Un culpable tras las sombras

Por Fabián Harari.

El "problema palestino" es consecuencia del desarrollo del capitalismo en la región. Y la solución que se pretende es siempre la misma: eliminar lo que sobra.

A comienzos del siglo XX, Palestina conformaba una economía sobre la base de pequeños productores rurales. Entre 1948 y 1967, el Estado de Israel produjo un violento desalojo de la población rural originaria, que fue expulsada hacia tierras marginales (Gaza y Cisjordania). Aquellos que sabían cultivar sus tierras se vieron sin medios para producir, sin su casa y en la necesidad de trabajar para otros. Es decir, una parte importante de propietarios palestinos fueron convertidos, por la fuerza, en obreros. De un lado, el capital concentró tierra y recursos. Del otro, una inmensa masa de población sin qué vivir: los migrantes judíos y los refugiados árabes.

Los “nuevos” trabajadores tuvieron que emplearse en establecimientos palestinos, jordanos e israelíes. En 1967, Israel conquistó las tierras palestinas y la casi exclusividad de su mano de obra. Sin embargo, no parecía prudente incorporar 4 millones de pobres a un Estado que los había expropiado recientemente. Además, Israel es un Estado confesional. Por lo tanto, no podía aceptar una mayoría “hereje”. Lo que se resolvió es que los espacios fueran “ocupados”, pero no “anexados”. Los palestinos fueron considerados “habitantes”, pero no “ciudadanos”. Se dividió, entonces, a la clase obrera israelí: trabajadores ciudadanos y sindicalizados, frente a una mayoría con salarios miserables y sin derecho social ni político alguno. Éstos debían cruzar la frontera todos los días, para ir a sus lugares de trabajo. Cisjordania y Gaza se convirtieron en un reservorio de mano de obra barata que podía ser “precintada” geográficamente, en caso de ser necesario. El drama palestino es, por lo tanto, una consecuencia de la expropiación (expulsión de tierras) y proletarización (convertirse en obrero) que se desata en Israel luego de 1948 y que permite la expansión de relaciones capitalistas en la región. Esto, bajo el velo de una diferencia religiosa, que es real, pero que no explica el problema: trabajadores musulmanes, cristianos y drusos sí tienen ciudadanía israelí, mientras los palestinos de la Jordania musulmana son segregados.

En la década del ’90, tanto el desarrollo tecnológico como la concentración de empresas produjeron una menor necesidad de brazos. Asimismo, Israel comenzó a recibir inmigrantes de Europa Oriental, que trabajaban en las mismas condiciones que los palestinos. Por lo tanto, éstos se convirtieron en población “sobrante”. Hoy son sólo una fuente de conflicto. Gente que se no se resigna a morir de hambre. El “problema palestino” es, entonces, consecuencia del desarrollo del capitalismo en la región. Y la solución que se pretende es siempre la misma: eliminar lo que sobra (¿no se hizo aquí lo mismo con los indígenas?). No es un problema cultural, ni religioso. Nunca lo fue. No hay que expulsar a judíos ni a árabes. Tan sólo hay que dar con el verdadero culpable, que suele ocultarse tras diferentes máscaras.

* Historiador, investigador del CEICS y docente de la Universidad de Buenos Aires

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