIO NOBEL DE ECONOMIA, DOCENTE UNIV. DE COLUMBIA

El Foro que festejó siempre la globalización y la libertad de los mercados descubrió que el modelo tiene enormes grietas para las que aún no se han encontrado soluciones.

Desde hace quince años, concurro al Foro Económico Mundial de Davos. En general, los líderes allí reunidos son optimistas con respecto a que la globalización, la tecnología y los mercados están transformando el mundo para mejor. Pero esta vez, mientras los dirigentes empresarios compartían sus experiencias, casi se podía sentir cómo el cielo se iba oscureciendo. Uno de los disertantes interpretó ese espíritu al sugerir que habíamos pasado del "boom y la juerga" al "boom y el Apocalipsis". El consenso era que el pronóstico del FMI para 2009, dado a conocer cuando comenzaba el encuentro, en el que se anticipaba un estancamiento global -el desarrollo más bajo del período de posguerra- era optimista. La única nota positiva la dio alguien que comentó que los pronósticos del consenso de Davos casi siempre eran erróneos.Igualmente sorprendente fue la pérdida de la confianza en los mercados. En una concurrida sesión en la que a los participantes se les preguntó qué deficiencia concreta explicaba la crisis, la resonante respuesta fe: la creencia de que los mercados se autocorrigen. El así llamado modelo de los "mercados eficientes", que sostiene que los precios reflejan plena y eficientemente toda la información disponible, también recibió una paliza. Lo mismo ocurrió con la fijación de un objetivo de inflación: el centrarse exageradamente en la inflación había distraído la atención de la cuestión, más fundamental, de la estabilidad financiera. La idea de los banqueros centrales de que controlar la inflación era necesario y casi suficiente para el crecimiento y la prosperidad nunca estuvo basada en una sólida teoría económica; ahora, la crisis profundizó el escepticismo. Mientras que ninguna persona del gobierno de Bush ni del de Obama intentó defender el capitalismo desenfrenado al estilo estadounidense, los dirigentes europeos abogaron por su "economía social de mercado", forma más benévola de capitalismo con protección social, como el modelo para el futuro. Y sus estabilizadores automáticos -que hacen que automáticamente se aumente el gasto cuando aumentan las dificultades económicas- ofrecieron la promesa de moderar el giro negativo de la economía. La mayoría de los dirigentes financieros estadounidenses se sintieron demasiado avergonzados para hacer acto de presencia. Quizá su ausencia facilitó que los que sí concurrieron mostraran su indignación. Los pocos líderes sindicales que trabajan arduamente en Davos todos los años para promover una mejor comprensión de las preocupaciones de los hombres y mujeres que trabajan en el seno de la comunidad empresaria estaban enojados más que nada por la falta de remordimiento de la comunidad financiera. Una propuesta de devolución de las bonificaciones anuales pasadas fue recibida con aplausos. Algunos financistas estadounidenses fueron criticados con particular dureza por dar la impresión de que ellos también se colocaban en el lugar de víctimas. La realidad es que ellos fueron los culpables, no las víctimas, y resultó sumamente irritante que siguieran apuntando con un arma a la cabeza de los gobiernos, exigiendo gigantescos rescates y amenazando con la debacle económica si no se los implementaba. El dinero corría a las manos de los que habían causado el problema en lugar de a las de las víctimas. Esta crisis plantea preguntas fundamentales con respecto a la globalización, que supuestamente iba a ayudar a distribuir el riesgo. En cambio, ha permitido que las quiebras estadounidenses se extendieran a todo el mundo, como una enfermedad contagiosa. Sin embargo, en Davos la preocupación era que hubiera un repliegue que nos alejara incluso de nuestra defectuosa globalización, y que los países pobres sufrieran más que los demás. Pero la cancha siempre ha estado desnivelada. ¿Cómo podían competir los países en desarrollo con los subsidios y las garantías de los Estados Unidos? ¿Cómo podía un país en desarrollo defender ante sus ciudadanos la idea de abrirse aún más a los bancos poderosamente subsidiados de los Estados Unidos? Al menos por el momento, la liberalización del mercado financiero parece muerta. Las desigualdades son obvias. Aun cuando los países pobres estuvieran dispuestos a garantizar sus depósitos, la garantía significaría menos que la de los Estados Unidos. Esto explica en parte el curioso flujo de fondos desde los países en desarrollo a los Estados Unidos -donde se originaron los problemas del mundo. Además, los países en desarrollo carecen de los recursos necesarios para implementar las políticas masivas de estímulo de los países avanzados. A esta letanía de inquietudes podemos agregar que en Davos, aquellos que confiaban en que Estados Unidos no licuaría su deuda a través de la inflación de manera intencional tenían la preocupación de que esto ocurriera de manera no intencional. Había poca fe en que la mano no demasiado hábil de la Reserva Federal estadounidense pudiera manejar el enorme crecimiento de la deuda y la liquidez. El presidente Obama parece estar dando un muy necesario espaldarazo al liderazgo estadounidense tras los oscuros días de George W. Bush; pero el estado de ánimo que imperaba en Davos indica que el optimismo y la confianza pueden tener corta vida.

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