"Cumplí los mandatos de hija"

La diputada peronista, hija de Aldo Rico, fue a un colegio de monjas y se casó con un militar. Pero ahora está divorciada, dejó de ir a misa, apoya el matrimonio entre homosexuales y hace terapia. Dice que aprendió a plantear sus propias ideas ante su padre.
"María del Carmen es el nombre que figura en mi documento, pero yo soy Manola", aclara la diputada nacional del Frente para la Victoria e hija del ex militar Aldo Rico. Apenas comienza a cebar el primer mate en el comedor de su casa del barrio privado Los Berros, en Bella Vista, la joven política ahonda en su explicación sobre su nombre. "Si me dicen María, no me doy vuelta. Es como si estuvieran llamando a otra persona. No me reconozco, no forma parte de mi identidad", explica de modo taxativo la legisladora de carácter afable y sonrisa fácil.

–¿La cansa tener que diferenciarse todo el tiempo de su padre?

–No, ya forma parte de mi vida. Lo hago con orgullo, porque las posibilidades que he tenido en mi vida política me las ha dado él. Es más, me gusta que reconozcan que tengo posiciones diferentes a las de mi papá.

–Usted ¿cómo se definiría?

–Como una mujer peronista y militante, no sólo a nivel político sino también a nivel de género. Yo era una persona que despotricaba contra el feminismo y, con el paso de los años, me he dado cuenta de que soy una militante de género. Igual, la definición de mujer incluye muchos aspectos.

–¿Qué significaba ser mujer cuando era más joven?

–Es probable que haya sido medio Susanita. Me casé muy joven y me fui a vivir al interior. Dejé mi carrera para casarme e hice otra carrera que no quería. Cumplí los mandatos, aunque nunca me dijeron a qué edad me tenía que casar. Mi ex marido era militar y dentro de ese ámbito la mujer cumplía un rol que no era precisamente el que yo cumplo ahora.

–Casarse con un militar ¿era parte del mandato familiar?

–¡Qué sé yo! Una hace terapia. (Risas) Tendría que seguir profundizando esa terapia. Es probable que fuera parte del mandato. Yo tengo una relación bastante especial con mi papá. Tengo una profunda admiración por él y, en muchos aspectos, he cedido mucho, aunque no estuviera de acuerdo, con tal de que él estuviera orgulloso de mí. Tal vez no le planteaba mis posiciones por temor a no cubrir sus expectativas. Hoy me doy cuenta de que es al revés, que uno las cubre mucho más planteando cuáles son sus pensamientos.

–Sus discusiones ¿siempre estuvieron circunscriptas a lo político?

–En los últimos años sí, pero no al punto de pelearnos. Hemos podido preservar la relación padre-hija, trato de que la cuestión política no afecte lo personal.

–¿Hay algún tema que le haya costado hablar con sus hijos?

–Me costó plantearles la separación con su papá. Después me di cuenta de que eran más los fantasmas que yo tenía que otra cosa.

–Usted está a favor del matrimonio gay y de la despenalización del aborto, ¿cómo compatibiliza eso con su catolicismo?

–Fui a un colegio de monjas y mis hijos van a colegio católico, pero yo ahora no soy practicante. Hay cosas que no comparto con la Iglesia, por eso no voy a misa y no tengo la mejor de las relaciones con los sacerdotes. Además, en las cuestiones de Estado hay que tener en cuenta los valores, que son comunes para todos: la verdad y la libertad. Eso no tiene nada que ver con una religión en particular. Por supuesto que en estas cuestiones pesan mucho las creencias de cada uno. Todo tenemos los mismos derechos.

–En el Congreso, usted ha trabajado temas vinculados con la educación sexual, ¿recuerda de dónde le llegaron las primeras informaciones sobre la sexualidad durante su adolescencia?

–Estaba en la secundaria. Iba a un colegio católico y nos daban clases de educación sexual y nos enseñaban el método Billings, es decir, directamente no debíamos tener relaciones. En cuarto año, cuando estábamos con las hormonas a full, un médico nos decía que el espermatozoide atravesaba el calzoncillo y que si la mujer estaba en el día fértil, quedaba embarazada. El bidet era otro tema, por lo tanto había que cuidarse de no compartirlo con los hermanos varones.

–¿Se acuerda de haber creído en algún mito disparatado referido al sexo?

–Que hacía mal masturbarse. Desde lo moral, era algo malísimo. Era pecado. Yo hablo bastante con mis hijos porque ellos van a un colegio católico y, cuando les enseñaron educación sexual, todo era pecado. Otra cosa que me acuerdo en relación a la religión es que cuando estaba en el colegio una alumna falleció en un accidente de tránsito y nosotros le preguntamos a una hermana si esta chica se había ido al cielo. Ella nos contestó que si se había confesado antes, seguramente sí; pero que si no estaba confesada, no. Eso me resultó algo feo porque generaba temor a Dios.

–En su escuela, le generaron temor a Dios y también le decían que el sexo era pecado, entonces, ¿por qué manda a sus hijos a un colegio católico?

–Porque, en la época que elegí el colegio de los chicos, era media Susanita. (Risas) No me puedo quejar porque es un colegio que me contiene como madre. Las cosas que no comparto en cuanto a la educación se las planteo a mis hijos.

–¿Hay un antes y un después en su vida luego de comenzar a hacer terapia?

–Antes me centraba más en el presente, mis hijos chiquitos, mi trabajo, y no tenía una militancia política activa. En todas las etapas de mi vida siempre elegí; quizás en los últimos años fui más radical en las decisiones que tomé.

–¿Se siente la oveja negra de la familia?

–No. Tal vez mis planteos sobre la despenalización para la tenencia de marihuana, la despenalización del aborto y el matrimonio de las parejas del mismo sexo podrían hacerme ver como la oveja negra de la familia.

–Tiene un hermano de tres años del segundo matrimonio de su papá, ¿cómo es su relación con él?

–Buena. La única dificultad es que no sé si vamos a poder construir una relación de hermanos por la diferencia de edad.

–¿Está pendiente de su estética?

–Sí, hago gimnasia y trato de cuidarme en las comidas. A veces eso resulta difícil porque me gusta comer mucho, por ejemplo, me encanta la torta frita que hacen mis compañeros. Fumo mucho y mi vida es relativamente sedentaria.

–¿Tiene complejos?

–No. Antes tenía complejo con mi altura, porque era demasiado alta, y después la asumí. El metro setenta y cuatro me generaba mucho conflicto para conseguir novio durante la adolescencia. Ahora ya no tengo complejos, tal vez me puede gustar más o menos una parte de mi cuerpo, pero nada más.

–¿Cuál es la parte que menos le gusta de su cuerpo?

–(Risas) De la cintura para abajo. Tengo demasiado traste. Pero bueno, lo tengo, es mío. ¡Y eso no es por la torta frita! (Risas).

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