Datos "testimoniales" que acaban estallando.

Solo a fines de acercar el embrollo iraní a estas playas digamos que allá también hay una concepción testimonial de la política. En otras palabras, hay una inflación baja testimonial y no del 24% como indican las estadísticas; la desocupación no es del 12% sino testimonialmente inexistente y la economía no está estancada sino que crece con entusiasta viento de cola.
Esa condición testimonial de las cosas parecería que acaba de contaminar las elecciones con un resultado acorde a la noción de que la realidad no es más que una creativa arcilla. Esto no sólo parecería advertirse por las denuncias de fraude que atragantan a la oposición. Sino por el peso de datos que tornan al menos raro el resultado de las urnas.

El presidente reelecto Mahmud Ahmadinejad venía empatado con sus opositores en la campaña debido a multitud de problemas que jaquean a su gobierno, particularmente sociales. Dado los subsidios y bonos que este líder demagogo y grandilocuente reparte entre los más pobres, sus votantes cautivos, se podía esperar que perdiera o ganara por una diferencia mínima y pasara a segunda vuelta.

El resultado fue, sin embargo, un abrumador 62 a 34%. ¿Por qué ese premio?. Es casi el mismo salto sin red que logró en 2005 cuando reunió 19,4% en la primera vuelta y ¡61,6%! en la segunda. Entonces también hubo ruidosas sospechas.

¿Qué pasa aquí? Veamos. No todas las revoluciones son progresistas. La iraní menos y no lo es tampoco porque esté enfrentada a EE.UU. Esta teocracia reduce la libertad individual, recorta el espacio de crecimiento de la mujer y manda al cadalso a quien defienda los valores laicos de la sociedad.

El principal rival de Ahmadinejad, el ex premier Hossein Musavi es un duro histórico que no va por una vía muy diferente a la de los conservadores que fundaron este modelo. Le incorpora sí una visión más amplia y moderna del lugar que Irán está obligado a jugar como potencia regional para salvar la revolución. Musavi no detendría el plan nuclear, al cual su país, por cierto, tiene derecho, pero tampoco estaría proclamando la destrucción de Israel o la negación del Holocausto.

La victoria de Ahmanidejad lastra a Irán debido a que el presidente no tiene un plan para resolver la amenaza social y continuará licuando esos problemas internos provocando a sus enemigos externos. Esa perspectiva es más grave si su victoria es producto de un fraude y motivada en custodiar, al estilo del final corrupto de la URSS, los intereses de una elite de privilegiados. La enorme masa de jóvenes estafados no se quedará quieta y el país se desestabilizará aún más. El escape nacionalista puede ser la llama en la pólvora.

Para Barack Obama, que ha insistido en negociar con Teherán y debe domar a un Israel fundamentalista, este resultado multiplica el desafío y, lo peor, amenaza desbaratar todos sus planes para Oriente Medio.

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