Cumbres paralelas

Por M. Grinberg.

La capital de Dinamarca acaba de ser escenario de un acontecimiento que, durante dos semanas, atrajo la atención mundial.

La capital de Dinamarca acaba de ser escenario de un acontecimiento que, durante dos semanas, atrajo la atención mundial: no apenas la búsqueda de una respuesta global a los desafíos del cambio climático, sino también la crisis terminal del liderazgo político tradicional. Se quebraron múltiples reglas de las cumbres de la ONU –en especial, la toma de decisiones por consenso– y ni siquiera se pudo sacar la típica foto de familia de los protagonistas del evento.

Líderes de las mayores potencias económicas y de las principales naciones emergentes de esta época, secundados por jefes de Estado de variados países en vías de desarrollo, trataron de redactar un acuerdo imposible en torno de dilemas "ecosociales" que la entidad viene enfocando desde 1992 sin lograr un protocolo superador.

De casi 200 mandatarios posibles, solamente 119 concurrieron a Copenhague. Singulares fueron las ausencias de algunos gobernantes, que fueron representados por sus ministros de Relaciones Exteriores o del Medio Ambiente. En el caso de Latinoamérica, eso ocurrió con la Argentina –otrora líder en esta materia–, Chile, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Paraguay, Perú y Uruguay. Tampoco asistieron los titulares de las nueve mayores productoras de petróleo que poseen un 44 por ciento de las reservas conocidas: Angola, Arabia Saudita, Azerbaiyán, Irak, Kazajstán, Libia, Omán, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos. Lo mismo ocurrió con Suiza, considerada per cápita como una de las naciones más ricas del globo, y Ucrania, que figura entre los veinte países más contaminadores de la Tierra.

La prensa internacional cubrió durante trece días con amplitud los tironeos sectoriales oficiales que en la etapa final desembocaron en una epidérmica y denostada propuesta de Estados Unidos, China, Brasil, India y Sudáfrica, pero no demostró interés en documentar el ideario de los movimientos sociales que, bajo la consigna "cambiar el sistema, no el clima", llegaron a reunir a 100 mil manifestantes en las calles. Trascendió la violenta represión policial de las pacíficas demostraciones civiles, pero no la contundente plataforma redactada durante el Klimaforum, la cumbre paralela.

La activista canadiense Naomi Klein manifestó allí: "Todo el proceso gubernamental está fallido por su énfasis en el mercado de carbono y otros mecanismos de índole financiera. El discurso del cambio climático ha sido asaltado por tecnócratas y se ha vuelto en extremo exclusivo. Resulta preciso rechazar el modelo con el que se manejan las negociaciones en el marco de la convención". No fue por azar que numerosos documentos de los grupos de protesta evocaran la insurrección generacional de 1999 en Seattle (EE.UU.) contra la Organización Mundial de Comercio. En la reciente cumbre de Copenhague, el movimiento altermundista de los foros sociales mundiales confluyó con el quórum ecologista que exteriorizaron nuevos líderes "verdes" como el sudafricano Kumi Naidoo.

Pero eso no fue todo. Desde la ECO 92 de Río de Janeiro, y en el seno de la ONU, las corporaciones transnacionales actúan como un poderoso grupo de presión dotado de inagotables dólares para financiar una vasta red de "sectores independientes" que inciden en las decisiones del organismo mundial. La coalición Corporate Europe Observatory –véase en internet– ha documentado sin cesar tales maniobras geopolíticas, iniciadas en 1997 con una donación a Naciones Unidas de mil millones de dólares efectuada por el magnate Ted Turner, y formalizadas en 1999 por el entonces secretario general de la ONU, Kofi Annan, ante el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, bajo la denominación Pacto Mundial. Sus líderes corporativos tienen prevista una cumbre sobre "una nueva era de sustentabilidad", el 24-25 de junio de 2010 en Nueva York, presidida por el actual secretario Ban Ki-moon.

Uno de los principales ideólogos de esta cumbre europea permanente es el poderoso periodista danés Erik Rasmussen, presidente de una alianza llamada Copenhagen Climate Council, que el pasado 12 de diciembre convocó a una selecta asamblea de ejecutivos en el castillo de Kronborg, situado al norte de la capital de Dinamarca. ¿Su intención? Pues, "llenar el vacío de liderazgo y guiar la economía hacia un mercado global de carbono".

En Estados Unidos, con enorme peso en las decisiones que se toman en el Senado y en la Cámara de Representantes, sus contrapartes son la US Chamber of Commerce, la American Coalition for Clean Coal Electricity y el American Petroleum Institute.

A la par de riesgosos programas de bioingeniería –como la siembra de azufre en la atmósfera o de sulfato de hierro en los océanos–, la meta parecería alquímica: convertir el carbono en oro.

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