Es la cultura, estúpido

Por Osvaldo Bazán.

0.07% es un poquito así más que nada. No entra en las estadísticas. 0,07% del presupuesto nacional es lo que los poderes constitucionales argentinos destinarán este año a la cultura

0.07% es un poquito así más que nada. No entra en las estadísticas. En una encuesta no figura ni como margen de error, no es ni daño colateral.

0,07% no es.

Pero es.

0,07% grita con su vocecita chiquitita de 0,07%. 0,07% se desgañita pero nada. Hace años que nadie escucha.

0,07% da cuenta de lo que no importa. De lo que se desprecia.

0,07% del presupuesto nacional es lo que los poderes constitucionales argentinos destinarán este año a la cultura.

Supongo que no hará falta caer en la discusión de "quieren plata para cultura pero no hay gasa en los hospitales", una disyuntiva falsa y simplista que sirvió a lo largo de, por decir algo, la última mitad del siglo XX y lo que llevamos del XXI para que Cultura no tuviera presupuesto y los hospitales continúen sin gasa. Nunca nadie explicó por qué carriles del pensamiento se llegó a colegir que el dinero que no se invierte en planes culturales se destina a la compra masiva e indiscriminada de gasa hospitalaria. La cultura es la cultura e implica, por ejemplo, gasa en los hospitales. Quienes suelen argumentar con "¡gasas sí, libros no!" son en general gente a la que no le falta ni una cosa ni la posibilidad de acceder a la otra. "¿Para qué quieren cultura? ¡Denles gasa a los pobres, y que se arreglen! ¡Dejen la cultura para nosotros, que no estamos desesperados por las gasas!", dirían si pudieran. Pensándolo bien, no, no creo que lo digan. A los defensores de la gasa a mansalva la cultura los tiene sin cuidado. Es apabullante el desinterés de la burguesía argentina por todo aquello que no sea simplemente decorativo. Amalita compró cientos de cuadros y los puso en un museo, pero tan sin ton ni son que no se puede ni hablar de un recorrido, de una lógica, de una curaduría. Compró como quien va al almacén: "Dame dos kilos de Warhol y medio de Picasso que siempre luce. Y poneme un Kandisnky que me haga juego con los zapatos". Entre los escritores contemporáneos argentinos, prácticamente no hay ninguno que venga de las clases altas. Casi no hay pensadores argentinos ricos, si exceptuamos a los economistas. Estamos hablando de gente que puede acopiar todo tipo de conocimiento, curso, clase, grado y posgrado acá y en el extranjero sin tener que preocuparse por el sustento diario. Mucho menos por las gasas. Pero no les interesa. En general, la burguesía argentina es de una chatura impresionante. ¿Alguien escuchó a Macri o a De Narváez hablar de su biblioteca? Consideran caro un libro a 45 pesos. Usan calzones de más de 100 pesos. El desprecio por los libros es notable en nuestras capas medias altas. Caminen –si los dejan– por un country, de esos de enormes casas vidriadas para pavonearse a ver quién tiene la chaise longue más larga. Se ven menos bibliotecas que bikinis en Afganistán.

Mientras tanto, acaba de irse otro secretario de Cultura que no será recordado por casi nada. José Nun terminó con casi cinco años de gestión en los que no logró llevar a la función pública ni siquiera una parte del prestigio que ganó limpiamente como politólogo. No es el único al que le pasó. Ni Torcuato Di Tella, ni Rubén Stella ni Pacho O’Donnell, por nombrar sólo algunos, lo lograron. Había también una señora en la época de Menem, pero como no tenía prestigio previo no se puede hacer la comparación. Era Beatriz Gutiérrez Walker, a la que se le descubrió que los peinados que le hacía Rubén Orlando, todas las ropas brillantes que usaba y hasta los gastos del Duty Free Shop los pagaba con el presupuesto de Cultura de la Nación. Sacando a esta señora que ya era un caso perdido antes de comenzar, todos los demás terminaron destiñéndose en la actividad pública. Con mayores o menores aciertos, sus nombres siguieron siendo más importantes que el cargo que ocuparon. No parece haberle agregado nada al currículum previo el paso por el lugar –teóricamente– en el que se podrían poner a rodar políticas que den sentido a una manera de ver y ser ciudadanos en el mundo de hoy. ¿Será que ésa es la función de los secretarios de Cultura argentinos? ¿Floreros decorativos que hay que mostrar como obligación, porque todo gobierno debe tener un secretario de Cultura, por default? ¿El amigo judío que todo antidemócrata se empeña en lucir?

