¿La culpa la tiene el mosquito?

Dengue, tuberculosis, chagas, malaria, fiebre amarilla. El protagonismo de las amenazas sanitarias tras el alerta por el dengue, primero, y por la fiebre porcina, después, puso al descubierto la existencia de otras enfermedades igualmente peligrosas, que dejan cientos de muertos todos los años y para las que el sistema de salud no está suficientemente preparado
Todo hacía pensar que, en pleno siglo 21, bastaba con estar vacunado, usar condón, cuidarse con protector solar, ingerir diariamente lactobacilus y comprar lavandinas antibacteriales para ganarles la batalla a los gérmenes y las enfermedades.

Pero no. La irrupción en escena de los virus del dengue y la influenza A -devenidos epidemia con peligrosa rapidez- ha inaugurado formalmente una nueva era en la que el cambio climático, la extrema pobreza y el veloz tránsito mundial, por citar sólo algunos factores, se conjugan a favor de cualquier enfermedad volviéndola más peligrosa e impredecible.

La reciente confirmación del primer caso de gripe porcina en nuestro país así lo prueba. No alcanzó ni con la medida extrema de suspender los vuelos desde y hacia México, que provocó críticas encendidas por parte del presidente de ese país, Felipe Calderón, y un cortocircuito diplomático entre ambas naciones.

Y si bien es cierto que el contraste con el dengue establecido por el presidente mexicano es exagerado con respecto al número de muertos, sus reparos con respecto a la efectividad de los mecanismos locales está siendo confirmado por la propia realidad: pasajeros recién llegados de México ingresan en el país sin control alguno, como constató LA NACION.

Pero si aun tratándose de una enfermedad de alto peligro debido a la facilidad de contagio, el Estado se permite semejante nivel de distracción, ¿qué se puede esperar con otro tipo de enfermedades de menor visibilidad, fuera del radar de los medios, y que despliegan su mayor virulencia en poblaciones con poca incidencia en la agenda política?

La evolución del dengue es un inquietante ejemplo. Con un aumento en el número de infectados tan veloz como preocupante (de 40 en 2008 a más de 23.000 en lo que va de mayo) no bastó con que la ministra de Salud chaqueña Sandra Mendoza, que terminó renunciando el viernes, le echara la culpa al mosquito por los miles de casos en su provincia, ni que la ministra de Salud Graciela Ocaña cargara las responsabilidades sobre el calentamiento global para que el Aedes aegypti evitara ser letal en el terreno político. A la renuncia de la esposa de Capitanich, este viernes, se sumó la amplificación del rumor sobre el alejamiento de Ocaña.

Es que las críticas que hoy se le hacen al sistema de salud no son nuevas. Hace apenas unos meses, en noviembre pasado, la Sindicatura General de la Nación ya había dado un alerta que fue desatendido: criticó la falta de acciones concretas para el manejo de las enfermedades infecciosas transmitidas por vectores.

En octubre del año último, durante una reunión del Consejo Federal de Salud (que nuclea a las instancias sanitarias de todas las provincias) se dedicó especial atención hacia algunas de ellas, como la leishmaniasis visceral, la fiebre amarilla, el dengue, el Chagas y otra ligada históricamente con la pobreza: la tuberculosis, con 11.000 casos nuevos y 800 muertes por año.

Allí los diferentes organismos se comprometieron a redoblar esfuerzos para hacerles frente. Pero, a la luz de lo que ocurriría pocos meses después con el dengue, parece evidente que la retórica sanitaria no es, por sí sola, lo suficientemente eficaz como barrera de contención.

"Estas son las delicias del federalismo. El manejo de salud es descentralizado...; tenemos entendido que el Ministerio de Salud está estudiando la posibilidad de volver a la vieja usanza y establecer programas centralizados, porque la descentralización está dejando un saldo verdaderamente negativo." La que habla es Sonia Tarragona, directora general de la Fundación Mundo Sano, una ONG que busca mejorar las condiciones sanitarias de numerosas regiones olvidadas del país.

