El curioso caso de José

Alperovich está encerrado en su propio laberinto. Lo que quiere, lo puede, pero él mismo lo puso en duda. La re-re se puede atascar por los miedos y por no planificar.
Alperovich, ¿habrá comenzado a vivir los primeros dos años de lo que le resta a su vida de gobernador o habrá iniciado los dos últimos años del final de su historia como mandatario provincial? ¿Qué guardará la implacable, pero irreverente memoria de los tucumanos, cuando alguien refiera el nombre del actual conductor de los destinos de Tucumán?

Estos dos largos interrogantes no son la construcción vaga del desafiante y benevolente balance que impone el fin de año. Son las preguntas que atesora en algún cajón de su conciencia el propio gobernador.

Las respuestas tampoco son el sencillo boceto de su destino sino la laberíntica estructura sobre la cual deberán hacer equilibrio más de un millón y medio de habitantes. Las preguntas no forman parte del delirio irreverente de la noche en la que se durmió para siempre 2009, sino, por el contrario, repiquetean en la cabeza del gobernador como la ducha bajo la cual, todas las mañanas, diseña su poderosa agenda.

Aunque quiera, Alperovich no puede obviar esas cuestiones. El inexorable destino lo pondrá en esas encrucijadas y alguna respuesta deberá dar.

El tiempo, ese enemigo irreductible, le repetirá una vez más las preguntas y no podrá callarse.

Buceo en profundidades

En un ejercicio de indisciplinada soberbia se puede bucear en las profundidades del pensamiento alperovichista. La primera respuesta no tendrá sentido si no logra una explicación -que además lo deje conforme- sobre la segunda.

Alperovich aún no ha escrito la página histórica, esa que aún amarillentas y gastadas siguen brillando en la memoria. No le gusta que lo comparen con nadie y menos con Celestino Gelsi que después de ver erguida la mole del dique El Cadillal se preguntaba qué iba a pasar con el agua en el 2000. Gelsi no tenía la burocrática paciencia del conformismo de aquel que necesita del bronce para ser.

El espejo, despiadado testigo de los actos, le devuelve imágenes incómodas para las ambiciones de José. La empleomanía que deformó la austeridad peronista de Fernando Riera destella con irreverencia. Tampoco puede evitar que el cristal dibuje con frialdad la silueta de "Palito" Ortega. Fue la era de la oportunidad perdida. El rey de la canción era el mejor alumno y el gran intérprete de Domingo Cavallo y de Carlos Menem, pero fue eso nada más. Y sólo quedó el recuerdo que se pierde con tanta velocidad como con la que se circula por la avenida Perón de Yerba Buena. Los que saben de su falta de entonación se anotan entre los detractores que prefieren no olvidar esa gestión que no pudo frenar la aplanadora bussista.

Alperovich quiere que el espejo se amolde a su propia imagen y semejanza. El político como el hombre tienen un destino gregario ineludible. Tal vez ya no lo recuerde, pero él cabalgó desbocado sobre la maltrecha imagen de Julio Miranda para enseñorear sus primeros años de gestión.

Mientras el desocupado ex senador se sacude las pelusas K y despide el año en reuniones con ropaje duhaldista, el gobernador tucumano imagina su futuro inmediato.

Como cualquier hombre que llega al máximo escalón del poder añora no terminar preso. Algo de lo que no pudo zafar el verborrágico ingeniero José Domato. Alperovich sueña poder caminar por la calle como cualquier tucumano más y si es aplaudido cuánto mejor. A Domato suele vérselo recorrer las transpiradas y obstaculizadas arterias céntricas. El ex gobernador puede pasar inadvertido, pero no pasa incómodos calores en su peregrinar.

La posibilidad de ir preso a veces no depende tanto de la gestión sino de quién vendrá. Domato tuvo la cinematográfica gestión del interventor federal Julio César Aráoz y De la Rúa encontró la prepotente pared de los K, algo de lo que no se puede quejar Eduardo Duhalde.

Para cumplir estos requisitos, Alperovich necesita de la trabajosa habilidad del alfarero para modelar a su sucesor y la obra egregia que todo lo borre, que todo lo olvide.