Vamos a los números, que en este caso pueden decir más que las palabras de tanto discurso cortador de cinta. El año pasado, según los datos de la Secretaría de Hacienda, el presupuesto nacional fue de 161.486.462.174 pesos. De este total, se destinaron para la Secretaría de Cultura de la Nación 176.000.000 de pesos. Esto es, el 0,11 de la plata que tenía pensado gastar e l go b i e r n o nacional en el año 2008 iba para la gestión cultural nacional. Pero hubo superpoderes, reasignación de partidas, subejecución, gasas, pim, pam, pum, y Cultura perdió 36 millones de pesos de aquellos 176. Lo que significa que la gestión cultural de la nación tuvo el año pasado 140 millones de pesos. El 0,08 del presupuesto nacional.

Parecía imposible de empeorar, pero no, siempre hay una noticia peor para la cultura en la Argentina.

El total del presupuesto de este año, siempre según la Secretaría de Hacienda, es de 233.817.577.614 pesos. Y estaban asignados a cultura 252.500.000, el 0,11 de práctica. Pero al 5 de julio, último informe, el presupuesto total para el año 2009 de la gestión cultural nacional quedó en 180 millones. Esto es: desaparecieron del presupuesto de Cultura, en seis meses, 72 millones y medio de pesos que, seguramente, habrán ido a la compra masiva de gasa. Lo cierto es que 180 millones de pesos son el 0,07 del presupuesto nacional.

¿Qué se puede hacer con esa plata salvo pagar sueldos, mantener edificios y poco más. Si las cosas son así, ¿por qué no sincerarnos y decir "la verdá, la verdá, la cultura nos importa un carajo" y cerrar tranquilamente la secretaría. Podríamos comprar cajas y cajas de gasa y se solucionarían todos los problemas sanitarios del país. Lo dijo Di Tella en un sincericidio: "La cultura no es prioritaria". Era el momento para cerrar la secretaría y acabar con la hipocresía.

Quizás con estas cifras en la mano se entienda la designación del diputado K Jorge Coscia al frente de la secretaría. (Coscia, el director de una cosa que se llamó Luca vive, que si te portás mal te la hacen ver). Alguien que, según una investigación de Javier Calvo en el diario Perfil de marzo de 2007, jamás desmentida, presentó en 2002 una declaración jurada ante la Oficina Anticorrupción, en el momento de ingresar al Instituto Nacional de Cinematografía, donde fue director, en la que señalaba que no tenía ni auto, ni casa ni dinero ahorrado. Pero ya para cuando se estaba yendo del INCAA tenía un Volkswagen Santana importado, una 4x4, un Chevrolet Vectra y un terreno en Pinamar. Y a fines de 2005 (tres años después de jurar que no tenía nada) se compró una casona en Freire 802 (y Teodoro García) de 270 metros cuadrados, tres plantas, más de cinco ambientes, dormitorio en suite, vestidor, comedor diario, quincho en la terraza. Una casita que, se estima, cuesta cerca de un millón y medio de pesos y que está declarada en el Registro de la Propiedad Inmueble en 195.000. Hay tres causas en la Justicia, fue sobreseído en una por el juez Oyarbide, pero el sobreseimiento fue apelado por el fiscal.

Quizás estos datos finales ayuden a entender dos cosas. Primero, por qué se lo eligió como secretario de Cultura. Este hombre es un mago con el manejo del dinero. Segundo, las declaraciones que acaba de hacer: "Yo me siento totalmente compenetrado con este proyecto (el kirchnerismo). Es la mejor expresión política de la vida democrática reciente. Estoy seguro". Se entiende por qué. ¡Le tocó la redistribución! Seguro que ahora profundiza el modelo.

Releyendo estos últimos párrafos, ahora ya no sé si no está bien que Cultura tenga 0,07% del presupuesto y ni un peso más. Si Coscia es secretario de Cultura, ¿no sería mejor que usen la plata para comprar gasas?

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