El director nacional de Epidemiología, Juan Carlos Bossio, lo desmiente y dice que la descentralización es la manera más efectiva para llegar a todo el país. "De todas maneras, con las enfermedades de transmisión vectorial estamos tendiendo a un sistema mixto, con una coordinación nacional y brigadas de control de vectores tanto nacionales como locales", explicó el funcionario.

Sin embargo, pese al alerta de la sindicatura que ponía en blanco sobre negro los flancos débiles del sistema nacional de salud -falta de insumos, fallas informativas, déficits en el control y tratamiento de enfermedades transmitidas por vectores-, Bossio es otro de los que parece pensar -al igual que Ocaña- que el calentamiento global es el actor central de esta escena. También desliza, aunque con cautela, responsabilidades sobre dos aspectos que cuestionan al Estado: las condiciones socioeconómicas en las que viven muchos individuos y la falta de planificación en materia de gestión de residuos. "Hay que asumir que a partir de ahora convivimos con enfermedades que antes no teníamos. Sabiendo que esta es nuestra nueva realidad y que vamos a convivir con ella, debemos adquirir la información que nos permita actuar de manera eficiente", dijo.

Bossio se refiere a todo un grupo de enfermedades que emergieron o reemergieron en forma silenciosa en los últimos tiempos convirtiéndose en problemas de salud pública que hoy coexisten con otros más conocidos como la desnutrición o, en el plano de las enfermedades, la tuberculosis, que suma 11.000 casos nuevos y 800 muertes por año.

Algunos las llaman enfermedades tropicales, otros las relacionan directamente con la pobreza. Y, de acuerdo con los registros del Centro de Medicina Tropical y Enfermedades Infecciosas Emergentes de la Universidad Nacional de Rosario, en nuestro país suman más de diez los focos infecciosos que demandan mayor atención.

Fiebre amarilla (transmitida por el mismo vector que el dengue), malaria, mal de Chagas, hantavirus, leishmaniasis cutánea (también conocida como la lepra del siglo 21), leishmaniasis visceral (altamente mortal en otros países), leptospirosis, brucelosis, fiebre tifoidea, rabia, hidatidosis, toxocariasis, larva migrans, encefalitis del Nilo occidental y encefalitis de Saint Louis. No todas tienen el mismo impacto mediático, pero todas pueden llegar a ser graves y de todas hay focos en el país; focos que, si no son debidamente contenidos o erradicados -como lo demostró el dengue- pueden ampliar su amenaza.

Según cifras del Ministerio de Salud de la Nación, en 2008 se registró un caso nuevo de leishmaniasis visceral, 6 de fiebre amarilla, 133 de malaria, 248 de Chagas congénito, 593 de Chagas sin especificar, 80 de hantavirus, 78 de leptospirosis y 40 de dengue.

Como se ve, la gravedad de los brotes varía con cada enfermedad. Pero lo que tienen en común todas ellas es un escenario de pobreza y distracción estatal que se vuelve casi una invitación para que se propaguen.

La falta de impulso a la investigación científica para descubrir curas y plaguicidas efectivos, según denuncian investigadores del Instituto de Investigaciones Científicas y Técnicas para la Defensa, complica aún más la situación. En el caso de la leishmaniasis visceral, el Consejo Federal de Salud reconoció que la enfermedad se ha introducido en algunas áreas del país con un importante potencial de expansión hacia otras zonas.

Antonio Montero, investigador adjunto del Conicet y director científico de la institución antes mencionada, ubica a la leishmaniasis en el grupo de las infecciones poco conocidas pero muy preocupantes, grupo que también integran la encefalitis del Nilo occidental y la encefalitis de Saint Louis.

"De leishmaniasis hay focos en la mesopotamia, en Tucumán, y pequeños focos en Salta. La encefalitis del Nilo llegó de los Estados Unidos y, por sus características, es difícil diferenciarla de la polio. De la de Saint Louis se han visto focos en Córdoba y Rosario. Las tres son transmitidas por insectos", explica.

