Daniele, el soldado de Juez

Rubén Daniele está mortificado. El intendente lo colocó en un brete complicado justo cuando él menos lo quería. El anunciado recorte de horas extras y de prolongaciones de jornadas le impuso una inesperada agenda de confrontación y violencia con las autoridades municipales y esto -presume- no resulta neutro en la campaña de su aliado Luis Juez.

Su mortificación se comprende por las consecuencias inmediatas del conflicto municipal. Si acompaña a su escalada, será inevitable su utilización política por el PJ, la UCR, el kirchnerismo, el centro y la izquierda, partícipes de un raro consenso sobre que Juez debe ser desgastado a toda costa; por el contrario, si trata de contenerlo para no complicar a su socio político desde un flanco al que resulta particularmente vulnerable, corre el riesgo de ser superado por sus bases. Esta disyuntiva lo aflige sobremanera.

Tal como publicó LA MAÑANA en su edición de ayer, la reacción del líder sindical ante el ajuste de Giacomino intentó ser acotada, casi minimalista. "Sin laburar pero sin hacer quilombos", fue la prudente instrucción impartida ante la asamblea de los municipales.

Si el Suoem fuese una organización militar, la orden hubiera sido plenamente funcional tanto a Juez como a Daniele. Con la Municipalidad parada pero en calma, el intendente hubiera tenido que explicar nuevamente los excesos sindicales desde una posición teórica, mientras su antecesor continuaba de campaña sin sobresaltos. Pero, y afortunadamente para Giacomino, los municipales se asemejan más a una anárquica milicia partisana que a un disciplinado batallón alemán. Bastó que la tropa abandonara el polideportivo del gremio para que estallaran espontáneamente las hostilidades -por supuesto, en horarios laborales. En los hechos, los propios afiliados transformaron el mandato de Daniele en letra muerta.

Esto quedó en evidencia durante la mañana de ayer, cuando buena parte de las reparticiones se lanzaron a una frenética competencia de desmanes. Calles cortadas, puentes tomados, amenazas de muerte a funcionarios y sus familias (como el caso del secretario Daniel Rey, también empleado municipal), fueron sólo algunos de los ejemplos de la monocorde panoplia de estragos a los que el Suoem nos tiene acostumbrados. Desde las épocas de Germán Kammerath que no se veía semejante beligerancia. En el medio, un Daniele impotente para sofrenar los excesos de sus conducidos, justo ahora que Juez le ruega que no lo complique en su derrotero triunfal.

Muchos podrán preguntarse si el secretario general no tiene, acaso, el poder suficiente para imponer orden a las turbamultas gremiales, pues no en vano es presentado invariablemente como el todopoderoso mandamás del Suoem. Y la respuesta es necesariamente ambigua, pues su poder es dual, bicéfalo. Cuando debe chocar con el intendente de turno, tiene un poder de veto factual, inapelable; sin embargo, no le es posible ejercer semejante facultad a sus conducidos, dado que su liderazgo interno es siempre condicional. A diferencia de Moyano, por ejemplo, que es capaz de imponer una severa disciplina a sus camioneros, Daniele debe ejercer de intérprete de los diferentes lenguajes de poder que hablan múltiples delegados con intereses dispares. En la actual disputa, por ejemplo, quienes se sienten más agraviados por las iniciativas de Giacomino son los empleados de Bajo Grande, quienes no tienen dudas de la necesidad de radicalizar la protesta e instan -con éxito- al resto de sus compañeros a que los acompañen en la pelea. Daniele se limita, entonces, a auscultar las tendencias existentes en el cuerpo de delegados y "bendice" lo que su olfato le indica como la posición mayoritaria.

Es por ello que, en la práctica, sea tan difícil negociar con el Suoem. El gremio tiene una estructura federativa, en donde su secretario general hace las veces de escribano de consensos internos siempre provisorios. Desde Kammerath hasta Giacomino se sabe que cualquier tipo de acuerdo con este sistema de toma de decisiones es muy complejo de lograr y demasiado fácil de aniquilar. Es por eso que, cuando debe realizarse alguno de los inevitables ajustes que impone la perversa dinámica de la estructura municipal, los intendentes prefieren anunciarlos por los medios antes que negociarlos previamente con el sindicato. No hay responsabilidad posible en una organización cuyo supuesto líder no puede mantener los compromisos más de 48 o 72 horas después de firmados. El resultado es que cualquier repartición con su delegado a la cabeza puede generar un conflicto de enormes proporciones por temas relativamente secundarios, aunque no decimos que éste sea el caso actual.

Descontrol y legitimación

La ciudad es consciente que cuando el Suoem se desboca, cualquier cosa puede pasar. Daniele y Juez también lo saben. Por eso, en el cálculo originario de ambos no estaba el destrozar a la administración de Giacomino mediante un ataque directo contra su gobierno pues, a diferencia de Kammerath, la opinión pública parece acompañar al intendente en este trance. Por ello se explica el temor compartido sobre que una escalada descontrolada de sucesos podría afectar al líder del "fin del choreo". En tal contexto, los trabajadores con "relaciones maravillosas" nombrados precisamente por Juez podrían transformarse en sus descontrolados adversarios electorales.

Pero, ¿quién le pone el cascabel al gato? Aunque Daniele intente pacificar los ánimos, hasta el último de los empleados del Suoem cree que los recortes de Giacomino tiene la entidad de una yihad islámica. En los corrillos, se apuesta doble sobre sencillo que sobrevendrán días aciagos en las calles cordobesas, allende los deseos personales del caudillo sindical. Para colmo el intendente, con cierta astucia, insiste en confirmar sus decisiones y se muestra ligeramente irreductible, lo que irrita aún más los ánimos barbáricos de los gremialistas. Es que, mientras éstos sólo atinan a ver el recibo de sueldo recortado a fin de mes, Giacomino aspira a reconvertir el conflicto en un discurso de legitimación para su maltrecha gestión, con Juez como el demiurgo de todos sus padecimientos financieros. No deja de ser una tentación absoluta el asociar al supuesto campeón de la decencia, con los intereses y acciones de los vándalos más irredentos que la ciudadanía parece obligada a soportar por estos tiempos y, a su vez, mostrarse como un involuntario bombero de una situación heredada.

Daniele está mortificado. Está obligado a comportarse -otra vez- como un Atila gremial, líder de desmanes y "quilombos" al por mayor. Pero, a diferencia de otras veces, visualiza perfectamente que sus acciones acarrean potenciales daños electorales. No para los vecinos, al fin y al cabo rehenes históricos del Suoem. Está claro cuáles son sus prioridades •

Comentá la nota