Cuando se le pregunta, el gobernador tucumano dice ser feliz y siente que su corazón se contenta cuando la pobreza encuentra un guiño en una unidad habitacional o en un cordón cuneta. Pero debe saber que eso alcanzó para el principio, aunque no será combustible para el final.

Ese es el símbolo de su gestión. Muchas obras pequeñas que abarquen a la mayor cantidad de habitantes y que comprenda a la mayor cantidad de empresarios posibles. Dejar a todos conformes, pero no conforma a nadie al mismo tiempo.

Esta descansada semana el gobernador planificó: "el año que viene hay que recuperar el terreno perdido con la clase media". ¿Eso, llevará implícita la modificación de su política récords en votos? ¿Anunciará la gran obra que no hizo en tiempos de vacas gordas? ¿Tomará alguna distancia de los K que lo obligaron a recibir cascotazos por el enfrentamiento con el campo? ¿Revisará su displicencia hacia las instituciones?

Una de las emociones que dejó 2009 fue la recreación fílmica de "El curioso caso de Benjamin Button". El autor, Francis Scott Fitzgerald, comentó que inspirado en Mark Twain buscó construir una metáfora a partir de la idea de que lo mejor de la vida ocurre al principio de ella y lo peor al final. Uno de los momentos de mayor ternura -y tensión- es cuando los protagonistas se miran en el espejo sabiendo que un segundo después uno empezará su rejuvenecimiento fatal y el otro su envejecimiento, también fatal. Es el instante de la crisis. Ahí está Alperovich hoy: su gestión puede empezar a ser más joven y ágil o volverse más vieja y sin reflejos.

Bumerán asesino

Un ejemplo del irrespetuoso y avasallante trato hacia las instituciones tucumanas fue lo que ocurrió con el Consejo Asesor de la Magistratura. El CAM provocó hilarantes y desbocadas reacciones del titular del Poder Ejecutivo. Fue una filosa daga que partió en dos a los jueces. Incluso dejó la sensación de que hay magistrados oficialistas y otros opositores, la peor estigmatización que pudo haber ocurrido. Esta institución bastardeada y pisoteada mágicamente fue un bumerán que golpeó en la espalda a Alperovich y puede convertirse en un ejemplo, a pesar de él y no gracias a él. Hay más ejemplos parecidos en seis años de trabajo.

Esa es la imagen que se esfuma como en un espejo empañado después de la ducha.

Si Alperovich logra borrar de la frágil y complaciente memoria de los tucumanos sus dolencias institucionales podrá tal vez contestar la primera pregunta.

Alperovich dice que siente feliz siendo gobernador. Abre los brazos y repite: "es el mejor trabajo que tuve". Si por él fuera repetiría la re-re todas las veces que pudiera.

El gobernador, como buen político, tiene dificultades para pensar, decir y hacer lo que piensa sin que se le atraviese el rayo del temor por el qué dirán. La carga de esa energía la dan o el polo positivo de los "sijosesistas" que quieren seguir a su lado o el polo negativo de aquellos que lo confunden advirtiéndole cómo lo atacarán. Por eso nunca dijo "quiero la reelección definitiva" cuando le hicieron la Constitución casi a medida. Salvo el ministro de Gobierno Edmundo Jiménez nadie se sinceró sobre las ventajas de poner la reelección para siempre. Peor aún, le armaron un vestido al que se le revientan los botones y pusieron una cláusula transitoria pensada para él y no para todos los ciudadanos en la que se especifica que los ocho años de gobierno se contarán como cuatro sólo por esta vez y para algunos privilegiados. Otra vez la mala calidad institucional y las reglas poco claras. El bumerán vuelve dando vueltas y puede cortar cabezas si es que la Justicia no actúa con benevolencia, virtud que no necesariamente debe cargar la señora de los ojos vendados.

Alperovich tiene las respuestas para las dos preguntas iniciales, pero, por primera vez, en sus más de tres lustros de político no puede asegurar que su palabra se cumpla. Por suerte -o por desgracia- para él, en la vereda del frente no hay nadie parado para hacérselo notar.

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