En este punto, Montero vuelve, como Ocaña y Bossio, a la explicación climática: alerta acerca de los desmontes y todo tipo de intervenciones humanas sobre los ecosistemas. "Un clima templado sumado a condiciones de vida propias de la Edad Media son un criadero ideal de mosquitos. Una villa de emergencia es un ecosistema destruido, porque tenés gente asentada en cualquier lugar en condiciones absolutas de insalubridad. Por otra parte, nunca como ahora proliferaron tantos envases plásticos descartables que, luego de una lluvia, suelen transformarse en reservorios de larvas."

Una fatal combinación

El sentido común y los hechos indican que cualquier enfermedad que se disperse dentro de un país siempre golpeará con mayor fuerza en las regiones pobres. Y el caso de las enfermedades tropicales no es la excepción. De ahí la relación directa que suele hacerse con la pobreza.

"Muchas de estas enfermedades se comienzan a mitigar directa o indirectamente con agua segura, trabajo y vivienda digna. Como técnicos podemos disminuir la carga de la enfermedad, pero como ciudadanos debemos trabajar para reconstruir las estructuras de poder que permitan una sociedad mejor y más sana física, social y mentalmente", reconoce Daniel Salomón, director del Centro de Endemo Epidemias de la Administración Nacional de Laboratorios e Institutos de Salud (Anlis) e investigador del Conicet.

Salomón recuerda que, hasta hace pocos siglos, la mayor parte de las enfermedades se extinguían en la aldea donde ocurría la epidemia, a menos que hechos excepcionales como una guerra o el comercio entre naciones las expandieran, siempre que los soldados o los comerciantes llegaran vivos de regreso. "Hoy, una población equivalente a una pequeña villa medieval viaja en un Airbus y llega a cualquier punto del mundo antes de que se hayan manifestado los síntomas", compara el funcionario.

La extensión geográfica y temporal de los climas templados -como efecto del cambio climático- es mencionada con frecuencia como un factor determinante para la mayor proliferación de estas enfermedades. El experto, también investigador del Conicet, coincide con esta apreciación, aunque con cierta cautela: "No olvidemos que la fiebre amarilla urbana, con el mismo insecto transmisor que el dengue, hizo estragos en la Buenos Aires de fines del siglo 19. Es cierto que el calentamiento global puede aumentar la intensidad, distribución o persistencia estacional de muchas infecciones, pero lo cierto es que también sirve para no demonizar a ningún culpable en particular y naturalizar la aparición de epidemias", alerta.

Viejos conocidos

Durante aquella epidemia de fiebre amarilla -ocurrida en 1871- en la que murieron 14.000 personas, no se sabía nada acerca del mosquito que la transmitía (el Aedes aegypti), pero sí ya se mencionaba la combinación de ciertos factores como el hacinamiento, la acumulación de agua, los saladeros y la contaminación del Riachuelo como un caldo de cultivo letal.

Aunque hoy en día el dengue y la influenza A concentren la mayor parte de la mirada pública, a Sonia Tarragona, de la fundación Mundo Sano, le parece que, entre todas las infecciones que todavía persisten en nuestro país, el mal de Chagas merece encabezar la lista de las más preocupantes.

"Este año se cumple el centenario de la detección del primer caso. Sin embargo, tenemos entre 2,5 y 3 millones de infectados, más un número indeterminado de enfermos que no lo saben. Como es asintomática, si no se hace una búsqueda activa de infectados no se puede saber quiénes la tienen. Y es muy excepcional que un médico, frente a ciertos síntomas propios de la enfermedad como alteraciones cardíacas o digestivas, pida un dosaje de Chagas", alerta.

El Chagas es también una enfermedad propia de la pobreza. El hábitat natural del insecto que lo transmite es el rancho de paja. Durante años, y gracias a un fuerte trabajo de prevención, la Argentina había sido declarada libre de transmisión vectorial (estatus que hoy tienen Chile y Uruguay), pero luego de la crisis de 2001 -según informa Montero- se dejó de fumigar y visitar ranchos. Y aunque no tiene ribetes de epidemia, volvió la transmisión por picadura de vinchuca.

