Una cumbre a la sombra de Marx

Justo cuando los ojos de las clases políticamente conscientes están clavados en la cumbre del G-20 tal vez resulte extraño comenzar este artículo con un pensamiento de Karl Marx. Al padre del comunismo tal vez no le habría resultado fácil entender que el capitalismo siguiera vivo un siglo y medio después de sus principales escritos y que los principales gobiernos del mundo se congregaran para tratar de remendar el sistema del mercado internacional.
A decir verdad, Marx subestimó la capacidad del capitalismo para reinventarse una y otra vez, y demostrar, pese a todos sus defectos, que era preferible a otros "ismos". De todas maneras, pese al fracaso de las predicciones de Marx, vale la pena rescatar partes significativas de su análisis económico. En particular, cómo comprendió que, si bien es cierto que los cambios tectónicos de "las fuerzas de la producción" a más largo plazo avanzan a un ritmo distinto de las actividades frenéticas semana a semana de los gobiernos y los soberanos que ocupan la "superestructura", tienen un impacto histórico más importante que cualquier declaración de un grupo de jefes de Estado.

Lo mismo va a suceder con la conferencia del G-20 en Londres. Habrá resoluciones de ésas que ponen contentos a los medios del mundo. Pero dos propuestas en especial tienen pocas probabilidades de terminar en declaraciones intergubernamentales tan agradables. La primera es la idea de que el peculiar rol del dólar estadounidense como divisa mundial predominante debe ser modificado.

Más allá de que los defensores de esta propuesta hablen de crear una "canasta de monedas" reconocida o de inventar una unidad de cuenta sintética llamada Derechos Especiales de Giro, todos saben que no se trata de una simple modificación técnica de monedas ponderadas: se trata de tirar un poco el dólar estadounidense para abajo y, con él, la capacidad de Washington de dárselas de sargento en el mundo, en especial el económico.

Destacadas figuras chinas hablan del tema desde hace tiempo. Hay sentimientos rusos que también respaldan la idea. No ocurrirá, al menos no en la Cumbre de Londres. Se presentan problemas técnicos serios, además de los genuinos temores del mercado de que pueda haber una corrida del dólar. Más importante aún, sería políticamente imposible para la nueva administración Obama volver a Washington rodeada de titulares incendiarios como "El dólar destronado del primer lugar".

El segundo tema delicado puede llegar a ventilarse más y se trata del equilibrio de poder en la cúpula del FMI. Todos coinciden en que debería recibir muchos más recursos que en la actualidad para ayudar a los Estados y monedas vapuleados. Y esperan que el mayor poseedor de reservas de divisas del mundo, China, también haga una abultada contribución. ¿Pero, por qué, se preguntan los chinos entre bambalinas, van a transformarse en un banquero importante para una institución a la que apenas acaban de incorporarse y que claramente se inclina en su cultura hacia el sistema capitalista occidental? Si se les pide a China y a otros países capitalistas que aporten porciones más grandes de las tenencias totales de préstamos del FMI, ¿no deberían acaso ocupar un espacio mayor en el órgano de gobierno?

Los lectores ven hacia dónde va este artículo. Una cosa es que los líderes de los países y las instituciones financieras más importantes del mundo se reúnan en Londres y traten de impedir que la depresión internacional empeore. Si todos pueden parecer una familia feliz, resultará mejor todavía. Pero otra cosa es suponer que, mediante estos procedimientos políticos importantes, las cosas pueden volver a la "normalidad", es decir, al mundo antes de que estallara la crisis. Por debajo, las placas tectónicas económicas -las "subestructuras" a menudo ridiculizadas por Marx- siguen moviéndose, alejándose de Occidente y hacia las partes exitosas del Resto.

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