El Chagas integra la nómina de enfermedades olvidadas sobre las que trabaja la organización internacional Drugs for Neglected Diseases Initative (Iniciativa Drogas para las enfermedades olvidadas), que tiene sede en Ginebra y está impulsada por la Agrupación Médicos Sin Fronteras y el Instituto Pasteur. En su página web denuncia que, en los últimos 25 años, sólo el uno por ciento del total de medicamentos desarrollados se destinó a este tipo de enfermedades, entre las que también se encuentran la malaria y la leshmaniasis.

José Castro, director del Centro de Investigaciones Toxicológicas Citefa Conicet amplía: "Los grandes laboratorios, capaces de solventar el desarrollo de un nuevo medicamento, no están interesados en este tipo de enfermedades porque los clientes son los Estados, y los Estados son malos pagadores".

Claro que Castro reconoce que los laboratorios son, en definitiva, corporaciones económicas que hacen negocios y no beneficencia. Por eso, está convencido de que las investigaciones deben ser responsabilidad de los Estados. Pero, acto seguido, reconoce que para ello se requieren inversiones millonarias.

En el rubro de los plaguicidas la situación no es mejor. Eduardo Zerba dirige el Centro de Investigaciones de Plagas e Insecticidas (Cipein) del Citefa y denuncia que las grandes empresas internacionales productoras de agroquímicos no están dispuestas a invertir en desarrollos para combatir todo tipo de vectores, entre otras razones, porque no son los suficientemente redituables.

"Para el caso del Chagas, hay buenos insecticidas, pero no son muy modernos y su uso intensivo está llevando a casos de resistencia en poblaciones de vinchucas en el norte de Argentina y en Bolivia. Para el dengue hay algunas buenas herramientas tomadas individualmente. El control de vectores de leishmaniasis es un problema relativamente nuevo y no son muchas las herramientas disponibles", ejemplifca Zerba.

El Cipein trabaja en el desarrollo de nuevos compuestos. En forma reciente, Zerba y su equipo fueron noticia por haber desarrollado un plaguicida efectivo para el dengue, tanto frente a los mosquitos como frente a las larvas.

Luego del alud ocurrido en Tartagal en febrero último, circularon numerosas voces que recordaban la incidencia de la deforestación sobre este tipo de tragedias. Poco tiempo después, comenzaron a circular los casos de dengue y hantavirus en esa provincia, lo que generó el reclamo masivo de la instalación de un laboratorio de enfermedades tropicales. El mes último se anunció su próxima construcción en Orán.

Pero de acuerdo con la visión de Montero, del Centro de Medicina Tropical de Rosario, la construcción de nuevos laboratorios no es lo más prioritario en la materia: "El país necesita una política coherente de vigilancia epidemiológica traducida en medidas concretas. No sirve de nada contar los mosquitos, como he visto que se ha hecho en la ciudad de Buenos Aires, si después no se hace demasiado con esa información. Lo que se necesita es un Centro de Medicina Tropical que centralice las decisiones en este sentido", remarca.

Sonia Tarragona coincide en que la construcción de nuevos laboratorios que analicen muestras infectadas no es, precisamente, lo más sagaz si se quiere avanzar por el camino de la prevención. "En las carreras de Medicina no se cuenta con una cátedra de Medicina Tropical, excepto en las universidades del norte. Los médicos no están lo debidamente preparados para diagnosticar estas infecciones porque confunden sus síntomas con enfermedades más frecuentes", denuncia.

El mismo director nacional de Epidemiología, Juan Carlos Bossio, reconoce que los médicos han comenzado a vérselas con enfermedades que, hasta no hace mucho, eran infrecuentes. "En casos como el dengue y la fiebre amarilla hemos editado unas guías y estamos distribuyéndolas para que todo el personal de la salud cuente con ellas", informa el funcionario.

Por todo esto, Montero compara la escena epidemiológica local con un cachetazo de realidad que, de una manera u otra, ha comenzado a desplegar su amenaza por todo el país. "Creíamos que en materia sanitaria éramos Bélgica, pero esto nos recuerda que tenemos tantos flancos débiles como cualquier país del subdesarrollo."

No es de extrañar, entonces, que en pleno siglo 21 todas las prevenciones no alcancen para evitar la sensación de vulnerabilidad. Aunque los repelentes y los barbijos se sigan vendiendo como pan caliente.

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